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Domingo, 7 de septiembre de 2014

CERATI TIENE BÍCEPS

 Por Pipo Lernoud

Debo ser un bicho raro, una persona en estado gaseoso, inmaduro, y sin embargo, ya con los primeros síntomas de la bobera de la vejez. Me cuesta confesar que, de Gustavo Cerati, lo que más me gusta todavía es el primer disco, los comienzos de Soda Stereo. Me gusta la actitud, la estética tipo The Who Sell Out, las letras telegráficas y sin melancolía (que sobró después), tipos viviendo en un aquí y ahora perpetuo. Y la música, directa y sin pretensiones en plena eclosión del rock sinfónico.

Como a Virus, creo que el new romantic les quitó mucho de la espontaneidad y el atrevimiento de sus comienzos. Los peinados nuevos vinieron cargados de una solemnidad que terminó siendo tomada en serio. Porque cuando asomaron por primera vez, todavía en dictadura, Cerati, Moura y Cipolatti formaron la delantera de una sacudida irreverente a los templos del rock y la cultura. Una vacuna contra el psicobolchismo que amenazaba copar todo en la vuelta a la democracia.

El primer disco de Soda fue una radiografía de la sociedad de consumo, cruda, divertida, y adelantada a su tiempo. “Mi novia tiene bíceps”, “Te hacen falta vitaminas” y “Yo quiero ser del jet-set” podrían ser zócalos del programa de Rial ahora, treinta años después. “Sobredosis de TV” es lo que tenemos hoy, “Dietético” es lo que somos.

En esos días era una fiesta ver su frescura estallar en el Zero Bar, en el Einstein, en las esquinas decrépitas de un Palermo que era todavía Viejo y nunca Hollywood, en el Stud Free Pub donde reinaba Luca cantando Yo quiero a mi bandera planchadita, o en los tugurios en los que los Redondos nos hacían perder la forma humana con “Un tal Brigitte Bardot”.

El rock era revulsivo y contracultural. Con el tiempo y el éxito se convirtió en una pieza previsible y bien conceptuada de la cultura nacional, en una gran Bestia Pop. Y los fans entraron por la variante y se tomaron con una cantidad enorme de yeso y mármol a tipos como Spinetta y Cerati, colaborando en la mitificación. Y allí termina el arte y empieza el monumento.

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Imagen: Telam
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