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Domingo, 7 de febrero de 2016

> CINE Y PRENSA: OTRAS PELíCULAS QUE REVELAN EL DETRáS DE LA ESCENA DE LAS NOTICIAS

TODOS LOS HOMBRES DEL PERIODISMO

 Por Martín Pérez

El diario

(Ron Howard, 1994)

Dos décadas antes de Spotlight, Michael Keaton ya se había probado el traje de periodista en esta comedia que reconstruye la proeza diaria de pelear por una primicia y al mismo tiempo hacer lo correcto como parte de un medio popular, siempre al borde de la bancarrota. Acompañado por Robert Duvall como director del diario, una extraordinaria Glenn Close como su feroz administradora y Marisa Tomei como su mujer –y colega– a punto de dar a luz, Keaton encarna a esa clase de periodista que no puede evitar robar una noticia del escritorio del jefe de un diario mucho más prestigioso que el suyo, durante una entrevista de trabajo. La fábula del escorpión aplicada a una dudosa ética laboral pero de irreprochable romanticismo e incluso conciencia de clase, en una película que le dedica un guiño a Todos los hombres del presidente con un cameo de Jason Robards como dueño del periódico. Además de tener la pelea de puños por un “paren las prensas” más insólita del cine, Howard logró reunir en un bar a los cronistas neoyorquinos más famosos de la época, entre los que se puede descubrir a Richard Price y Pete Hamill.


Todos los hombres del presidente

(Alan J. Pakula, 1976)

Cada vez que se ve en una pantalla, grande o chica, una redacción con periodistas con cara de preocupados y camisa arremangada, es imposible no buscar entre esos rostros los de Robert Redford y Dustin Hoffman. Emblemáticos en sus papeles como Bob Woodward y Carl Bernstein –los responsables de la denuncia por el caso Watergate, que le terminaría costando la presidencia a Richard Nixon– desde entonces encarnan la figura del cronista decidido a jugarse por la verdad. Hacía falta semejante caso como para transformar en apasionantes los detalles más específicos del periodismo de investigación, convirtiendo retractaciones y confirmaciones en una aventura, y haciendo que cualquier aspirante a periodista sueñe con tener alguna vez un encuentro en un estacionamiento subterráneo con su propio Garganta Profunda, escena recurrente en toda trama conspiranoica, como bien lo demostró Los Expedientes X.


El año que vivimos en peligro

(Peter Weir, 1982)

Si durante los años setenta el periodismo en el cine fue sinónimo de la redacción de The Washington Post, una década más tarde llegó el turno de los cronistas de guerra, desde películas emblemáticas como Bajo Fuego, con Nick Nolte fotografiando la caída de Somoza, o Salvador y la mirada de Oliver Stone sobre la responsabilidad norteamericana en su patio trasero. Por su callada reescritura de El americano impasible, el retrato de una cerrada comunidad periodística en el extranjero y la deslumbrada mirada de su protagonista (un Mel Gibson a punto de convertirse en estrella, al igual que Sigourney Weaver) hacia un mundo distinto –una admirable característica de todas las películas de Peter Weir–, El año que vivimos en peligro tal vez sea la que mejor ha sobrevivido al paso del tiempo dentro de su género. Ambientada en Indonesia bajo la dictadura de Sukarno, se roba la película Linda Hunt como el pequeño fotógrafo Billy Kwan, vínculo del cronista recién llegado con un entorno que le es ajeno.


Casi famosos

(Cameron Crowe, 2000)

Además de sexo y drogas, el rock también tiene su periodismo. Y su ética periodística, claro. “No te podés hacer amigo de las estrellas”, es como la resume Philip Seymour Hoffman para su joven protagonista, encarnando desde entonces y para siempre al legendario Lester Bangs, emblema del periodista de rock apasionado e iconoclasta. Atrapado entre la lealtad al grupo con el que está de gira y hacia la revista que le paga el viaje, el dilema del quinceañero William Miller lo debe haber conocido muy bien Cameron Crowe, ganador de un Oscar por el guión original de Casi famosos, que durante los 70 cortó sus dientes en el periodismo como joven cronista estrella de la Rolling Stone, girando junto a The Allman Brothers o Led Zeppelin. De esa misma revista salió el ejemplo más extremo del Nuevo Periodismo, Hunter S. Thompson, inmortalizado para la pantalla grande en la interpretación que Johnny Depp hizo para la desquiciada y excesiva adaptación de su obra maestra idem, Miedo y asco en Las Vegas.


The Wire 5

(David Simon, 2008)

“En cuanto decidimos que no íbamos a contar la misma historia dos veces, quisimos construir un mundo, pieza por pieza”, explicó más de una vez David Simon, respecto de la que hasta ahora sigue siendo su obra maestra, The Wire. Por eso, su primera temporada fue sobre el mundo del crimen, tanto del lado de los delincuentes como de la ley. La segunda, sobre la muerte del trabajo y el fin de la clase obrera. La tercera, sobre el mundo de la política. La cuarta, sobre la educación. Y la quinta, sobre el periodismo. Antes de encontrar el camino que lo terminaría llevando a ser uno de los más respetados autores de las nuevas series televisivas, Simon fue periodista de The Baltimore Sun, y en esta última temporada parece haber decidido saldar cuentas con su antiguo trabajo. Tal vez por eso sea la menos lograda de todas, ya sea por su brevedad como por ser un tanto caprichosa y maniquea, pero aun así no sólo termina honrando el extraordinario nivel general de la serie sino que completa su visión de las instituciones contemporáneas como dioses griegos, que castigan a todos los que se atrevan a enfrentarlos.


The Newsroom

(Aaron Sorkin, 2012)

Suerte de lamento por el fin de la posibilidad de que un canal de noticias sea guiado por criterios exclusivamente periodísticos, la serie protagonizada por Jeff Daniels ha sido criticada por ingenua, por el sólo hecho de imaginar que la ética periodística tiene algo que ver con la existencia de un canal de noticias. Pero ese lamento por un paraíso que quizá siempre estuvo perdido no deja de resultar fascinante, al poner en acción esa clase de interrogantes durante tres temporadas habitadas por personajes tercos, encantadores y apasionados, que intentan hacer lo correcto mientras discuten todo el tiempo sobre qué sería específicamente lo correcto en cada caso. Las nuevas tecnologías forman parte fundamental de la trama, y en su segunda temporada la polémica alrededor del deber o no de dar a conocer un tema polémico para el gobierno intenta poner al día los temas de Todos los hombres del presidente.


Zodíaco

(David Fincher, 2007)

Antes que ser el escenario de otra clase de periodismo, la admirable ambientación de la redacción del San Francisco Chronicle funciona simplemente como la escenografía para una obsesión, y su protagonista no es un cronista sino un dibujante empecinado en descubrir a un asesino serial que envía mensajes encriptados a los medios. Fincher demuestra que un caso sin solución puede ser igual una gran película, y el empecinado Jake Gylenhall –acompañado por Robert Downey Jr. y Mark Ruffalo– encarna al dibujante devenido investigador que persistirá durante décadas en perseguir lo imposible. También es responsabilidad de Gylenhall el protagónico de otra de las grandes películas sobre el periodismo televisivo de los últimos tiempos, la deslumbrante Primicia mortal (Dan Gilroy, 2014). De manera casi pedagógica, recorre el feroz proceso de aprendizaje de un aspirante a presentador televisivo, alimentado por los vicios de un medio corrupto e inmoral.


Primera plana

(Billy Wilder, 1974)

Ambientada en Chicago y escrita por dos periodistas de la ciudad, la trama de la comedia teatral The Front Page (1928) seguramente es la historia sobre periodismo más versionada por el cine estadounidense. Su primera adaptación fue producida por Howard Hughes en 1931, pero Howard Hawks la inmortalizó con Cary Grant como su protagonista en 1940, bajo el título de His Girl Friday. Una adaptación más reciente es la realizada por Ted Kotcheff, que actualizó la trama para la televisión, en Switching Channels (1988), con Kathleen Turner, Burt Reynolds y Christopher Reeve. Pero la versión más recordada seguramente sea la protagonizada por Jack Lemmon y Walter Matthau, ambientada en los años 30, y dirigida por Billy Wilder. Lemmon es un cronista a punto de dejar la ciudad en busca de un trabajo mejor y Matthau es su jefe, un manipulador que es capaz de todo para que se quede. El detalle de que los hechos reales tengan siempre poca importancia para los protagonistas de cada una de estas adaptaciones dice mucho del lugar que ocupa la credibilidad periodística dentro del imaginario norteamericano. Como explicó Aaron Sorkin alguna vez, para los estadounidenses los políticos y los periodistas –a los que Sorkin intentó humanizar en The West Wing y The Newsroom– solo pueden ser dos cosas: inútiles o corruptos.

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