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Domingo, 12 de junio de 2016

EL MUDO

 Por Juan Forn

Para algunos será aquella batalla en el Zaire con Foreman (los negritos corriendo a la par de él por caminos de tierra gritando: “¡A-lí! ¡Bumba-yé!”). Para otros, más nacionalistas, será la extraordinaria pelea que le hizo Ringo Bonavena. Para los más memoriosos seguro que es su escalofriante doble paliza a Sonny Liston. Pero para mí toda su leyenda está contenida en las tres peleas con Joe Frazier.

A mi viejo, como a casi todos los progenitores de esa época, no le gustaba Cassius Clay esencialmente por su bocota. Se amparaban en argumentos boxísticos: “¿Qué tiene de atractivo un peso pesado que usa más las piernas que los puños?”, “¡Que pelee como un hombre!”, “¡Que deje de saltimbanquear!”. Pero era obviamente otra cosa lo que les molestaba: “Que cierre la boca, que alguien le cierre la boca a golpes”, era lo que todos ellos deseaban secretamente.

Para ponernos en contexto, Cassius ya se había cambiado para entonces su “nombre de esclavo” por el de Moamed Alí (perdonen la grafía, pero voy a llamarlo como lo llamamos siempre), ya se había hecho musulmán, ya le habían prohibido pelear y le habían arrebatado el título por negarse a ir a Vietnam. Su famosa declaración: “Ningún Vietcong me ha llamado nigger, ninguno violó ni linchó a los míos ni nos hizo perseguir por perros. ¿Por qué ir a matar gente hambrienta en el barro, en nombre de la todopoderosa América? Métanme en la cárcel, si quieren. Hace cuatrocientos años que los míos viven en una cárcel”.

Era 1971. Alí venía volteando muñecos en su raid por recuperar el título (el último había sido Ringo) y el indestructible Joe Frazier era el campeón. Nadie podía con él. Su única sombra era Alí, y quería disolverla de su vida: que quedara un único invicto, un único campeón (hoy sabemos que fue Frazier el que consiguió que Alí recibiera permiso para volver a boxear: intercedió ante el mismísimo Nixon, a quien votaba y apoyaba de corazón). En aquella primera pelea entre Alí y Frazier, mi viejo y yo todavía éramos padre e hijo. Para la tercera pelea, en 1975, ya éramos enemigos: ya estábamos en guerra, su manera de pensar y mi rabiosa adolescencia. Yo era la versión doméstica de Alí, para él; y él era una mezcla de Frazier y Nixon, para mí.

En el mundo del box es tradición considerar la primera Alí-Frazier como la pelea del siglo, pero al final todos reconocen que la tercera la supera en dimensión épica. Ambas tuvieron el mismo planteo: Alí bailoteando y lastimando (“Floto como una mariposa, pico como una abeja”) y la locomotora Frazier yendo ciegamente para adelante. Frazier empezaba frío todas sus peleas y se iba volviendo más bravo con el transcurso de los rounds, cada vez era más difícil de ver venir sus heterodoxos y mortíferos cross de izquierda. En la primera, después de que Alí diera una lección de boxeo y piernas en el penúltimo round, cuando todos lo creían fundido, Frazier lo volteó en el último de un roscazo que le dejó la cara completamente deformada, lo mandó a la lona y de ahí al hospital. Hoy sabemos que Frazier fue a parar al mismo hospital después de la pelea, y que Alí salió a la semana y él quedó como tres meses, que hizo la segunda pelea en evidente inferioridad de condiciones y que se preparó como un demente para dejar la vida en la tercera.

Hay que ver aquella famosa escena final de la tercera pelea con dos frases en mente: “Le di tantas trompadas como para derrumbar un edificio” (Frazier) y “Fuimos a Manila campeones y volvimos acabados los dos” (Alí). Recordemos la escena: Eddie Futch, el entrenador de Frazier, tirando la toalla antes del último round (porque ya se le habían muerto siete boxeadores en el ring, y veía que Joe iba rumbo a ser el octavo), mientras Alí, en su rincón, le rogaba a Angelo Dundee que le cortara los guantes y se los arrancara, que no soportaba más el dolor en los brazos y la hinchazón en sus puños. Frazier, derrotado deambulando como un alma en pena por el ring lleno de gente, murmurando: “Yo podía seguir, yo quería seguir”, mientras Alí no podía tenerse en pie cuando el árbitro le alzaba el brazo y lo declaraba vencedor. Mirando a la distancia la guerra entre mi viejo y yo, sólo veo estas escenas, y me siento un poco Alí y un poco Frazier al mismo tiempo, y siento el mismo cansancio que podría asegurar que sentía mi viejo y que se depositó como una pesada bata sobre los hombros de mi favorito y de su favorito al final de aquella pelea.

Frazier ya se murió, mi viejo también y ahora fue el turno de Alí. Además de su magia en el ring, Alí dejó frases para la historia porque se metió con la Historia tal como se subía al ring. Cuando le vino el Parkinson los imbéciles dijeron que se lo había provocado su bocaza, no los golpes recibidos: habló tanto que quedó así. El había dicho, mucho antes: “Mi manera de payasear es decir la verdad”. Como escribió su biógrafo David Remnick, lo único que tuvo en común la carrera de Alí con la de los otros boxeadores fue que se retiró tarde y terminó dañado. Todo lo demás fue único.

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