CULTURA / ESPECTáCULOS › DOBLE MANO Y RIO TRANSLATION, LAS DOS EXPOSICIONES DEL MACRO

El arte como puente entre ciudades

La muestra que integra a fotógrafos de Rosario y de Río de Janeiro, curada por la brasileña Celia Pataccini, fue tramada y "cosida" en sucesivos viajes. Convierte a la obra de arte en un intermediario capaz de atravesar fronteras. Y hace foco en la capacidad del arte para generar situaciones en la ciudad como trama de experiencia colectiva.

 Por Beatriz Vignoli

Hasta el 12 de marzo, de jueves a martes y de 16 a 22 horas, el Museo de Arte Contemporáneo de Rosario (MACRO, Bv. Oroño y el río Paraná) exhibe una muestra grupal y una obra colectiva basadas en los conceptos de intervención, investigación estética e intercambio. En los pisos 4, 5 y 6 se despliega Mao Dupla/Doble Mano (intercambio cultural Río﷓Rosario), un proyecto independiente e itinerante con curaduría de la artista carioca Célia Pattaccini que reúne obras experimentales en fotografía y en video de artistas rosarinos y cariocas, 28 en total. Y en el túnel que conecta la calle con la explanada que da al bar Davis, refulge "Rio translation", una escultura lumínica que recrea artificialmente el espectro solar, pensada y realizada por cuatro artistas rosarinos que participan también en Doble mano: Andrés Macera, Cristián Di Girolamo, Valeria Gericke y Virginia Massau.

La luz (algo obvio tratándose de artes de cuya materialidad misma forma parte), la riqueza poética de los malentendidos posibles en una traducción (río/Rio) y la voluntad de atravesar diversas clases de fronteras son los principales motivos recurrentes en estos dos ámbitos. Desde la segunda y tercera década del siglo pasado, la vigorosa tradición moderna del arte brasileño se ha visto enfrentada a las dificultades externas del aislamiento lingüístico e internas de las enormes distancias. La traducción y los viajes surgen entonces como una necesidad vital.

Doble mano, en palabras de su curadora Célia Pattaccini, es una muestra que fue tramada y "cosida" en un vaivén de sucesivos viajes. Ella percibió "que la fotografía diluía las fronteras entre el arte y la vida" y cuenta que todo empezó con una invitación que le hizo el artista visual rosarino Luis Vignoli a participar en la feria de arte contemporáneo del CEC de diciembre de 2005 en Rosario. La edición carioca de esta muestra itinerante se realizó en marzo de 2005 en la Escuela de Artes Visuales de Parque Lage, un semillero de arte vanguardista, no académico y "joven". "Allá, toda la estructura de la exposición funcionó, con el apoyo del gobierno y empresas privadas", pero sin perder su carácter independiente. Aquí, "el MACRO entendió la propuesta y aportó una estructura de museo". (Cabe efectivamente destacar el cuidado puesto por el museo en el oscurecimiento de las puertas y cierre de las ventanas en la sala 5, el texto en transparencia sobre el río, el espacio para una instalación exterior de Vandir Gouvea).

La propuesta de Célia es salir de la idea de lo internacional como mera copia de Europa y generar a través de un trueque de igual a igual, de una ida y vuelta entre dos países sudamericanos, nuevos campos de reflexión para expandir las fronteras del arte.

La obra de arte, en lugar de ser objeto de reconocimiento específico, se convierte así en una mediación, un intermediario capaz de atravesar fronteras: entre el arte y la vida, entre el artista y el público, entre dos ciudades. El hecho de que sea un proyecto independiente "posibilita la ruptura de las barreras contenidas en las estructuras de las culturas oficiales, respetando la mutua diversidad". En efecto, corresponde señalar que el peso del imaginario ligado a la categoría oficialista de lo nacional (a no olvidar que se trata de dos polos urbanos que no son capitales de sus países) parece aquí desdibujarse en beneficio de un diálogo abierto, capaz de hacer foco en la idea del arte como generador de situaciones concretas en el interior de la ciudad concebida como trama de experiencia colectiva y cotidiana.

En la sala 4, la selección local revela sutilezas de los afectos y fantasmas que se ponen en juego en el acto de fotografiar o ser fotografiados. La rosarina Mónica Fessel, proveniente del campo de la fotografía, se dedica a alterar la situación normal de la pose en estudio, invitando a sus modelos a fotografiarse a sí mismos y organizando luego instalaciones de pared con una selección de estos autorretratos. Los mismos delatan la timidez, el miedo del sujeto a situarse como objeto de su propia mirada. El corrimiento de las fronteras entre el artista, el modelo y el público es llevado un paso más allá por Luis Vignoli, cuya "Cajita freak" (subtitulada "tu pasado bolichero") es acompañada por un texto del subgénero vanitas que desafía al espectador local: "Buscate". La caja en cuestión es un objeto encontrado en su estudio de fotógrafo de la noche rosarina allá por los tiempos menemistas, y contiene fotos rechazadas por los clientes que se negaron a reconocerse en ellas. Hoy es un objeto de culto. Lo freak, como lo demuestran Vignoli y su socio Gustavo Velilla mediante las imágenes de su sitio bizarro http://www.rosariofreak.com.ar/, no es en esta ciudad una subcultura sino una categoría estética, menos vinculada al horror que al humor.

La imposibilidad de constituir un siniestro rosarino terrorífico se expresa en otras dos oeuvres locales de la muestra. La selección interactiva de fotografías animadas de Luciano Ominetti muestra una extrañeza poética a partir de imágenes en todo sentido familiares, seleccionando las opciones "ventana, asado, heladera, balde", y Cristián Di Girolamo plasma en sus fotos de estudio con luz roja la tierna ironía de una falsa estética gore. Los niños huérfanos fotografiados por Mercedes Muniagurria en un registro periodístico y documental enternecen (más que escandalizar) con la empatía de su desamparo insoportable; Andrés Macera, mediante un trabajo de campo fotográfico que luego reúne en un montaje, crea su propia cuadra como si fuera una película. Valeria Gericke saca fotos desde su balcón y las interviene creándoles un fondo liso y blanco, donde sólo se destacan hombres y automóviles en una imagen que remite a las ilustraciones didácticas de los manuales escolares: el enrarecimiento del blanco opera como un efecto de nostalgia.

Los visitantes, como en el fútbol, tienen una relación más cuerpo a cuerpo con el espacio de la calle. Ricalde & Barbosa arriesgan los suyos a cada instante en un cruce de calles de tránsito pesado en Ceara, donde pierden ambos una partida de ta te ti jugada a brocha gorda sobre una trama preexistente en la calzada. El video que se muestra, según la curadora, no es más que un registro de "interferencia urbana sobre la resistencia en las situaciones extremas que nos presentan los grandes centros urbanos". Solange Venturi, en una "perversa" apropiación y suba del valor agregado, compró por pocos reales unas pinturas de Paulo Brega, artista de la calle y mal imitador de cierto canon europeo moderno consagrado de la figura femenina, transformando los cuadros en fotos y las mujeres en hombres en un gender bending rico en matices de sarcasmo. "Hormiga urbana", de Edson Barrus, es un video que recopila imágenes filmadas entre 2002 y 2004 desde el balcón de su casa de Rio de Janeiro, donde el motivo recurrente son hombres que cargan pesos: para evitar la contemplación distanciada, introduce deliberadamente en la edición interferencias técnicas como ruidos o sacudones de la imagen. Renan Cepeda creó una técnica de fotografía en película infrarroja para dar una idea sensorial de las condiciones climáticas en Bangu, el barrio más caluroso de Rio, en obras de pequeño formato y alto rigor compositivo, acaso una variante visual del realismo mágico en sus marcos rojos y con sus palmeras púrpura o anaranjadas. Vandir Goubea, biólogo con una formación pictórica, interviene en sus propias fotografías y en el espacio (en este caso, en la arquitectura de la fachada del MACRO) para crear un efecto poético y visual trompe l'oeil con medios no tradicionales: telas colgantes, trazos en la pared. Célia Pattacini también aplica una mirada pictórica al espacio que ella misma transforma mediante una videoinstalación que proyecta sobre un lienzo clips de 3" en video, hechos con máquina de fotografía digital, del río Paraná a distintas horas, con distinta luz (diurna y nocturna) superpuestos a la máscara de una ventana. Lo irónico, la autora señala, es que "atrás hay una ventana y atrás está el río. Aquí se trata de traer la imagen real a la tela: en Rio, en cambio, lleva el río Paraná. "El concepto es el mismo, la lectura es diferente".

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Rio Translation es una estructura lumínica que recrea artificialmente el espectro solar. La obra pertenece a cuatro artistas rosarinos: Macera, Di Girolamo, Gericke y Massau.
 
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