CULTURA / ESPECTáCULOS › LITERATURA. SE PRESENTA LA GALERA DE LOS ESCRITORES, DE UNR EDITORA

Imberbes, decadentes, divinos

Sonia Contardi cursó estudios en Letras en la Sorbona y se doctoró en la UBA con una tesis sobre la labor de Martí, Darío y Lugones en la prensa porteña entre 1880 y 1900. Aquí reescribe la historia analizando textos poco revisitados.

 Por Beatriz Vignoli

"El único deber que tenemos para con la historia es reescribirla". La poeta y crítica literaria santafesina Sonia Contardi eligió esta cita de Oscar Wilde, de "El crítico como artista", como epígrafe de la tercera sección de su nuevo libro. La galera de los escritores. Rubén Darío y Lugones en los diarios y revistas de Buenos Aires, 1893﷓1900 (UNR Editora, 136 páginas) se presentará mañana en el Aula 7 de la Facultad de Humanidades y Artes de la Universidad Nacional de Rosario, donde la autora es profesora titular de la cátedra de Literatura Iberoamericana I desde su regreso al país en 1984. Disertará Roberto Retamoso y actuará el grupo Cienvolando.

Durante su exilio político (1977 a 1984), Sonia Contardi cursó estudios de grado y posgrado en Letras en la Sorbona de París. En 2007 se doctoró en la UBA con la tesis "La crónica como ensayo de la tradición moderna, José Martí, Rubén Darío y Leopoldo Lugones en la prensa de Buenos Aires 1880﷓1900", con la dirección de Juan Ritvo. Por UNR Editora publicó también José Martí, la lengua del destierro (1995). En poesía, su obra más reciente hasta la fecha es El origen del tiempo (Rosario, Serapis, 2008).

Martí, Darío y Lugones son los tres poetas fuertes cuya obra analiza Contardi como formadores de una lengua americana moderna que incluso excede el campo literario. "Inmigración singular" es "la del poeta Rubén Darío que llega a Buenos Aires desde Chile en 1893 y se refugia en el círculo recoleto y cerrado del Ateneo, lugar en que se prolongan las tertulias que se realizaban en casa de Rafael Obligado, o en torno a conferencias y banquetes". La precisión con que Contardi reconstruye la trama social que se tejió en torno al influyente pope de la poesía modernista le permite hasta contar con nombre y apellido con cuántos "lectores heraldos" contaba Darío: "Una veintena". Es decir que son como veinte los miembros de esta apasionada falange que tiene a Darío como jefe: Leopoldo Díaz, Carlos Alberto Becú, Mauricio Nirenstein, Alberto Ghiraldo y siguen las firmas. Los nucleaba una publicación llamada La revista de América.

En su afán por formar un amplio público lector capaz de comprender y de gozar su exquisita prosa, inspirada en la poesía de modelos franceses como Mallarmé e italianos como D'Annunzio, Darío colaboró en periódicos de gran tirada. Contardi reescribe la historia al rescatar esta labor y analizar textos poco revisitados, como su reseña de La montaña de oro de Lugones o la producción de Lugones mismo en su juventud como escritor socialista de barricada, junto a José Ingenieros, en La montaña, periódico que "con un tiraje diario de 8 mil ejemplares llegó a vender 12 mil números el 1º de mayo de 1897".

El contexto nacional y finisecular que relata Contardi es el de la caída de los ideales de la generación de 1880 bajo el peso de la corruptela conservadora y en el marco de una Buenos Aires que ya no era más una aldea. Ahora la capital argentina miraba a París como "faro" inspirador de nuevas formas en medio de fuertes contrastes, entre la Babel de inmigrantes pobres y las élites que descubrían el lujo.

"La nueva figura de un poeta lírico propuesta por el modernismo viene de algún modo a afinar, templar las grietas de una ciudad integrada por coros destemplados", resume Contardi. Cuesta imaginar que en la Buenos Aires de 1887, donde según datos de ese año la mitad de los argentinos eran analfabetos, circularan más de 100 publicaciones (148 entre diarios y revistas, según Adolfo Prieto) de las cuales 82 estaban en español, 7 en italiano, 5 en francés, 4 en inglés y 4 en alemán. El Operario italiano tenía una tirada diaria de 6 mil ejemplares; El Correo Español, 4 mil diarios. El censo de 1895 consigna la existencia de "20 literatos que afirman poder vivir de su trabajo literario". ¿Serían los mismos 20 que leían (y entendían) la poesía de Darío? ¿Serían los mismos jóvenes "afrancesados" a quienes el crítico Calixto Oyuela, saliendo en defensa de la tradición castiza (y anticipándose tres generaciones a otra alocución infame), denostaba como "imberbes decadentes" en su discurso "La raza en el arte"?

A través de un rico mosaico de citas, Contardi recupera el sonido de la prosa literaria de los periódicos de la época. La forjaron poetas; demiurgos divinos, poetas melómanos, que según testimonios de la época escuchaban a Wagner. Acaso de ahí su enjundia, de ahí el preciosismo culto de sus alegorías donde batallan metales: plata contra hierro, arte contra ingeniería, decadencia contra progreso. Como los perfumes, la ideología venía de París.

Además de las crónicas de Darío en La Nación, que le sirvieron para dar a conocer al público la figura y la obra de sus colegas, otro baluarte modernista era La Biblioteca, los cuadernos de 160 páginas que entre 1896 y 1898 publicó el Senado de la Nación. La dirigía el francés Paul Groussac, guía del gusto culto en aquella primera Buenos Aires moderna que adoraba a la distancia su ciudad de origen y en la que se desarraigó no sin dolor, como él mismo testimonia al evocar "la tarde triste de mi salida de París", adonde volvería "después de doce años, tan oscuro e ignorado como antes". Parece un tango, como las Prosas profanas de Darío. Pero la influencia de la poesía modernista sobre el tango ya es tema para otro libro.

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Sonia Contardi es poeta, crítica literaria y docente
 
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