CULTURA / ESPECTáCULOS › MUSICA. CULMINó LA SEGUNDA EDICIóN DEL FESTIVAL INTERNACIONAL DE ROSARIO.

Una mirada impasible sobre el jazz

Durante cuatro noches la cadenciosa monotonía de los días comunes se hizo trizas con un literal desfile de prestigiosos músicos de culto. Además, la programación fue atinadamente diseñada con talentos locales y nacionales.

 Por Paul Citraro

Lo siento por sus coronarias. El II Festival Internacional de Jazz de Rosario, contra el orden establecido de lo que suelen ser las programaciones más tradicionales, ha sido un flujo continuo de sangre y derroche de talentos. En el extraordinario auditorio del Centro Cultural Parque de España, entre el 4 y 7 de noviembre, han dejado en claro que, a veces, es muy conveniente dejarse llevar por ciertos aires de nuevos mapas sonoros, aunque suenen invasivos a nuestras conformidades.

Durante cuatro noches, a la vera del río Paraná, esa cadenciosa monotonía de los días comunes se hizo trizas con un literal desfile de prestigiosos músicos y talentos de culto.

Como el pianista Kenny Werner (quien tocó junto a Joe Henderson, Toots Thielemans, Joe Lovano), la percusionista norteamericana Marilyn Mazur (Miles Davis, Jan Garbarek, Gil Evans), el pianista catalán Albert Bover (heredero de la tradición de Teté Montoliú), el guitarrista franco-vietnamita Nguyen Le y el contrabajista noruego Arild Andersen (Phil Woods, Dexter Gordon, Sonny Rollins, Chick Corea). Pero, claro, la cosa no quedaba en la pomposidad de los que portan sus nombres en el neón. Para cada noche, la programación fue atinadamente diseñada con talentos locales y nacionales, como parte de un encuentro integral de heterodoxias con total espíritu de impunidad. Como si plantearan: no estamos aquí para visitar las vanguardias, sino para delinquirlas.

La primer noche el grupo de apertura fue Mutasapos, formación rosarina integrada por Nicolás "Mu" Sánchez en guitarra, Leonardo Piantino en saxo tenor, Sebastián Mamet en batería y Mariano Sayago en contrabajo. Tras ese saludable espíritu de la búsqueda de una voz propia, parecen decir: nosotros podemos ser un piedrazo en la cara de Dios. Son contundentes, libres, irreverentes y brillantes en los espacios prolongados de su música.

El contrabajista Arild Andersen, con los salpicones del viejo mundo, literalmente destrozó las expectativas del público a la espera de algo bueno. Realmente fue mucho más que eso, lo del trío fue asombroso. Una escultura sublime de sonidos, desmontando la tradición de lo establecido, con fuertes marcas indelebles en el manejo de las ideas del saxofonista Tommy Smith, apuntaladas siempre por el baterista italiano Paolo Vinaccia. Con o sin ellos, Arild Andersen hubiese roto igual las convenciones del sonido original de un contrabajo. Mientras que Marilyn Mazur Quartet, al cierre de la jornada, hizo gala de su nombre rico en historias de intercambio, pero sólo quedó en éso: los viejos créditos de una historia que vuelve a repetirse. La percusionista, a vista de pájaro, parece no haberle pasado el plumero a su suculento bagaje musical.

En la segunda noche, el violinista Sergio Poli mostró que su cuarteto no sólo se basa en esa especialidad que Stéphane Grapelli supo darle al jazz como un condimento singular (la adaptación del violín al género). Poli no se detuvo en el manual de estudio, lo transitó con interesantes arreglos desde el barro propio. Desde su patria chica. Luego, con su sexteto, Chivo González y Pedro Casís, dos referentes de Rosario y Santa Fe, no le hicieron demasiado caso a los héroes personales que nos habitan y sencillamente le dieron paso a su música. Cambios rítmicos, interacción y variaciones en función de las sutilezas. Marca registrada en Rubén "Chivo" González y Pedro Casís quienes (junto a Víctor Malvicino en saxo tenor, Mariano Ferrando en contrabajo, Luciano Ruggieri en batería y el talentoso Francisco Lo Vuolo en piano) mostraron que pueden tanto encender el caldero como desdibujar el límite de frontera.

El cierre de la segunda noche fue del pianista Kenny Werner, una represa de ideas en constante ebullición. Casi imperceptiblemente el formato escénico podía de algún modo dar indicio de que se trataba de un triángulo de músicos en trance, comunicándose entre sí. Uno de los puntos altos del festival. Ese clásico ladero de los grandes del género se mostró sin podios, por fuera de lo que significa un piano y la sección rítmica que componen el contrabajista Johannes Weidenmueller y el impecable baterista Ari Hoenig.

Tímidamente, la tercer noche fisgoneaba a los grupos nacionales: Guillermo Calliero Quartet y el singular Ernesto Jodos Doble Trío. El trompetista Guillermo Calliero, todavía con los bordados escolares de Roberto "Fats" Fernández (de quien es discípulo directo), presentaba su reciente material editado por BlueArt Records, Barcelona hora cero, donde hace gala de una gran fuerza estilística como improvisador, acompañado por Hugo García en batería, Martín Laportilla en bajo y Hernán Jacinto en piano. El siguiente turno continuaba de celebraciones para el sello discográfico local con Fragmentos del mundo, el nuevo trabajo del porteño Ernesto Jodos, que recluta un formato tanto más cercano a la desmesura que al jazz.

Error: ese riesgo estético hizo subir la marea del público y el río junto a su doble trío, con los contrabajista Mauricio Dawid y el notable Jerónimo Carmona y los bateristas Luciano Ruggieri y Sergio Verdinelli. El ensamble parecía imposible. Error dos: hacía tiempo que el jazz local no era actor protagónico de semejante contundencia. En el final, el pianista español Albert Bover, entre el vértigo y lo narrativo de su música, demostraba por qué está a la altura de la leyenda en el viejo continente, en la cocina de los pianistas europeos de referencia. Bover estuvo acompañado por Masa Kamaguchi en contrabajo y el gran baterista español David Xirgu. Un mazazo en la frente, para el mejor cierre posible en la programación.

Bajando la persiana de la cuarta noche, la apuesta del Festival subía como la espuma en un mundo de inmediatez. Cuatro noches consecutivas con visitas tan definitivas comenzaron a transformar el oído hasta que el oído comenzó a necesitarlas. Abrió el grupo local Polijazz, donde todo parece circunscripto al ámbito de la cabeza y el deseo, en el tránsito de un repertorio de moldura standard y convites de bossa nova. El cuarteto de Cuqui Polichiso en guitarra, Lucas Polichiso en teclados, Pau Ansaldi en batería y Liza Polichiso en voz, sonó distinguido, afiatado, con esencia.

Nguyen Le, acaso el número más osado de la programación, corrió los muebles de lugar mostrando en vivo y en directo que se estaba ante uno de los guitarristas más asombrosos y espasmódicos del panorama mundial del jazz actual. Con plena consciencia de que la música contemporánea también puede funcionar desde formaciones aparentemente ilógicas (por su diversidad de raíces musicales de diversas procedencias), estuvo acompañado por Mieko Miyazaki en koto y voz y Prabhu Edouard en tablas hindúes. La fusión fue definitiva. Un viaje hacia otra lógica musical. Esa que visitan con frecuencia partidarios, y detractores, pero nunca indiferentes ni distantes.

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(5.1) Kenny Werner tocó junto a Johannes Weidenmueller (contrabajo) y Ari Hoenig (batería)
Imagen: Andrés Macera
 
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