CULTURA / ESPECTáCULOS › LA PALABRA OBJETO SE EXHIBE HASTA ABRIL EN EL MUSEO DE LA CIUDAD

El poeta y sus pequeños mundos

Conformada por la interacción de versos de autores publicados por la Editorial Municipal y piezas pertenecientes al Museo, la muestra constituye la primera experiencia curatorial del poeta, periodista y artista rosarino Fabricio Simeoni.

 Por Beatriz Vignoli

Juega con las palabras y se autodefine con su proverbial humor como "caradura", aunque en realidad es el curador de La palabra objeto, exposición en el Museo de La Ciudad (Boulevard Oroño y Riobamba) que constituye la primera experiencia curatorial del poeta, periodista y artista distinguido de la ciudad de Rosario, Fabricio Simeoni.

A una poesía "asociada a lo etéreo y lo sublime", el autor de Libro de filosofía (Rosario, El ombú bonsai, 2011) le opone la "explicitud" de lo objetual, en esta muestra que cruza objetos de la colección del museo con pasajes de libros de poetas históricos de la ciudad que fueron publicados en años recientes por la Editorial Municipal de Rosario. Ingresar en las tres salas de poemas, objetos y fotografías que componen la muestra es una entrada al mundo poético de Simeoni mismo, aunque ninguno de los textos reproducidos le pertenezca: "Estuve muy abocado a la selección de los poemas. Son algunos de mis poemas favoritos, que coinciden en parte con las cuestiones planteadas para la muestra. No es aleatoria la selección".

"Tengo una relación muy objetual con mi obra que mucha gente no llegó a observar", cuenta Simeoni a Rosario/12. Para confirmarlo, ya desde la puerta de vidrio de entrada al museo se marca la relación entre palabra y espacio que le daba su toque distintivo al poemario Sub (Rosario, Ciudad Gótica, 2005). La noción asombrada de mundos dobles o múltiples que Simeoni trata allí de precisar en imágenes como "el pasmo de sentirse afuera", o "el umbral del tomógrafo", se ve expresada en forma visual y 3D cuando se vuelve el espectador como la mujer de Lot y lee, sobre la transparente puerta de vidrio que separa el interior del museo de su exterior ajardinado, el poema de Emilia Bertolé "Disociación", que se abre con estos versos: "Afuera hay un mundo de voz ordinaria/ apenas separado de mí por las persianas/ Adentro hay un mundo de voz dolorida/ elegíaca, fina".

Adentro, bajo el título Sala de máquinas, una selección de máquinas de escribir (que incluye un mimeógrafo) acompaña textos sobre la materialidad de la escritura, el peso del propio cuerpo, la ilusión de volar o el extrañamiento, como en el poema que cierra El sicópata / versos para despejar la mente (Rosario, El Lagrimal Trifurca, 1974) de Francisco Gandolfo, escritor e imprentero: "He terminado este libro// me acuesto rendido/ y el cansancio de mi sangre/ hormiguea la planta de mis pies// entre sueños/ mi mente comienza a sobrevolar/ montañas de nubes/ con claros para mirar la tierra// veo campos sintéticos y arroyos/ autitos funcionando por la ruta/ animales de juguetería/ maquetas donde vive el hombre".

"Cuando recibieron el libro dijeron que yo era el Carlitos Balá de los versos pelopincho", se lamentaba Gandolfo en una carta, sin imaginar que el epíteto, para Simeoni y su generación, acaso sería un elogio. Ahí está la biblioteca local de Fabricio, los rosarinos que lo han conmovido. Irma Peyrano, Felipe Aldana, Aldo Oliva y Arturo Frutero, además de Gandolfo y Bertolé, son los poetas editados por la EMR que el curador, de común acuerdo con el director del Museo de la Ciudad, Raúl D'Amelio, decidió citar a lo largo de las paredes.

"Me llamó Raúl D'Amelio y me dijo: 'Tengo objetos acá que nunca se mostraron'. Quería hacer algo conmigo, no con mi poesía pero sí con la estética del poeta en relación al objeto. Tengo una relación muy objetual con mi obra que mucha gente no llegó a observar. En esa explicitud había algo que era más explícito que el poema mismo. Me llevan al Museo y me muestran cosas, objetos del Museo de la Ciudad. Había objetos de verdad, objetos empíricos, que los podés tocar, oler, ver y esa cosa que ves es verdadera. Algo que yo no sabía para qué existían o para qué se usaban. Era ver un objeto y quedar atónito delante de él", recuerda Simeoni, a quien D'Amelio (que además de funcionario es artista plástico, ex integrante del grupo Rozarte) le propuso un juego: "Fabri, tirame tres opciones surrealistas que para vos signifiquen la utilidad de este objeto". Era una sandalia con suela de clavos, usada por los empleados municipales de Parques y paseos para caminar por el barro. "Pisar tomates", sugirió Simeoni.

Si Sala de máquinas representa para Simeoni "la innovación", la sección La calle habla del anacronismo. "Psicodélicas" o "flasheras" hileras de chapitas esmaltadas con nombres y números de calles, junto a un apropiado poema de Bertolé, remiten a una de las obsesiones que Simeoni apunta como propias de su poesía: "La ubicuidad, ocupar tres lugares al mismo tiempo". Algo del encanto de esta instalación se pierde si no se ha leído por lo menos estos versos de su poema "Sub": "Ella sigue pensando en el invisible que perdió en la calle/ como agolpada, esférica/ vive envuelta en la ostensible lámina de piel de pez/ y cree que la recubre el agua/ o algo más que eso".

Por último, la sala Melancolía abstracta es "la parte bukowskiana", centrada en un inodoro extrañamente bello al que rodean relojes de taxímetros. El Museo de la Ciudad puede visitarse de martes a viernes de 9 a 18 y los sábados, domingos y feriados de 14 a 20. Los lunes está cerrado. La muestra puede verse hasta algún momento no especificado de abril.

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Hileras de chapitas esmaltadas con nombres y números de calles, junto a un poema de Bertolé
Imagen: Alberto Gentilcore.
 
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