CULTURA / ESPECTáCULOS › EN FACEBOOK CRECIERON LOS COMPROMISOS CON ACTIVIDADES LITERARIAS.

Setecientos asistiré y ningún lector

Pese a que proliferan en las redes sociales, las ferias literarias son un espacio de encuentro más que otra cosa. Pero no logran disimular la poca atención que las librerías -salvo excepciones- le prestan a la producción local. Lo que pasó este 2013.

 Por Beatriz Vignoli

La realidad suele dejar leer su acontecer como literatura. A veces, novela de terror: El 2013 será algún día recordado acaso como el año en que las quemaduras sufridas por la literatura rosarina bajo la última dictadura comenzaron a sanarse. La Biblioteca Popular Constancio C. Vigil, destruida en 1976, volvió a vivir gracias al impulso de décadas de los antiguos alumnos de la escuela y los nuevos socios. Borsellino Impresos reeditó en 2013 un poemario rescatado de aquella quema: El vicio absoluto, de Rafael Ielpi, cuya primera edición en 1966 salió por la Editorial Biblioteca Vigil (se agotó y se reimprimió en 1968 con una tirada hoy impensable de 6500 ejemplares).

De que Rosario, a fines de los sesenta, era o intentaba ser una ciudad moderna, se enteran los jóvenes de hoy gracias a la antología ilustrada Boom, la revista de Rosario (La Chicago Editora, 2013), cuya minuciosa edición a cargo de Osvaldo Aguirre rescata crónicas urbanas de la legendaria revista realizada por Ielpi y el Negro Fontanarrosa, entre otros. Aguirre también se hizo cargo del presente compilando Código urbano. Una muestra de la nueva poesía rosarina, un libro digital online en poesiaargentina.com (Buenos Aires, 2013). De cómo resucitó la cultura con la democracia en 1983 dan cuenta los ensayos críticos de Irina Garbatzky reunidos como Los ochenta recienvivos. Poesía y performance en el Río de la Plata, por Beatriz Viterbo Editora. "Emeterio Cerro creó el vocablo recienvivos. Ya no es el cuerpo que sobrevive o retorna sino el que vive en el instante inmediato de su incandescencia teatral", escribe Jorge Monteleone.

Otro hito son los premios José Pedroni, obtenidos por dos poetas rosarinos: En inéditos por Lisandro González y en éditos por Mirta Rosenberg, además editora y traductora (radicada en Buenos Aires). Muy fructífero sigue siendo el programa de subsidios Espacio Santafesino.

Sobre el fin de año, salieron de la imprenta varios libros muy cuidados de la Editorial Municipal de Rosario, entre los que cabe destacar Nacionalismo y cosmopolitismo en la literatura argentina, de María Teresa Gramuglio, coeditado con Espacio Santafesino y la Asociación Civil Amigos de la Biblioteca Argentina Dr. Juan Alvarez. La EMR apostó fuerte además en 2013 a los autores jóvenes y muy jóvenes: acompañó a un lucido XXI Festival de Poesía en su nueva sede de Plataforma Lavardén, no ya con reparaciones históricas sino con una antología de treinta treintañeros de todo el país (30.30:poesía argentina del siglo XXI); abrió una categoría "sub﷓21" en el Premio Felipe Aldana, y reiteró el concurso de cuentos escritos por chicos.

El cierre de la página web Letracosmos.com dejó a la ciudad sin una agenda actualizada, ausencia compensada en parte por el auge creciente de blogs y redes sociales. Dos sellos independientes que se venían siguiendo en este medio, El ombú bonsai y Erizo editora, ganaron visibilidad al superar su origen artesanal con publicaciones financiadas por Espacio Santafesino. Más silenciosa (aunque con coherente arte de tapa por una fotógrafa con creciente prestigio, Cecilia Lenardón), se lució la colección Narrativas contemporáneas de Fundación Ross que dirigen Gloria Lenardón y Marta Ortiz, dos escritoras rosarinas que publicaron dos buenas novelas allí junto a otras firmas de renombre como Patricia Suárez y Angélica Gorodischer.

Surgió con fuerza (y promete más aún para este año) Baltasara Editora, que reeditó cuentos de Rosa Wernicke y teatro de Fausto Hernández, y editó un primer libro de Alejandro Pereyra. La editorial Ciudad Gótica continúa su trabajo sostenido publicando a poetas enormes de la ciudad. Dos perlas a destacar allí en 2013 son Esas ramas altas, de Jorge Isaías, y Aeropuertos submarinos, de Adrián Abonizio, quien también publicó un libro de cuentos por la colección Ciudad y Orilla de Homo Sapiens: en Cuando llueve, Abonizio retrabaja con lirismo y oficio algunas contratapas publicadas en Rosario/12.

La siguen remando, con logros sostenidos, buenas editoriales pequeñas como Iván Rosado, que entre otros actos de justicia reunió la obra poética escrita hasta ahora por el entrerriano Fernando Callero y reeditó, en una joint venture con Yo soy Gilda, la biografía de Juan Grela por Ernesto Rodríguez que había publicado la Editorial Vigil.

Puntuando alto en profesionalismo, Beatriz Viterbo publicó (entre otras obras) La ciudad aislada, excelente libro de cuentos del consagrado autor brasileño Milton Hatoum. Él, su traductora Adriana Kanzepolsky y la editora participaron de la Semana de la Lectura en su conferencia de cierre. Combinando fuerzas de diversos organismos oficiales, la Semana de la Lectura de la Secretaría de Cultura municipal ofreció una serie de 50 propuestas tan originales como atractivas, que capitalizaron talento local en los rubros más diversos. De la lista de nombres cabe subrayar el de Lucas Cosignani, quien trabajó en las actividades del Centro Astronómico Municipal y dirigió el corto documental Kozmik Tango, producido por la Dirección de Educación y Mala Frame, que se estrenó en ese marco el 23 de abril.

Una tradición de lecturas almidonadas se siguió rompiendo con Ciclotimia, el divertido ciclo de lecturas que a pesar de la ruidosa indiferencia de los comensales y el triste fallecimiento de uno de sus organizadores continuó en el bar de la esquina de Mitre y ex Pasaje Zabala, rebautizado este año como Pasaje Poeta Fabricio Simeoni. (A mitad de cuadra, queda la casa donde vivió el poeta Rubén Sevlever). Libro póstumo incluido (Poética del accidente, por Papeles del Boulevard), la despedida de Fabricio Simeoni fue una luctuosa fiesta interminable que desplegó homenajes de todo tipo a este animador cultural, escritor y luchador por la vida: recitales, una exposición en el CEC y una placa conmemorativa en el Instituto de Rehabilitación del Adolescente Rosario, donde coordinaba un taller para los chicos.

Qué deja leer esta cartografía? Más de lo de siempre: patriadas de esforzados mecenitas sin dinero que perecen en el intento, cayendo muertos justo a tiempo para inscribirse en una pequeña historia efímera y ceder la posta a un Estado sin políticas culturales claras, pese a la creatividad que guía a algunas pocas iniciativas oficiales.

Se afianzó en 2013 una tendencia en alza en Rosario desde 2010: la de las ferias de libros. No sólo ganó más visibilidad, en la Plaza del Foro, la Feria del Libro Independiente y Autogestivo (FLIA) que dio el puntapié inicial, sino que el formato "feria" (que suma lecturas de poesía, performance, micrófono abierto, música y comidas caseras a los ya tradicionales puestos de venta de editoriales independientes) se expandió en ámbitos de todo tipo, oficiales y privados: desde la planta baja de Plataforma Lavardén (en el marco del XXI Festival de Poesía) hasta casas de familia, pasando por espacios alternativos que subsistieron con esfuerzo como Bienvenida Casandra Arte Bar, Dínamo, Club Editorial Río Paraná y Triple X Acción Mutante.

Recién sobre el final del año la Universidad Nacional de Rosario activó sus reflejos. Emulando o acaso queriendo corregir un gesto anterior pero excluyente de Fundación Ross, la UNR convocó a todas las editoriales locales a la Feria de Editoriales Rosarinas (FER) en el Espacio Cultural Universitario (ECU). Situado en el ex Banco Nación (un ámbito que intimida con su faraónica arquitectura marmolada), el evento tuvo tan poco éxito comercial como los que se organizaron (con poca plata y muy buena onda) en los lugares alternativos mencionados.

Pese a que estallan en Facebook, las ferias siguen siendo más espacio de encuentro que otra cosa, lo cual ya es algo en estos tiempos de aislamiento, pero no alcanza. No logran remontar estos resabios de sociabilidad festiva premoderna la carencia que nadie se anima a confesar en voz alta, a saber: la poca atención que en general le prestan las librerías (salvo excepciones como Oliva, Buchín y una creciente plétora dedicada a usados y raros) a la literatura local.

A falta de lectores/as que simplemente entren en una librería y compren los libros de sus autores/as, y muy a pesar de la labor (cada vez más prolija) de las editoriales locales (que buscan compensar la casi nula presencia de autores de esta región en sellos porteños y filiales nacionales de las grandes editoriales multinacionales), la literatura rosarina se convirtió en 2013 en un fenómeno muy extraño. La parte visible es la farándula mediática pobre de unos egos crecidos cual pollos siliconados en el vivero instantáneo de hipócritas homenajes a la bohemia por adolescentes tardíos de cuarenta. Los buenos libros existen pero no suelen llegar a las redacciones de los diarios; poca gente los compra. Son la parte invisible del asunto.

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Las ferias marcaron la tendencia del año. En la foto, Julia Enríquez recitando un poema suyo.
 
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