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Lunes, 20 de julio de 2015

CULTURA / ESPECTáCULOS › TRES CLáSICOS EN MADRE CABRINI PARA ALIMENTAR A CINéFILOS NOSTáLGICOS

Películas que brillan como entonces

El ocaso de los Cheyennes, de John Ford, está programada para hoy, a las 18.30. Mañana, a la misma hora, podrá verse Por quién doblan las campanas y para el miércoles se anuncia La caldera del diablo, en el ciclo "Gigantes de la Pantalla".

 Por Emilio A. Bellon

En esta semana que se inicia, la familiar sala Madre Cabrini ubicada a pocos metros de la Plaza López, Avenida Pellegrini 669, continúa con su ciclo "Gigantes de la Pantalla", que ha logrado una gran convocatoria de diferentes públicos desde hace exactamente siete días. Los distintos films que fueron seleccionados se caracterizan por su considerable metraje; que alcanza, en algunos títulos, a una duración de tres horas. Igualmente, cada uno de ellos ha pasado a ingresar en la categoría de films paradigmáticos del género y al mismo tiempo arquetipos en lo que hace a los conceptos de producción y de cartel actoral.

En la función de hoy, a las 18.30, se podrá ver una de las obras claves del western, del último período de John Ford, quien desde fines de la década del diez ya comenzó a ser considerado por la crítica. Se trata de El ocaso de los Cheyennes, film que pertenece a otro momento de su obra, en la que ya no se apunta a construir aquella edad de oro de la sociedad estadounidense, la que corresponde a la mítica glorificación de una visión conservadora que tiene su momento de bisagra en la Guerra de Secesión; sino que, como su nombre indica, coloca en la escena a los que hasta entonces se mostraban como enemigos: los estereotipados indios, en un terreno en el que ahora pasan a ser reivindicados.

La trama del film, guionada por James R. Webb, a partir de la novela de Mari Sandoz, nos lleva a un tiempo ya representado en otros westerns del mismo director: los posteriores a aquella confrontación entre el Norte y el Sur. Pero aquí, lo que vemos es una comunidad de sobrevivientes del grupo de los Cheyennes que están a la espera, tras haber sido confinados, de regresar a sus verdes praderas. Ante el silencio de la administración de Washington deciden regresar y es por ello que comenzarán a ser perseguidos de manera brutal, violenta.

Desde el inicio, John Ford se había planteado que todos los acontecimientos se plantearan desde el punto de vista de los indios, con actores del cine y del teatro independientes, relevando el modo de vida de esta comunidad. Pero los productores, y el mismo estudio de la Warner desestimaron esta propuesta. Y he aquí que contrataron a todo un elenco ya reconocido en la pantalla grande en función de obtener una respuesta taquillera y seguir sosteniendo la supremacía del hombre blanco. De esta manera, tal como narró posteriormente Ford, el proyecto inicial se empezó a desdibujar.

De todas maneras, hay secuencias en las cuales ya no cuenta tanto el aliento épico como la mirada detenida en las razones del mismo grupo de los nativos. Con fotografía de William Clothier y la banda sonora de Alex North, El ocaso de los Cheyennes, con una duración de 158 minutos, se puede pensar como otra vuelta de tuerca más sobre el género.

En la tarde del martes, en el mismo horario, se podrá volver a admirar aquel film que hoy proyecta sus ecos a través de distintas generaciones, Por quién doblan las campanas, cuyo título original responde a uno de los versos finales del poeta metafísico inglés del siglo XVII, John Donne, quien nos expresa: " ...la muerte de cualquier hombre me empequeñece/porque estoy unido a la humanidad;/por eso, no preguntes por quién doblan las campanas/ están doblando por ti".

A tres años de la publicación de la novela homónima de Ernest Hemingway, en 1940, la Paramount Pictures estrenaba este film, que en España recién pudo darse a conocer en julio de 1978. La nueva novela que había ubicado al escritor en el punto más alto de su trayectoria permitía reconocer el trazo y el oficio que había cumplido Hemingway como corresponsal en tiempos de la Guerra Civil Española. Y en el pasaje al cine, Sam Wood -el director de Una noche en la ópera y de Un día en las carreras- presentaba una historia ambientada en el epicentro de aquel trágico conflicto, subrayando los temas de la solidaridad, la camaradería, la lucha por la defensa de la dignidad.

A los fines de garantizar una gran respuesta de público, en el tiempo de la Segunda Guerra Mundial y tras los pasos de Argel y Casablanca, los productores exigieron a los guionistas poner el acento en la historia de amor entre un experto estadounidense en acciones de guerra, Robert Jordan y una mujer llamada María, rescatada momentos antes de ser ejecutada por el ejército franquista; roles que interpretan desde un desesperado sentimiento romántico los siempre presentes Gary Cooper e Ingrid Bergman, nominada ella por la Academia por su actuación en este film, entre tantos rubros. Una historia que se juega en los límites, que se enfrenta en las líneas enemigas, que pone el acento en la valentía y en el sentimiento de lo colectivo.

Cuando su estreno en Rosario, un 23 de mayo de 1944, en la sala del cine Palace, la empresa exhibidora ofrecía a cada espectador un programa de mano de varias páginas que reproducía en un formato cercano a una fotonovela diferentes hechos argumentales. Tiempo después, ya el cine El Cairo, en la última semana de mayo del 65, reestrenaba este antológico film en copia nueva, como película de base; ahora distribuida por la Universal.

En la edición de los Oscars de 1944, Por quién doblan las campanas, que alcanza los ciento setenta minutos de sostenido ritmo expectante y de pertenencia al notable melodrama de los cuarenta, estuvo nominado en siete rubros, logrando sólo un premio Oscar la actriz Katina Paxinou, en su rol de Pilar, la mujer de Pablo, personaje interpretado por el actor de carácter Akim Tamiroff; ambos también en el frente de lucha, ante la ofensiva de los nacionales.

El miércoles, Madre Cabrini abre las puertas del melodrama al llevarnos a una pequeña localidad en la que quedarán al descubierto los secretos y las grandes pasiones. Presentada por la Fox en 1957, Peyton Place o como se la conoce también La caldera del diablo, dirigida por Mark Robson, pasó a ser uno de los films más taquilleros de entonces, mereciendo una segunda parte años después.

Basado en el best seller de Grace Metalious -quien transfiguró el pueblo de Camden en Nueva Inglaterra en el ficcional Peyton Place-, este canónico melodrama de fines de los años cincuenta debió soportar la censura del aún vigente Código Hays. La caldera del diablo registra bajo una aparente calma una serie de pequeñas historias marcadas por el crimen, la doble moral, la violación, las frustraciones, el suicidio, los engaños. Ya en el film de 1961, Regreso a Peyton Place estos temas se abordaron de manera más abierta y no sujetos al control de la censura. A mediados de los años sesenta y posteriormente en el ochenta y cinco, estas historias pasaron a formar parte de seriales televisivos.

Film de notable impacto dramático, con una banda sonora creada e interpretada por Franz Waxman, La caldera del diablo, rodada en Cinemascope y Color de Luxe, con un metraje de 157 minutos, cuenta con un reparto digno de ser revisitado en la función que se anuncia. Y entre tantos nombres relevantes, encontramos a la admirable Lana Turner, acompañada ahora por Diane Varsi, Hope Lange, Arthur Kennedy, Russ Tamblyn, Lloyd Nolan, David Nelson, Mildred Dunnock, Lorne Greene, entre tantos otros.

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El ocaso de los Cheyennes, de John Ford, construye su mirada desde los pueblos originarios.
 
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