CULTURA / ESPECTáCULOS

Buena retrospectiva de un artista desaparecido

De la intensa producción de Franco Venturi, artista secuestrado por la dictadura a los 39 años, sólo se salvaron 16 pinturas y 80 dibujos sobre todo gracias al coraje y la lealtad de sus familiares y amigos. Hoy están en el Museo Castagnino, donde se puede apreciar esta mínima parte del trabajo de este gran pintor y mejor dibujante.

 Por Beatriz Vignoli

No es trágico, aunque pueda parecerlo, que un artista muera de viejo en su cama, que se haya conservado cuidadosamente su obra y que de entre la gran masa de ésta algún especialista seleccione las que quepan en un museo según lo que se supone un criterio autorizado. Lo normal, el modo en que casi naturalmente suceden las cosas es este. Hay una muerte fechada, un cuerpo sepultado, un lugar de sepultura, y todo ello al cabo de una vida productiva cuyos frutos se atesoran y miman. Hay un tiempo de duelo y hay (al fin) la muestra antológica póstuma. Hay obras que el público recuerda de otras muestras y que no encuentra aquí. Pero sigue paseando y mirando tranquilo: las supone en el taller, en algún depósito, colgadas en el living de alguien, admiradas y disfrutadas o por lo menos puestas a buen recaudo. Para la posteridad, es decir, puestas en posters, tras la hora postrera que como todo el mundo sabe es la hora de los postres.

Nada de esto sucedió con Franco Venturi. De la intensa producción de este artista nacido en Roma en 1937, radicado en Argentina y secuestrado por la dictadura en 1976, sólo se conservan 16 pinturas y 80 dibujos gracias al coraje y la lealtad de sus amigos y familiares, o de sus compañeros de militancia. Las demás no se sabe donde están. Las que se salvaron estaban lastimadas, habían sido torturadas por las inclemencias de recónditos escondites o de azarosas fugas. Hubo que rastrearlas. Hubo que restaurarlas. Detrás de cada una de las 96 obras salvadas hay un thriller que podría escribirse. Muchas fueron destruidas por las fuerzas del desorden en sucesivos allanamientos: hoy sólo existen en la memoria. Hasta hubo una carpeta que fue utilizada siniestramente en un interrogatorio como elemento de presión contra su compañera y la madre de sus hijos, Mabel Grimberg. Poseer obra de Venturi era ser un blanco móvil. Conservarla requirió una valentía infinita. Imaginar lo que falta en esta muestra homenaje es pensar en un cuerpo de obra definitivamente ausente; pensar en lo que esa obra hubiera sido de estar hoy su autor, sencillamente excede las posibilidades de la imaginación. Porque eso es lo más trágico en términos de la historia del arte argentino: Venturi era muy buen pintor y dibujante. Era buenísimo. Pudo ser grande. Había dejado de pintar; había vuelto a hacerlo. Nada silenciaba su inspiración. Hasta fue capaz de dibujar en el penal de Rawson. Se conservan y están en la muestra esos dibujos, trazados a birome en papeles modestos. Tienen la síntesis de la urgencia. Tienen la misma vida de las caricaturas que hacía de sus profesores en el colegio de curas porteño de donde lo echaron en 1951. La tragedia de este militante del peronismo de izquierda repitió lo vivido por él y su familia en Italia bajo el fascismo. (Su padre, militar y funcionario disidente del régimen de Mussolini, renunció a su cargo y fue perseguido, alejado de su familia, empujado al exilio, los bienes confiscados. Murió en 1980, pidiendo en vano clemencia por su hijo.)

No lo dejaron ser. ¿Es ético parar por un segundo de buscar a los culpables para hablar del estilo? ¿Es lógico hacer abstracción de una amputación semejante para hacer justicia a la obra? ¿Es justo acallar por un instante el clamor de justicia por el hombre para que la sombra del hombre tan injustamente perdido no caiga sin cesar sobre su arte?

Si Francesco Salvatore Host Venturi hubiera muerto de muerte natural en su cama; si hubiera su cuerpo sepultado bajo una lápida marcando el nombre que fue ese cuerpo y la fecha exacta de su ausencia; si se hubieran elegido, de entre sus obras mimadas y cuidadas, las que se ven y verán hasta el 23 de abril en el ala izquierda de la planta alta del Museo Castagnino (Oroño y Pellegrini), esto se diría:

"Nafta, ácido sulfúrico, clorato de potasio...". Que la fórmula del cóctel Molotov sea el título de un cuadro sólo fue posible en el swinging Buenos Aires de 1968 y de la mano franca y aventurada de Franco Venturi. Su cóctel, el del artista, mezcla con maestría de barman dosis justas de expresionismo pop y psicodelia à la Yellow Submarine, de neofiguración e historieta underground de los tiempos de Frank Zappa y Robert Crumb y de cuando Fontanarrosa dibujaba en Hortensia. Es tan artísticamente serio y ambicioso en sus cuadros como jocundo en sus historietas. En unos y otras, el carnaval de pasiones alegres desatadas encuentra un cauce en la narración cuadrito por cuadrito, casi como fotogramas de un film. Lo escatológico, el sexo descontrolado y la guerra violenta contra los símbolos del poder son algunas de sus obsesiones. Sus tiras para Satiricón, de tan cáusticas, parecen aguafuertes. Sus "Fantasías de sopre" dan hasta ganas de ir preso para tener de primera mano la experiencia de evasión mental que él muestra. Hay en sus obras una fe maravillosa en la magia del gesto vudú con que el pincel corta el cuello de la efigie del tirano golpeador: piña va, piña viene, y el bisonte pintado en la caverna ya es bisonte muerto. Rupestre y civilizado, su arte es tripa gorda de humor negro erguida en la columna vertebral de un ideal de justicia. Si sus pinturas respetan rigurosamente la composición modernista pese al descalabro general que denuncian y cuentan, sus historietas derriban a golpes de carcajada a los ídolos eurocéntricos. "¡Estás loco! ¡Te cortaste una oreja!" le increpa Theo a Vincent. "No te oigo. ¿No ves que me corté la oreja?", responde Vincent.

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Serie fantasías de Sopre, 1975. Tinta sobre papel. Mezclaba dosis justas de expresionismo pop y psicodelia.
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