CONTRATAPA

Un pequeño símbolo del amor

 Por Luis Novaresio

Uno: Hoy es el tiempo de las discusiones de todo esto. Semánticas, casi siempre. De fondo, pocas. Cada vez que empezamos a cambiar ideas el triunfo es del que logra doblar con su verba al otro. No importa si tus pensamientos gozan de la profundidad de cuna, si lo dicho gana con originalidad y fuerzas de estar orgullosos de pensar, no importa. ¿Qué es la fidelidad a algo o a alguien?. ¿Qué muestra que uno valora al otro y se juega por ello antes de cualquier reproche?. ¿Y el prejuicio?. ¿Y la coherencia, entonces?. Ni siquiera te hablo de brindarte sin espera de vuelta por lo dado. Hablo de creer, respetar, ser coherente.

¿En qué banderas se cree hoy?. Grito a siniestra y cierro a diestra. ¿Te suena?. Juego a la demagogia de los sentimientos y creo que no se nota. Loco. Ahora resulta que renace la creatividad de los que gobernaron durante más de 20 años y, desde la oposición, saben cómo hacer para que los jubilados ganen dignamente o para que la luz no se corte. Ahora. Opositores. ¿Y antes? Antes, los que ahora gobiernan, jugaban a juzgar a los que ahora se oponen y pedían resarcimientos por interrupciones de energía, reclamaban que se bajasen los gastos de los gobernantes. Antes. Porque ahora tienen el poder ellos y se ve que no se acuerda. Fidelidad. Por eso escribo de ellos dos. Porque no se sabrá de ninguna otra manera. Probablemente porque no valga la pena. Y yo puedo reconocerlo: nada de esto, lo mío, digo, vale la pena. Y eso me libera. Lo vuelvo a escribir, a decir verdad, convencido, como vos. Y eso me libera. Me da una fuerza enorme. La de no tener que conformar a nadie ni quedar bien con nada. No merecerían unas líneas en tu diario de domingo. Es probable. No corresponde en medio de tanta decadencia por la que hay que pelear. Es seguro. Ahora te pregunto: ¿cede esa decadencia si martillo sobre lo que cada semana?. Entonces no te enojes. Es cierto. Será por eso, como dijo el hombre del cine italiano asesinado en su ley, uno se siente amigo de los perros, animal herido expulsado de la manada.

Dos: En términos de los que a vos te gustan, la pobre era fea. Rara y difícil de calificar, desde el vamos. Esa rara mezcla de razas comunes que hacen parir un ejemplar tipo. Tipo doberman, digo, tipo pointer, así se dice. Uno imagina que en la calle en donde esos perros habitan se da una cruza de clases sociales (?) de razas que iguala las más aristocráticas con la menos conocidas. Pobre de la caniche perdida o suelta que se cruza con un callejero conocedor de charcos como bebederos porque de allí nacerán unos cuzquitos inexplicables. Nacerán del puro amor animal, del que no resiste contradicciones verbales como las nuestras, es una pobre chinita, se oye decir entre nosotros, el pibe no da para mucho más. Ahí va la caniche asustada por falta de su ama y huele al callejero con ganas de aquello. Podrá resistirse como modo de seducción. Pero al final, lo saben bien ellos, goza sin prejuicios ni esperanza de ser madre.

Ella era fea, me dijiste vos. Grandota cuando mayor. ¿Tipo qué?. Tipo ovejera alemán en su plenitud. No exageres. No exagero. Y además, ya no me importa, era bonita. Porte con decisión, pelo rubio, sucio, es cierto, pero rubio. Y cara de la mejor factura. Era bella, no me embromes. Una nariz larga que se dejaba acariciar cada mañana a las siete, unos ojos grandes que de viejita se le llenaban de lágrimas de agradecimiento cuando alguien traía unos huesos, unas orejas plácidas, de las que se tiran hacia atrás para escuchar a su dueño, para festejar alegrías.

¿Cómo podría llamarse?. Canela. Color canela, nombre de Canela. Canela era la perra de la cuadra. De la nuestra.

Tres: Don Oscar vive lejos. ¿Pero dónde?, pregunté durante años. Entendí con el paso de los años que era hora de dejar de averiguar. Si el hombre no quería decir, no se dice. Menos se pregunta. Lucubramos que en una villa, quizá La Lata, pero no me parece. Ahora tendrá algo más de setenta, por lo que se deben haber conocido cuando él tenía sesenta. Algo así. Cuida los autos que estacionan enfrente del parque. Ya tiene un banquito que guarda en el pasillo de la esquina, gente maravillosa que le deja entrar a sacar agua, a cambiarse (usa una especie de camisa de uniforme) o para lo que necesite. Bajito, de voz profunda como relator de box, caminar sereno, lento. Quizá para darle tiempo a ella para que lo acompañe. En los últimos tiempos Canela sufría de sus patas traseras, como les pasa a muchos ovejeros alemanes.

Oscar rinde culto a la gentileza del saludo. Y eso lo hace más querido. Buenas tardes, mi señora. Que siga bien, para los que no conoce. Suerte don Luis con la ese bien estirada, locutor que goza del cross en la mejilla derecha, con los vecinos que quiere. Ojo que esta noche llueve, cuídese del viento que es el de la gripe, hay que votar a los otros, mire la mugre que hay en el parque nadie viene a limpiar. Siempre un gesto. Siempre en serio. Nada de compromiso. Porque a los que no quiere, apenas el buenas tardes, seco, sin ganas de consonantes pronunciadas.

Se sienta allí. Debajo del jacarandá. Su instrumento de meteorología. Sabe si el calor sigue por las flores, si lloverá por sus ramas, si el tiempo pasa por su tamaño. Y ella lo mira. Lo miraba. Cada vez que alguien era saludado con afecto, ella tiraba sus orejas hacia atrás haciendo más franca su cara. Si el gesto era de ocasión, seguro que te ladraba. En la cazuela del jacarandá una colchoneta forrada con una sábana de bebé era su cucha. Daba gusto verla ornada con flores celestes sobre ella.

Cuatro: Parece que Canela dormía en la entrada del edificio. ¿Te acordás que te lo conté? Pero hoy necesito rememorarlo. Ella dormía feliz. Yo la vi, de hecho. Sucede que mientras se construían los departamentos don Oscar conocía al capataz de la obra y la dejaban entrar al hall. Cuando yo fui a vivir allí, una tarde, me encuentro con reunión de consorcio. Representación menor de las miserias de no saber vivir en comunidad, el tema era algo de Canela. Ni bien escuché su nombre, supe que no era nada bueno. Uno de los dueños que allí no vivía, proponía echar a ese animal que afea el ingreso. Sin más. Se le oponía una genial vecina que decía que si había que echar por feos o por idiotas unos cuantos estaban en problemas. El que proponía echar al animal, al cuadrúpedo, digo, insistió. Lamento que usted no diferencie entre el amor a un ser humano y a un simple perro. Ella le dijo, y desde entonces es mi lema. El amor es menos prejuicioso que usted: yo amo a mi esposo, yo amo, distinto, a mis hijos, yo amo, distinto también a los perros. Es más, lo liquidó: hasta podría amar, distinto de todo, a un amante si me ocurriera. Dudo de los que ponen categorías y prioridades a lo que hay que amar. Eso es el fascismo. Canela siguió durmiendo en el edificio. Al menos, hasta que sus patas traseras le dieron para trepar las escaleras.

Cinco: A Canela la atropelló un auto. No quiero contarte los detalles porque me duelen en mis entrañas. A ella le dolieron las suyas y con eso alcanza. Hubo alguien que atinó a llamar a un veterinario que nos miró a todos y dijo que dieciséis años eran muchos como para intentar una operación. Que había que tomar una decisión.

Entonces lo miramos a don Oscar. Hasta entonces yo no había visto cómo lloraba. En silencio. Un torrente de lágrimas silenciosas, con sólo lugar para respirar su angustia. Sentado en su banquito, debajo del jacarandá. La mujer del amor sin prejuicios lo tomó de una mano y lo miró con afecto doloroso. Y el dijo hagan que no sufra.

Canela está enterrada en el parque enfrente de tu casa. Era un símbolo pequeño pero inviolable del amor generoso, del compañerismo con cielo despejado o tormenta que no perdona. De fidelidad a su amigo, de compartir almuerzos sentados en el césped, él y ella, mirando pasar la vida.

No tuve ganas de otra cosa. Sólo contarte de ellos. Aunque no valga la pena. Hoy hace tres años de la muerte de esa perra. Justo hoy. Don Oscar estiró su ese cuando me saludó y me miró distinto. Creí que me lo estaba recordando. Creí que me estaba pidiendo que te lo volviese a contar. Porque pasó el tiempo y ese amor incondicional sigue vivo. El está más viejo, con menos ganas de darle pelea al día a día. Pero cuando le devolví el saludo, supe que seguía intacta aquella magia. Hoy sentí que era el espacio de ellos ¿Acaso vale más la realidad que pretendés que te relate?. A ella, yo también la extraño. Mucho.

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