CONTRATAPA

Un destello en el umbral de la conciencia

 Por  Gary Vila Ortiz

Aunque no espero nada y lo inesperado no me sorprende demasiado, el encuentro que voy a relatar (si es que el término es en este caso el que corresponde) me desconcertó, tal vez por el lugar, acaso por el aspecto de la pareja que interrumpió mi caminata con sumo respeto y me hizo preguntas, algunas de las cuales no pude contestar (¿porque no me dieron tiempo para hacerlo o posiblemente porque no supe encontrar las respuestas?).

Caminaba hacia un banco vacío que mira hacia el río, alejado por una vez del trabajo que ustedes, los que me contrataron, me han encargado. ¿Me tomaba la tarde libre? No lo sé, no me interesa saberlo. Lo cierto es que antes de llegar al banco una pareja me detuvo. Él se parecía a una buena cantidad de personajes que creo reconocer, algunos para bien y otros para mal (es decir, unos me traen buenos recuerdos, los otros pésimos). Ella, en cambio, no se parecía a ninguna otra mujer a la que hubiera conocido. Yo llevaba un libro de George Steiner para leer. Tenía la pipa encendida, el tabaco en el bolsillo, una disposición que no preveía conversar con nadie.

Los invité a sentarse. Aceptaron. Yo quedé en el medio, moviendo la cabeza a un lado y al otro porque ellos hacían las preguntas una por vez y por turno. ¿Contesté? Sé que dije algunas palabras a modo de respuesta, pero sin intención de responder. Él, cuando preguntaba, se sacaba los anteojos y los golpeaba sobre sus rodillas suavemente; ella me tocaba el brazo con inesperada delicadeza cuando hablaba. ¿Por qué me sentía prisionero? Desde un principio supe que no podía pararme antes de que ellos dieran por terminado el interrogatorio. Unas cuantas de las preguntas que me hacían no tenían nada que ver conmigo. Estuve a punto de aclararles eso, pero pensé que tal vez eran cosas que sí me habían pasado y las había olvidado. Algunas de las preguntas eran de carácter tan íntimo (hasta detalles morbosos incluidos) que sólo podían hacerlas si creían que yo les confiaría aquello que no contaría a nadie. Otras eran, digamos, universales, a las que yo me limitaba a responder con reflexiones que entendía no del todo desechables.

En un momento uno de los dos (no recuerdo bien si él o ella) criticó mi último informe. Dijo (creo que fue ella, mientras apretaba un poco más fuerte mi brazo) que era un burdo plagio, que estaba repleto de citas, que no tenía nada que ver con la ciudad que me había tocado investigar. Después el otro (creo que en este caso fue él, pero por primera vez sin sacarse los anteojos al hablar) agregó que se esperaba de mí un comportamiento diferente, que no podía continuar desafiando a los que me habían contratado, que no debía hablar más con frases de otros. Y entonces volvieron a la carga con sus preguntas, que se tornaron más agresivas, casi intimidatorias.

Yo iba a explicarles que en mi último informe simplemente había intentado improvisar sobre palabras ajenas, que pretendía ser una reflexión sobre cuál era la pieza esencial del ajedrez, que decía tanto o más de la ciudad que cualquiera de mis relatos anteriores, que no me parecía ni un desafío ni una desobediencia hacia nadie, pero no lo hice. En cambio, respondí a cada una de sus preguntas leyendo, con ostensible cuidado, algunos párrafos del libro de Steiner que sostenía en mis manos.

"El lenguaje humano y la humanidad son inseparables, y es inútil interrogarse acerca del salto cuántico de la mutación que explica esa situación".

"El argumento lingüístico no es ajeno a su doctrina política ni a su análisis de la historia. Mucho antes que George Orwell (habla de Joseph de Maistre) destaca la congruencia esencial existente entre el estado del lenguaje, por una parte, y la salud y las fortunas del cuerpo político por otra. En especial descubrió una correlación exacta entre la descomposición nacional o individual y el debilitamiento u oscurecimiento del lenguaje".

No estaban nada contentos. Él, nervioso, empujaba con el dedo índice el puente de sus anteojos hacia arriba; ella, indignada, ya ni acercaba su mano, ahora rígida, como una garra, a mi brazo inmóvil.

"Como otros grandes poemas, 'Ein Winterabend', de Georg Trakl, quiere decir mucho más de lo que dice. Sugiere de manera irresistible que las palabras, las palabras singularmente justas e inevitables, así como su reagrupamiento sin precedentes, han sido dados al poeta, no queridos por él; que le han venido con esa incandescencia de exactitud y de evidencia que todos hemos experimentado cuando una palabra olvidada, buscada durante mucho tiempo, centellea en el umbral de la conciencia".

"Son los poetas y los pensadores, proclama Heidegger, los cuidadores del ser, los que están a cargo de las pulsaciones de luz del logos".

Yo los miraba enfurecerse, de reojo, uno por vez. Supe que todo iba de mal en peor porque en un momento se pararon, me miraron con evidente descontento y algo de lástima y después hicieron un saludo típicamente germano. "Ya es suficiente, ya es nada, todo es inútil", dijo él sacándose los anteojos. Y ella, con voz suave, agria: "Ni sueñe que podrá tener una nueva oportunidad".

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