rosario

Jueves, 7 de agosto de 2008

CONTRATAPA

La literatura, vana y peligrosa

 Por Gary Vila Ortiz

En un excelente libro sobre Proust, una antología crítica realizada por el estudioso español Víctor Gómez Pin, recordaba en alguna de las primeras páginas que Proust parecía tener la convicción de que la literatura, como tal, era vana y peligrosa. El comentario del mencionado pensador español era, me parece, de una lucidez convincente: esa convicción, sin embargo, no era tal si no que se trataba de un juego de ardides. Para el lector profano y común que somos, ese libro nos fue necesario para nuestras desprolijas lecturas de Proust, que fueron como perdidas en la vastedad de dos o tres bibliotecas que aparecen y desaparecen como en un sueño. Esa memoria involuntaria que se encuentra en todo Proust, pero sobre todo en dos episodios de su obra, que suele acosarnos, pero nunca para sacar las conclusiones y la ejecución de un libro tan poco común y tan persistente para sus lectores ajenos al estudio sistemático del arte literario. ¿Cuál es la diferencia de la lectura de Proust por parte de un profano que lo lee y relee siempre encontrando cosas nuevas que aquella que hace un especialista? En vano buscamos encontrar una respuesta pero, posiblemente, si encontramos alguna no debe ser la adecuada. Sabemos que es así y que nuestra lectura de Proust, como la de otros escritores, no llegará más lejos que adonde ha llegado. Como consuelo a esa limitación pensamos que, en ocasiones, ese profano que somos encuentra aquello que el que tiene una preparación universitaria no puede imaginar que en ese sitio en donde a uno le parece ver tal movimiento en la escritura, al profesional le parecerá un absurdo.

Y en el caso de Proust (y es cierto que en el de muchos otros) esas lecturas "periodísticas", dicho esto en un tono peyorativo, nos deparan más de un nuevo asombro aun en aquello ya descubierto o ya leído. Proust es (chocolate por la noticia) siempre sorprendente (de una manera diferente a lo sorprendente en Borges, en Becket, en Joyce, en Kafka o en Nabokov) pero no únicamente en su búsqueda del tiempo perdido, ese tiempo que dicho sea de paso, creo que somos muchos los que buscamos. No a la manera de Proust (su obra no tiene repetición posible, no tiene discípulo alguno, se lo puede querer imitar, pero no pasa de un desastre), pero con una intencionalidad similar, ya que tanto los olores como los sabores, así como la música, ponen la memoria involuntaria de cada uno, incluso de las memorias que pueden ser más pobres en experiencias.

El libro de Proust es también una forma de llevarnos al pasado, el libro en sí, la forma en que fue leído, las páginas y la edición donde lo descubrimos, el subrayado repetido en distintas ediciones. Las páginas de Proust producen esa memoria involuntaria. En lo que hace al libro de Gómez Pin como en otro de Luis Antonio de Villena, titulado justamente "La memoria involuntaria", los autores ponen el acento en dos episodios. Gómez se detiene en algo que ocurrirá en el patio del hotel de Guermantes, que le evoca el momento aquel de la magdalena pero con un nuevo sentido. Villena pone el acento en esos instantes en que Proust, al mojar la magdalena en su té de tila (acaso habría que decir de tilo), regresa al pasado. No recuerdo qué estudioso de la obra de Proust observaba que, necesariamente, la magdalena debía estar empapada en el té, pues de otra forma no habría vuelta al pasado de ninguna manera.

Villena cita a Proust: "Pero cuando nada subsiste ya de un pasado antiguo, cuando han muerto los seres y se han derrumbado las cosas, solos, más frágiles, más vivos, más inmateriales, más persistentes y más fieles que nunca, el olor y el sabor perduran mucho más, y recuerdan y aguardan y esperan sobre las ruinas de todo y soportan sin doblegarse en su impalpable gotita el edificio enorme del recuerdo". ¿Explica eso que la lectura de párrafos de Proust y de sus comentadores nos lleven por caminos vivenciales a otros autores?

Ya he dicho que para nosotros los libros juegan el papel de la magdalena mojada en el té de tila. Acostumbrados desde muy temprano a subrayarlos, hacerles anotaciones marginales, apuntar los días de sus relecturas, el recuerdo surge como una vivencia plena de lo repetido y no mera rememoración de ello. Es así como lo puntualiza Gómez Pin y así lo sentimos.

Tratemos de provocar en nosotros mismos algo así como un intermedio, un como encerrarse en un paréntesis, y desde ese refugio, un palco cerrado mientras miramos al "otro mundo" en el escenario, sea cual fuese el otro mundo, resultado de lo que podríamos llamar la "angustia de las influencias" en el sentido que le da Harold Bloom. La evocación se encuentra encadenada a datos que, acaso, sean meramente circunstanciales pero que perduran en la memoria.

La memoria involuntaria, que se instala en nuestro pensar a partir de Proust, suele caminar por lugares insólitos, que pueden o no estar cercanos a Proust. Más aún, nos obliga a la búsqueda de libros, algunos que tenemos y otros que no, a escuchar músicas que ignoramos, que relación tienen con Proust (en realidad creo que ninguna), incluso a mirar films que nos parecen regresarnos a un, para nosotros, antiquísimo comedor de campo, iluminado por un farol de noche en el medio de la mesa para más de diez personas, volvemos al olor de una sopa a la que los argentinos le pusieron el nombre de un presidente brasilero que nos visitó, creo que para el tiempo del Centenario. Mi tía Elena la preparaba de una manera fenomenal: era una sopa de arroz, bien espesa, con gallina y otras yerbas que no recuerdo (y mi memoria me las oculta) y era realmente deliciosa.

Pero es evidente que este recuerdo casi campero, o campero a secas, nada tiene que ver con aquella magdalena cuyo sabor, siempre mojada en té de tila, produjo una de las novelas más singulares del siglo veinte y una obra, por cierto, que en muchos de sus aspectos nunca ha sido superada.

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