CONTRATAPA

La casa de la calle Guaraní

 Por Jorge Isaías

Guaraní 1463, Haedo, Buenos Aires, era la dirección donde vivía el tío Pancho, en los años cincuenta. Cerca estaba la Avenida Gaona y los terrenos estaban tachonados de baldíos y casas en construcción.

Ibamos hasta allá con el ómnibus 182, que nos dejaba en la Avenida, a media cuadra, camino y vereda de tierra, enfrente unos altos yuyales de dos metros le daban una vista hirsuta y salvaje al barrio.

El tío Pancho vivía en una casa con frente sin revocar, con un tapialito bajo que yo saltaba, evitando la puertita pese a mis escasos años.

Debo rectificar: En realidad si uno entraba por el costado por lo que ahora avizoro un pasillo, hacia los fondos había suficientes habitaciones como para que también vivieran la prima Isabel y su marido, el albañil Pascual, con sus grandes bigotazos y su "Fontanares" negros sin filtro eternamente en sus labios. La prima Isabel era sobrina de mi abuela, hija de una hermana que vivía en la provincia de La Pampa. Primero, según oí relatar a mi padre, vivían en un pueblito de mala muerte que se llamaba Falucho y que se agachaba detrás de unos médanos, luego se mudaron a General Pico.

En mi casa paterna andan unas fotos de mi viejo, cuando tenía 20 años y fue de visita a uno de los dos lugares. Estaba siempre rodeado por sus primas y por un primo chistoso a quien llamaban "Pepito". Aparece en todas las fotos con una gran gorra de cartero. Al día de hoy he olvidado si era su trabajo o tomó la gorra prestada para la foto, pero al no estar mi padre en el mundo de los vivos, me quedo sin información, como cada vez me sucede más seguido, ya no me preocupo.

Esas habitaciones de la casa de la calle Guaraní, que mi tío alquiló durante muchos años, era una cabecera de playa o avanzada para todos los familiares cercanos o lejanos o amigos o conocidos que pretendían hacer pie en Buenos Aires a buscar mejor fortuna laboral, ya que en esos años dorados del primer peronismo había una extraordinaria movilidad social, como todo el mundo sabe, y se trasladaban muchos "cabecitas negras" del campo y los pueblos hacia aquel provenir venturoso. A ese sector social aludido con cierta ironía no exento de crueldad por las clases altas, pertenecía mi familia.

Como tío Pancho es uno de los dos hermanos de mi padre que vive (el otro es Aurelio, el menor) cuando nos vemos hago que me cuente de aquellos años felices y él accede, con esa bonohomía pronta y cariñosa que tiene para todo el mundo.

Y entonces relata cómo eran esos años de gloria, para la clase obrera y el tango, que ésta había elegido como "su música" y al parecer mi tío era un eximio bailarín, según los familiares cuentan.

Cuando aprendí a escribir comencé a enviarle cartas. Al principio mi viejo me escribía el sobre, yo introducía en él mi cartita de letras desparejas, pedía una moneda a mi madre y yo mismo me corría las cinco cuadras hasta la oficina de correos, le compraba una estampilla de diez centavos al mellizo Milani quien indefectiblemente decía: -Otra vez le estás escribiendo a tu tío. Más que preguntar lo decía en un tono neutro que se podía tomar por una enunciación afirmativa. Yo no creía necesario abrir la boca para contestar, ya que era más que evidente.

Sólo en las épocas en que mi abuela Laura, es decir la madre de Pancho y mi viejo iba a pasar largas temporadas con ese hijo soltero y bastante calavera según la población femenina de la familia, iban estas pequeñas cartitas dirigidas a ella también.

Todas las cartas empezaban por una fórmula que me había enseñado mi viejo. "Querida abuelita: Te dirijo la presente esperando te encuentres bien junto a los que te rodean...".

Y los que la rodeaban eran Pancho e Isabel y Pascual con sus críos.

Y luego venía nuestra salud: "nos encontramos bien de salud, gracias a Dios, deseándoles lo mismo a ustedes..."

Y para proseguir contaba cómo nos iba, poniendo énfasis en mis progresos escolares. Y, tal vez las duras alternativas por las cuales atravesaba el club que en el pueblo había ganado para siempre mi corazón.

Es probable que también alguna vez contara las alegrías que había bebido, como una miel, el triunfo de "ese" clásico de fin de semana.

A esa casa llegó "el Gringo", primer esposo de tía Pina, a buscarla.

La historia, escueta, fue así: "El Gringo" era un constructor que se había radicado en Haedo y al decir de mis tíos "pelechaba cada vez más". Es decir, progresaba, juntaba propiedades y dinero a fuerza de sacrificios y austeridad no exentos de penurias personales, como correspondía a un inmigrante de posguerra, tal sería él.

Llegado un momento necesitó casarse y no teniendo tiempo de buscar novia, escribió a un amigo para pedir la mano de una de sus hijas de l5 años. Se casaron por poder, sin conocerse.

La diferencia de edad, pasar penurias sin necesidad y el horizonte estrecho a que estaba sujeto esta adolescente hicieron eclosión al día en que -vecina de Guaraní 1463- vio desde la ventana a un marino robusto con su traje blanco y su rostro tostado pasar una pierna y luego otra sobre el tapialito de la entrada, ya que no se dignó abrir la pequeña puertita de hierro. -Ese muchacho era para mí -nos contaría mucho después. Cuando nosotros le requeríamos más detalles nos decía, indefectiblemente: -Me enamoré perdidamente. Es la verdad.

El resto de la historia es simple y previsible. La que luego sería "mi tía Pina" tenía una amiga en la cuadra y da la casualidad que era la novia del marinero, quien no era otro, que el fabuloso tío "Kelo".

El día que la raptó, Pancho la escondió en un cine mientras, el novio ansioso sacaba pasajes en el buquebús a Uruguay.

Cuando el gringo, no se si sospechando, golpeó la casa de Pancho, atendió mi viejo, que coincidía en un viaje al regreso de González Chávez, donde iba a hacer año a año la cosecha fina. Con cara de pocos amigos, mi viejo le cerró el paso y le negó toda información.

-Su mujer acá no está, le dijo. -Si no la sabe cuidar usted, qué quiere ¿Qué se la cuide yo? Y le cerró la puerta en la cara.

En ese momento, mi tío "Kelo" cruzaba el río de la Plata con la "gringuita", a quien había seducido e iban a Montevideo a casarse ya que aquí no había divorcio.

Me trajeron dos primos al mundo, Raúl y Omar. A quienes hace un siglo que no veo, y según me dicen, andan recorriendo la Patagonia áspera, tratando de imitar al padre, que rodeó el mundo con una paciencia de animal. La misma que tengo yo para recordarlo.

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