CONTRATAPA

Santa Fe 1146

 Por Bea Suárez

A Sandra Elena Bilicich, Por Cuya Intermediación (entre Muchas Otras, Por Supuesto) El Cairo Vuelve A Vivir.

Trabajé durante dieciséis años en calle Santa Fe 1100 de esta ciudad de Rosario, lugar en que se encuentra el cine El Cairo.

De chica (en las venidas a la urbe, desde el pueblo) íbamos justamente a esa cuadra pues en los años setenta funcionaba frente al (también histórico) negocio de "El Griego", una oficina de Entel, desde donde pedíamos comunicarnos (a manija) con mis abuelos; ellos recibían llamados en la policía de Wheelwright (ya que un teléfono era más difícil que tener una jirafa en el patio de la casa) de parte de sus nietas, que pasaban vacaciones de invierno en Rosario, con el día o la noche de las narices frías.

Era ahí en calle Santa Fe donde luego funcionaron el Fonavi, una gran cantidad de bancos, Roberts, City, Hipotecario, sedes de obras sociales, el Edificio Ledesma (con consultorios de psicoanalistas e institutos de cualquier cosa), Dameo Pattacca y sus sándwiches de ananá, jamón, choclo y garganta rara, la casa de loterías de Fusiano, una cerrajería sucia como no habrá otra, y la antigua Farmacia Del Puerto que se había mudado ahí luego del esplendor que otrora tuviera en la esquina de San Lorenzo y San Martín.

El Cairo era parecido (en tamaño) al cine Verdi de mi infancia. Poco chico, poco grande, mas bien angosto, de baños al fondo (lucecita roja que conjuró al cuco en Adiós cigüeña adiós), con una penumbra previa a la película principal, incluso Brillado y Vigliani se parecían bastante, boleteros, dueños imaginarios que jamás olvidaré.

En los años 80 el bar y el cine eran un dúo de sábado y domingo, pero poco a poco iban convirtiéndose en naciones de niebla conforme las crisis y debacles argentinas avanzaban, con gobiernos que derribaban salas en ráfaga. Las películas comenzaban a dormir en los videos. Como crotos que hubiesen perdido el hábitat.

De todos modos El Cairo duró mucho, toda una época en que la cola apuntaba hacia Sarmiento, o en vacaciones de invierno los chicos la hacían para el lado de Mitre, por momentos creíamos que el cine cobraba el esplendor de los años mozos.

Nosotras, que teníamos una vida corpulenta, jamás entendimos de decrepitudes o embargos, creo que ni vimos la lenta caída, la hora final, la laguna donde empezó a flotar de a poco.

El tipo de rulos mota que recibía las entradas, el bombonero (que vendía un heladito exquisito gusto a crema americana recubierto por un chocolate con dureza justa), olor a praliné, gente yendo a ver films polacos, franceses, alguna argentina, ese conjunto de cosas era El Cairo, un cine con velamen propio que desafiaba nuestra juventud, y la acompañaba.

Un día se cerró como una puerta, pulverizado en la zona de cacería comercial. Siguieron pasando bancarios con sus chequeras. Todos de pronto comenzamos a llorar en río, al darnos cuenta que terminaba en el tacho el último cine público.

Crecieron salas en los Shoppings, crecieron los Shoppings, vinieron hermanos de Dios a la sala del Gran Rex y el América, el Radar se llenó de ropa. El Cairo quedó con el silencio claro del avance mercantil de los años 90. Poca cultura, mucha demolición, mucho Hernán Cabrera, casas tiradas abajo, fachadas, y ese paraje histórico de rosarinos cómplices de sus palmeras, quedó demorado en la vida dura de calle Santa Fe.

Por eso la reinauguración es grande para mí, es mucho, significa demasiado, se reabre el cine para todos, para cualquiera, el que había muerto prematuro con el impalpable dolor de perder a lo grande.

Se abre un árbol bronquial de la ciudad, párpados otra vez, rosarinos con justeza y hondura de corazón irán a sacar entradas para que el lecho de la noche sea menos triste.

Volvió El Cairo y con él, audacia, fantasía, agua servida de otras partes, para nutrirnos otra vez cual vitamina misteriosa.

Volvió toda mi vida a las butacas, mientras el ruido del caramelito con su celofán nos da menos chances de vernos cabizbajos en el centro.

En la ciudad de anteayer, que es a su vez, la misma.

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