CONTRATAPA

El corazón está oprimido por tantas cosas

 Por Gary Vila Ortiz

A mi edad, al menos, el corazón se siente oprimido en algunas ocasiones por esas cosas que otros llamarían pequeñas. No lo son, por cierto, pues para el corazón, posiblemente ya viejo, ya cansado, no existen las cosas pequeñas. Se queja de la manera que se puede quejar un corazón. Desde el momento en que se decidió que la muerte del corazón no era en realidad la muerte, pues la verdadera era la muerte cerebral, el corazón ha pasado a sentir de otra manera. Se oprime por cosas diferentes. Lo que el corazón significó alguna vez para nosotros ya dejó de significar, no para mí, es cierto, pero ¿qué puede importar lo que yo siento, un profano en esta materia como en otras? Todavía creo que un tipo que recibe un balazo en el corazón se encuentra más muerto que aquel que después de tres días el cerebro no le funciona más, pero el corazón sigue latiendo a todo trapo. Fui testigo de la muerte de mis dos abuelos, uno cerca de los cien años el otro pasado los ochenta. En esas últimas instancias los atendió el doctor David Staffieri ese médico, como lo dice Alberto Muniagurria ,"de difícil reproducción, por el marco de la realidad en que vivimos", "lo que hace imposible encontrar la figura integral, humana y académica de Staffieri". En las dos ocasiones, cuando mis abuelos ya estaban dormidos, dijo las mismas palabras: "Ahora sólo hay que esperar que el corazón deje de latir". Tal vez Héctor Alonso se acuerde de esa actitud, pues cuando muró mi abuelo paterno él estaba junto a Staffieri.

Por eso hasta hoy pienso que la muerte se encuentra esperando que el corazón se detenga y no creo que reflexione (la muerte), sobre la conveniencia o los inconvenientes que si se espera la muerte del corazón, esa espera ocasiona a los trasplantes. Y menos traer a la colación aquellos debates que hubo hace añares sobre este tema.

No, sólo decía que el corazón ha aceptado esta situación y entonces, como decía el poeta "el corazón está oprimido por la angustia de la eternidad y la muerte". Sigue siendo así, la angustia de eternidad y muerte permanece, pero ahora el corazón (que late, bien o mal, pero sigue latiendo) debe esperar que haya muerte cerebral para que entonces lo hagan morir. ¿Exagero al decir que se lo hace morir? Creo que no. Tuve un par amigos a quienes se los mantuvo en vida artificial, durante días, pues uno de ellos había ofrecido sus órganos para algún trasplante y se esperaba la muerte cerebral (del corazón no se hablaba). Nadie me ha contestado a la pregunta más acuciante, al menos para mí, si ese ser, en ese estado pero con el corazón vivo, siente algo. Si se cree en el alma, ¿en qué estado se encuentra ella mientras esos días suceden? La pregunta también puede hacerse a quienes no creen en la existencia del alma, pues el cuerpo sigue allí y el corazón sigue enviando sangre. La vida es tan irrefutable como la muerte, de la vida sabemos con cierta certeza de qué se trata, pero de la muerte no. No al menos en estos casos en que, lo que durante tanto tiempo fue el centro esencial de todo ser vivo, lo han convertido en una elemento secundario en el proceso vital. Se agregan conceptos como de una muerte digna, de que la vida artificial es nada más que eso, un artificio, pero seguridad no hay ninguna.

Cuando Tiresías le ofrece a Ulises algunas cosas para su vida no deja de darle la felicidad de tener una muerte sin agonía. Es decir, es probable que un flechazo en el corazón no permita la agonía, un infarto masivo tampoco. Parece que con el corazón no hay medias tintas: se está vivo o se está muerto.

En casi todas las otras enfermedades hay dolor, sufrimiento. En especial en las enfermedades terminales, que resultan tan insoportables para el que la padece como para aquellos que realmente lo aman. Es en ese momento en que comienza, en general, lo que bien podemos llamar un calvario. Entonces la palabra que la que se utiliza con mayor frecuencia es la del sufrimiento . Que dicho sea de paso el único que sabe bien de qué se trata es quien se encuentra sufriendo. No deja de llamarme la atención que cuando se habla de apresurar los trámites (aunque difícilmente se pueda pensar que la muerte es un trámite) se lo hace en nombre de que quien está en su agonía no sufra más. Creo que a ciencia cierta no se sabe bien si el que ya ha perdido la conciencia sufre, pues eso es algo que sólo experimentan aquellos que se encuentran vivos. El sufrimiento es uno de los atributos del ser vivo. No hay duda entonces que se sabe bien que si se pone fin a algo es a la vida. Y cuando se agrega que sólo se ha puesto fin a una planta, se olvida que el reino vegetal pertenece al reino de lo vivo. Parece que con estas líneas queremos hablar de la eutanasia. No lo haremos, no nos parece necesario, pero si dejar en claro que no estamos de acuerdo con la eutanasia de la misma manera que no estamos de acuerdo con el aborto. ¿Con algunas excepciones? Puede ser pero ¿cómo afirmarlo? Pero cuando leí esa línea de un poema de Francis Ponge, tan injustamente olvidado pensé en escribir sobre esas aflicciones que siente el corazón, o al menos que creemos que son sentidas por el corazón, algunas líneas sobre ese poeta, de quien acaba de salir una bella edición con el título de "La rabia de la expresión" (Icaria, Poesía, traducción y prólogo de Miguel Casado). No se trata de un libro de poemas convencional, sino de una serie de "cuadernos" en los cuales se indaga sobre un género desde distintos puntos de observación. Tal vez por eso partí de una de sus líneas y me fui por las ramas.

Ponge (1899 1988) comienza con la observación de dos pájaros y el pequeño texto que le sigue es un poema bellísimo. Llega un momento, en otro de sus textos, que busca el "Littré", donde el poeta puede encontrar otro sentido que el estricto que hay en las palabras. "Lo bueno puede ser tan bello como lo bello (naranja, limones). Lo útil es, con mayor frecuencia, estéticamente modesto". "La flor es el paroxismo del goce del individuo". Cuando Ponge va al "Littré" encuentra: "La intensidad más fuerte de un arrebato, de un dolor".

Como la memoria, lo hemos dicho tantas veces, tiene sus reglas a las cuales nosotros no tenemos acceso. Tal vez una aproximación, una caricia apenas, una mirada veloz. Cada vez que leo o pienso en Ponge, recuerdo a Giacometti. ¿Por qué? Porque tanto en la obra literaria de uno como en las esculturas del otro, hay algo que hace visible un poema que tal vez solamente ellos dos puedan hacer posible. En la vieja revista peruana, editada creo que por un centro de arquitectos y que ahora ha pasado a ser parte de lo que no me pertenece, a eso que juega a las escondidas conmigo para entristecerme y luego aparecer repentinamente cuando ya no lo busco.

El corazón se oprime por tantas cosas que volveremos a llamar pequeñas, esas "pequeñas cosas que me hablan de ti". Es que si el dolor, la tristeza, el sufrimiento, de ninguna manera son sinónimos, al corazón no le interesan esas precisiones y no tiene ningún "Littré" para consultar. Por ejemplo ese avance de la tristeza que comienza por las piernas y luego sube hasta la cabeza con sus arterias envejecidas, pero pasando antes por el corazón, esa tristeza decía cuando observo con detención esa escultura de una extraña fragilidad y un inmenso misterio que es "El palacio a las cuatro de la mañana", hecho con maderas, alambre, vidrio y cuerdas, hacia 1932.

Me pasa con esa escultura, lo mismo que me ocurre cuando leo "El placer de los pinares" de Ponge, en el cual cada palabra es una forma de decirnos aquello que solamente la poesía puede decir. Podríamos estar detenidos en la observación de esa escultura y en la lectura de esos textos, tratando de profundizar en lo que puede significar el poder de la creación, y no movernos hacia ningún lado, pues de hacerlo sólo intentaríamos recorrer ese palacio a las cuatro de la mañana o detenernos mirando los rayos del sol a través del pinar. Sol del cual no queda sino penumbra, cintas oblicuas tendidas y moscas sin sueño.

Si, el palacio a las cuatro de la mañana habitado por penumbras, oblicuas cintas tendidas, moscas sin sueño, que es todo lo que queda del sol a esa hora en el palacio que vamos observando lentamente, como el movimiento de una pesadilla, o los estantes liberados de un sueño, el silencio que permite una meditación, que nos abarque pero deje libres al palacio y al pinar.

El corazón se oprime, porque cada una de estas cosas se van envolviendo con otras memorias, en ocasiones lo más dispares que se quiera, entonces todo es como un resumen de muchos años, los que tengo, con tantas cosas que en realidad no puedo ni quiero enumerar. ¿Para qué? Tal vez , en ese tiempo en que todo se decreta muerto, menos el corazón que sigue andando, ese corazón trace sus propias memorias, las formas que han tenido en él todas estas cosas. Cada una de ella, cada espacio entre una y otra. ¿No es así? Puede ser, pero nadie puede asegurarlo.

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