LECTURAS

La verdad sobre Carlitos

 Por Javier E. Núñez

Imagino que querrá saber lo que pasó esa tarde en el café; es natural porque después se armó un revuelo que ni le cuento y vinieron de la tele y de la radio, y la gente que no hacía más que hablar y hablar de eso. Para colmo, con un tipo como el Chino de por medio, al que todo el barrio ya miraba de reojo porque se decía que era así, cornudo y cabrón. Aunque nos decíamos pero quién, porque hay que tenerlas bien puestas o ser muy inconsciente para gorrearlo al Chino. Usted ya sabe lo que decían, o lo habrá leído en los diarios: que movía la falopa, andaba en el desguace de autos, metido en la barra brava de Ñubel y qué sé yo qué más. Lo del fierro era verdad. Que andaba siempre calzado, quiero decir. Una tarde lo vi jugando un picado en el parque Italia con el chumbo en la cintura. Una cosa increíble.

Ojo, no se deje engañar por esto: usted me escucha describirlo así y se imaginará a uno de esos muñecos que se ven por la tele, colgados de un paravalanchas, con dos o tres dientes nomás y la nariz achatada a piñas. Pero no. Claro, qué digo si ya vio las fotos. Así como en las fotos, era. Un tipo con buenas pilchas, que se movía en un descapotable manejaba algunos jugadores de las inferiores de Ñuls y de ahí le venía la guita y fumaba unos cigarrillos finitos y largos con gusto a menta que compraba en El Clásico de Córdoba y Paraguay. Esto dicen que lo sacó de una película, igual que lo de los anillos de oro con letras que formaban su nombre. Un asco, mire. Y lo otro, lo de los mentolados, de maricón. Claro que esto lo digo ahora, porque si el Chino me llegaba a escuchar me cortaba las bolas. En fin. Lo que usted quiere saber es lo que pasó esa tarde. Claro, como no. Usted y todo el mundo.

Carlitos no era mal tipo: era medio boludo nomás. Mire que ir a meterse con la mina del Chino, habiendo tantas en el barrio. Tenía un trabajo decente y un Peugeot 504 del '83 que cuidaba como a una Ferrari; un terciario incompleto en algo que no me acuerdo pero que seguro era una boludez, cuatro camisas gastadas y casi nada más. Los muchachos lo cargaban porque se la tiraba de intelectual: venía al bar, pedía un cortado o un agua mineral y leía a Bucay. Por ahí en alguna charla le quedaba picando y metía alguna frase que había leído y se inflaba así, con aires de superioridad. Pero a las minas les encantaba, mire lo que le digo; a lo mejor por eso le importaba un huevo que se le cagaran todos de risa. Porque con esas boludeces se levantó a más de una.

Llegó a eso de las tres. Era jueves y hacía frío; no había casi nadie porque el lugar se empieza a llenar después de las cinco o seis, cuando los muchachos salen de laburar o se levantan de la siesta. En cuanto lo vi me entró como una desesperación, la convicción de que todo se iba a pudrir de un momento a otro. Llevaba cuatro o cinco días sin aparecer porque la Moni, en un rapto de locura o de rabia, había batido todo: que hacía meses que se encamaba con Carlitos, que lo quería porque no la trataba como a un animal, que era más educado y atento y que el tema de los orgasmos era nomás con él con el Chino , porque con Carliltos tenía y tenía de a tres. Se lo juro: pregúnteselo a la Fátima que vive al lado y escuchó todo. Así que imaginesé. Para cuando la Mónica llegó a la parte en que lo dejaba, el Chino ya andaba por la calle, chumbo en mano. Habrá sido el destino o el azar lo que hizo que Carlitos esa noche no estuviera en su casa. La cosa es que se salvó porque los vecinos le avisaron que ni se le ocurriera volver, y aunque el Chino se pasó toda la noche en la puerta, Carlitos ni apareció.

Así que, esa tarde cuando lo vi entrar, pensé que estaba loco. Se lo dije:

Estás loco.

Está todo bien, gallego contestó.

Se lo veía tranquilo, como esos que saben o simulan saber algo que los demás no. Pero qué sé yo, ya le dije que él era así, con aires de superado. En ese momento pensé en el Chino: si lo encontraba ahí sentado y este boludo le salía con Bucay, le iba a sacar los dientes por el culo. Me pidió un cortado y se puso a mandar mensajitos con el celular. Me acerqué a la máquina y él, sin levantar la vista, me gritó:

No lo quemés, gallego.

Lo mandé a la puta que lo parió. Imaginesé, querer enseñarme a mí a hacer un café. El tipo se rió. Hasta parecía contento, como si tuviera la seguridad de que a partir de ese día algo iba a cambiar.

Creo que fue entonces cuando entró el petiso. No parecía del barrio. Mejor dicho: supuse que no era del barrio porque yo los tengo junados a casi todos, aunque había algo en él que se me hacía conocido, pero como si lo hubiera visto de lejos o en fotos. Era morrudito y tenía una de esas cabezas que parecen nacer de los hombros. No le puedo decir mucho más porque no me acuerdo: todo eso de los ojos así y la nariz asá me parece invento de los escritores o los policías. ¿En serio hay gente que se fija en esas cosas? Mire si yo le voy a prestar atención a las orejas de la gente o al grosor de los labios. Además, cuando yo leo por ahí que alguien tiene un perfil romano, qué quiere que le diga, yo me acuerdo de Gerardo, el actor.

El tipo se sentó y me pidió una cerveza. El petiso. De golpe lo empezó a mirar a Carlitos. Primero de reojo, como con cierta curiosidad, después de una forma descarada que era para darle una piña, mire. Por ahí desviaba la vista y arrugaba la cara así, como haciendo fuerza, y lo miraba otra vez. Y Carlitos nada, en Babia, meta boludear con los mensajitos. Parecía que algo no le estaba saliendo bien porque ahora le había cambiado la cara; apretaba las teclas con ansiedad y se quedaba esperando la respuesta sin quitarle los ojos al celular.

Disculpáme dijo el petiso, y nos sorprendimos los dos, Carlitos y yo: él compenetrado en su espera; yo mirándolo esperar : ¿vos no sos el Zurdo?

¿Qué? respondió Carlitos, como si el otro hubiera hablado en mandarín.

Digo que si vos sos el Zurdo.

Carlitos lo miró raro, no sabría decir cómo. Entre extrañado y molesto. El petiso seguía ahí, imperturbable, esperando una respuesta.

Sí dijo al fin.

Ya sabía yo dijo el petiso . Vos sabés que te vi ahí sentado y enseguida pensé: "yo a este lo tengo de algún lado". Me costó sacarte porque pasaron una bocha de años, pero después de un rato me acordé. Mi hermana decía que yo tenía algo, que por eso me acordaba de las caras...

¿Memoria fotográfica? tanteó Carlitos, por decir algo. Todavía no entendía qué hacía ese petiso ahí.

No, otra cosa era. No importa. Decía que por eso yo me acordaba de todo aunque hubiera pasado mucho tiempo; había algo en mi cabeza como un fichero donde yo guardaba las caripelas que había visto, con un resumen cortito que me servía para acordarme de quién era el petiso hablaba rápido y movía las manos todo el tiempo: cuando dijo lo del fichero agitó el índice frente a su cara como si pasara papeles en busca de algo . Así que pasé un rato ahí, revolviendo en mi memoria para ver de dónde te junaba...

Fisonomista dije yo de pronto, porque había estado buscando la palabra todo ese rato. Carlitos me miró sin entender pero el petiso golpeó la mesa con la palma.

Fisonomista, eso decía mi hermana me señaló con un dedo cortito y ancho . Carajo, qué memoria de mierda tengo para las palabras. En cambio las caras sí me quedan.

Y qué dice mi ficha preguntó Carlitos como para ser educado, pero no lo miraba al petiso sino que miraba su celular.

Al otro se le dibujó una sonrisa que le llenó los ojos de arrugas. Sin pedir permiso anote lo que le digo: eso de "permiso dijo un petiso" es puro verso nomás se sentó frente a Carlitos y le sacudió frente a los ojos el mismo dedito con el que antes me había señalado:

El Zurdo. Volante de El Torito.

Carlitos asintió, reconociendo la memoria del otro. Yo miré la hora. Pensé que ojalá la hicieran corta y se fueran a la mierda antes de que viniera el Chino a convertirme el boliche en un queso gruyer. Porque eso iba a pasar, indefectiblemente, si Carlitos no se las tomaba a tiempo.

No, qué sé yo dijo el petiso, como si le restara importancia a su pequeño logro . A lo mejor si fueras otro ni me hubiera acordado. Pero en cambio vos, justo vos y ese partido. Decime... ¿vos no te acordás de mí?

¿Cómo? dijo Carlitos, incómodo. Se había puesto a escribir otro mensaje en su celular. Parecía indeciso entre prestarle atención al petiso o terminar de escribir el mensaje . No, qué sé yo. Fue hace un tocazo.

Claro. Fue hace un montón... el petiso no parecía muy convencido. Carlitos aprovechó el momento de duda para terminar su mensaje . Pero de ese partido te tenés que acordar. Yo jugaba para Coronel Aguirre.

Vamos Aguirre, que tenemos que ganar... entoné, sin poder evitarlo. El petiso me mostró el pulgar. En su sonrisa volví a entrever esa familiaridad que había detectado en él cuando entró, más notoria ahora o quizás fuera su mención del equipo lo que me hizo acordar: lo vi más joven, con la camiseta puesta y el grito de gol en la boca. El petiso Fioretti. Un exquisito, de esos que ya no hay. La gente iba a los partidos de la rosarina nomás para verlo a él. Cuando metían dos o tres goles y el técnico lo sacaba, se iba la mitad del público. Así como se lo cuento. La pegada del Tata Martino, tenía. Y si no llegó fue por lo de las operaciones, y esa rodilla de mierda. Ya sabe como son esas cosas. Pero en Aguirre, viejo, la rompía. Yo no podía creer que se tratara de él, ahí sentado, hablando con Carlitos.

La camiseta era verde y roja le dijo.

Así agregué, y con las manos dibujé los bastones.

Carlitos ya miraba la puerta. Tendría que haberme dado cuenta entonces, después del nerviosismo de esos últimos mensajes y ese vistazo fugaz como si temiera que, de repente, alguien apareciera en la puerta. Pero la mención del equipo de mi infancia y el reconocimiento del petiso Fioretti me habían obnubilado por completo. En ese momento me olvidé de la Mónica, del Chino y de todo lo demás.

Fue la final por el ascenso a primera siguió Fioretti . La jugamos un domingo a la mañana; hacía un calor de locos.

Sí concedió Carlitos , me acuerdo.

Claro, viejo; cómo no te vas a acordar si al final se armó un batuque infernal.

Hubo piñas.

Y cómo no va a haber. Decime, cómo no va a haber. Ganaban ustedes tres a dos ¿te acordás? Fioretti gesticulaba sin sentido . Los dos goles nuestros los metí yo: uno de rebote y otro de tiro libre.

Se paró e hizo el movimiento con la derecha, el pie bien abierto. Sus ojos siguieron la comba de una pelota imaginaria. Se mordió el labio inferior y se sentó.

Un golazo, el segundo dijo . El empate parcial. Después nos embocaron en un córner, de atropellada. No importa. El tema es que perdíamos tres a dos y nos fuimos con todo al ataque; a la carga Barracas. El dos nuestro, un negro enorme al que le decían Titán, se fue a jugar de nueve. Se nos iba el partido y no lo podíamos empatar.

Sonó un mensaje en el celular de Carlitos: casi lo tira al suelo en el apuro por leerlo. Noté que perdía el color, como si la sangre le hubiese bajado de golpe a los pies. Pero Fioretti ni se dio cuenta. Su mano izquierda trazaba un pelotazo invisible sobre la mesa.

Le llega la bocha al tres, el flaco Manrique. Era de madera balsa, el flaco. Pero justo esa la hace bien: la baja con el muslo y mete el centro de sobrepique, antes del cierre del defensor Carlitos medio que amagó con pararse, o algo debe haber hecho porque Fioretti le puso una mano en el antebrazo mientras seguía . Escuchá, escuchá. Se terminaba el partido. El arquero de ustedes sale, tratando de meterle un puñetazo. La deja corta, el boludo: me cae acá, en el pecho. Unos metros afuera del área.

Sí, bueno... dijo Carlitos. La palidez era tan evidente que hasta Fioretti se dio cuenta. Pero no se calló.

La acomodé en el aire dijo . Con el pecho. Y le pegué de volea, por arriba del arquero. Era gol. Golazo, era. Y en la línea la sacás vos, con el brazo.

Carlitos ya estaba de pie, la mano en el bolsillo en busca de unas monedas para pagar el café. No sé qué decía ese mensaje, pero de golpe le había entrado el apuro. Negó con la cabeza, sin sonreír.

Me pega en el pecho contestó, y se tocó la zona que está sobre el pectoral derecho, casi en el hombro . Me pega acá y se va al córner.

Y el hijo de puta del referí no lo cobra dijo Fioretti, como si Carlitos no hubiese hablado en absoluto . Espósito, se llamaba el turro. No me olvido más. Señala el córner y la gente que se lo quería comer crudo.

Me pega en el pecho repitió Carlitos . Te digo que no fue penal.

Fioretti se quedó mudo un instante, como si recién entonces escuchara lo que Carlitos estaba diciendo. No sé si esperaba que lo reconociese, que después de todos esos años le diera la razón o qué. El tema es que abrió los ojos así grandes, como cuando uno abre un ropero y en vez de las pilchas se encuentra un tipo en bolas que, para colmo, se limpia la nariz con nuestra corbata preferida.

Dejáte de joder le dijo, mientras se acercaba al mostrador. Carlitos me tiró las monedas y se despidió con un murmullo . Qué no va a ser penal.

Tomatelás, petiso le dijo Carlitos, hinchado las pelotas . Te digo que no fue.

Penalazo, fue gritó Fioretti, abriendo los brazos como si buscara dimensionar el error del árbitro . Por eso el quilombo después; por eso las trompadas y los palazos, la gente que saltaba el alambrado y la cana que nos daba sin asco porque era la única forma de que no rompiéramos todo. Y todo por ese penal. Todo ese despelote, y lo que vino después.

Carlitos lo miraba desde la puerta, la mano en el pomo. Pareció a punto de decir algo, pero sacudió la cabeza como si hubiese llegado a la conclusión de que no valía la pena. Abrió la puerta para salir y entonces dio un paso atrás, como empujado por el viento.

Ahí fue cuando entró el Chino.

La historia podría terminar acá, Núñez. Usted ya lo leyó en el diario, lo vio en los noticieros. Todo el mundo sabía lo de Carlitos y la Moni, así que todo cierra a la perfección: el hombre violento, de escabrosos antecedentes, la locura temporal que dan los celos... ¿Qué más se puede decir? La versión del Chino. Claro, esa versión. Por supuesto que la policía no le creyó: yo atestigüé en su contra. Fui, ¿cómo se dice? Testigo ocular, eso.

Pero a usted no le alcanza, usted quiere la verdad. Usted quiere que le diga que el Chino se plantó frente a Carlitos y le dijo andáte; andáte que la Moni recapacitó y se queda conmigo, y si no te mato es nomás porque de esa forma seguro que la perdería para siempre porque no me lo va a perdonar, pero si te veo por el barrio otra vez te hago cagar de verdad. Y que el Chino se fue mientras Carlitos se miraba la punta de los zapatos, sin atreverse a levantar la vista ni a decir ni mu. Y mientras tanto Fioretti, como un loco, seguía murmurando, ahora entre lágrimas, que en la pelea que se armó por ese puto penal le rompieron la pierna en tres; y que las operaciones, y que el tipo de Boca que lo venía siguiendo, y que la carrera al tacho cuando todo el mundo le decía que tenía destino de primera.

Usted quiere que le diga que, en realidad, fue Fioretti el que sacó un revólver y lo quemó de atrás.

Pero, ¿sabe qué pasa, Núñez? Yo era fanático de Coronel Aguirre. Y ese día, en la cancha, lloré como una criatura. Porque Fioretti tenía razón. ¿Quiere saber la verdad sobre Carlitos? Era un mentiroso: esa es la verdad. Qué no va a ser penal.

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