CONTRATAPA

La resurrección del Señor

 Por Luis Novaresio

Creo en Dios padre todopoderoso. ¿Todopoderoso qué es? Shhhhh. Que te calles. No entiendo. Que te calles. Creador del cielo y de la Tierra. ¿El cielo se crea? Los que no pueden prestar atención a la palabra del Señor recibirán el castigo de los hombres. Eso es para vos. Y bueno. Creo en el Espíritu Santo. Menos que menos. La Santa Iglesia Católica, por suerte algo que conozco. Y al tercer día resucitó de entre los muertos. Hasta acá llego. El tinglado chirriaba. Los gatos de la Iglesia caminaban sobre las chapas poco calientes, apenas era marzo, y el tinglado los delataba. Los bancos para sentarse eran duros, el mate cocido amargo, la catequista de blusa cerrada con cuello asegurado por una cadena ancha y una cruz con el hombre crucificado. Vos le mirabas el pecho, a ella, y descubrías que se veían hasta los clavos en los brazos y en los pies. De él. Ella solía acariciar esos clavos y le decía a él que le diera fuerzas. Entonces te miró. Hasta acá llego le dijiste. Un pibe de unos pocos años de edad no dice hasta acá no llego. Un pibe de unos pocos años de edad no le discute a la que enseña la palabra de El.

Hasta los gatos se quedaron quietos para escuchar lo que pasaba. Usted, llega ¿hasta dónde, niño? Te dijo de usted y de niño. ¿Usted niega la resurrección del Señor? Silencio. Mucho silencio. Los pibes endomingados que iban a estudiar el sentido de vida familiar, Dios quiere que tomes la comunión, tus padres que seas un cristiano noble, se solidarizaron enseguida con esa matrona rubia y blanca que sabía que el demonio tiene presencias inesperadas. Ella se paró. Apoyó su mano derecha en el hombro de su alumno preferido. Necesitaba de esa buena energía para que exorcizara el mal allí presente. El resto, ahora, tenía que decidirse. De aquel lado, con el anatema o del suyo, asistida por su cruz, su breviario y misal, su derecho al cielo eterno. ¿Hasta dónde, niño? Enséñenos qué cosa no quiere rezar. Padre nuestro que estás en los cielos, ¿Le sienta bien? ¿Pésame?, si es que le pesa algo. La humillación del que no sabe porque es nuevo, joven, no puede saberlo es dolorosa. La estigmatización pública ante un coro de obsecuentes o temerosos ejemplifica. Ya sé, debe haber pensado esa mujer, que no tengo derecho a tirar la piedra primera. Pero siempre, Señor, han de haber excepciones. Te pido, debe haber solicitado, que ésta sea una. Podré, habrá ofrecido, expiar mi culpa como me lo pidas, habrá confesión y perdón como lo exijas, castigo de rodillas como deba ser. Pero ahora, necesito que esta oveja descarriada sienta el mismo temor que ese cordero que va al sacrificio, templo moderno de ofrendas, clase en hora de la siesta de sus catecismos.

Y vos, mudo. Mudo. Ahora podrías, yo me doy cuenta. Ahora que el derecho a hablar de corrido con la fuerza de la experiencia y la convicción de los lugares comunes están de tu lado le hubieras podido contestar. Que no se trata de negar nada ni agredir la santísima tradición. Que se trata de respeto a la razón de ser, a la pregunta, a la respuesta, al avance de los que estudian. Que no puedo, podrías haber dicho, que no puedo creer con el puño en pecho golpeando por mi culpa, por mi culpa, que alguien resucitó al tercer día, o al cuarto o al mes o a los veinticinco años. Podrías haberle dicho, hoy, que ya habías vivido lo suficiente como para haber visto morir a los que querés y a los que despreciás y ni el afecto o la negación de un ser humano son fuerza posible para que ellos renazcan. Podrías haberle dicho que las mariposas se estrellan en el parabrisas del Chevrolet Sport 78 de tu viejo y no renacen, que al perro que amabas lo mató el parvovirus y no resucita, que a la abuela de Gustavo se la llevaron al cielo y eso no es justo, porque no hubo mujer más querida por todos pero tampoco resucita. ¡Nadie resucitó! Pudieras haberle gritado que querés creer pero que la vida, la ciencia, los que saben, muestran que un milagro no es más que la fantasía desesperada para soportar la angustia de existir condenada a la muerte. Inevitable. Sin descanso. Podrías haberle dicho que somos existencia inútil arrojada a la libertad. Que esa libertad es pensar, deducir, mostrar y no negarte al dogma que infunde un también inexplicable don de la fe. Ahora podrías haberle gritado que no hacían falta esos clavos acariciados para ser discípulo de esa palabra inmensa, única, generosa que sabía que el amor a lo ajeno, la dignidad de los otros era el alimento de una existencia bella. Sí. Podrías haberle dicho que ese señor que ella venera, el que según ella resucita porque sí, amaba lo bello, gozaba del placer del abrazo, favorecía los acercamientos de almas pero también de carnes. Léalo completo, señorita, podrías haberlo dicho. Sepa que resucitar no es sólo esconder el cuerpo y suponer el alma en el cielo. A él no le hace falta hacer desaparecer sus brazos y sus piernas. Qué poco respeto por esa divinidad que adora. Hasta aquí llego, señorita. ¿O usted cree que a Dios le hace falta renacer con cuerpo y todo, el mismo que alguien dijo estaba ausente en su sepulcro?. Su palabra fue más que sangre que corre por las venas, humores que mueven bajo el latido del corazón. No sea ramplona, señorita. Ahora hubieras podido.

Pero entonces, pibe, no pudiste. No supiste. Apenas si lloraste poco cuando le contaste a tus viejos que la señorita Elida te había echado diciendo que no eras digno del Señor. Lloraste hasta que los tuyos te dijeron que íbamos juntos a la Iglesia. Y no quisiste. Peor vamos a la otra iglesia. No entendiste. En la otra iglesia del barrio el cura gallego te dijo que no hacía falta el uniforme, ni el moño blanco en el brazo. Tu, hijo, te me vienes antes de ir a la escuela con el mismo guardapolvos blanco. Siete de la mañana. Tú e hijo. Ni usted ni niño. La Iglesia en penumbras dejaba que filtrase el primer rayo del sol del trabajo temprano. Una señora de verde que limpiaba el piso con un secador de palo inmenso, largo, varios trapos de piso cosidos para ganar espacio en esos mosaicos eternos dejó de trabajar para escuchar al hombre de sotana. Y hoy, Dios mío, este crío te recibe para que lo hagas mejor persona. Para que lo ayudes a ser feliz y a hacer feliz a los que lo rodean. Tus viejos lloraban. Un perro callejero se desperezaba cerca de la pila bautismal y se sacudía sin demasiado ruido para no interrumpir la ceremonia. Este crío te recibe para que sea hombre de bien, de buena leche, buen padre si tú lo quieres, buen esposo si lo deseas, buena gente como todos lo queremos. Que resucite en ti el amor al prójimo y el dar al otro lo que quieres para ti. El sacerdote te abrazó, te dio un beso y te dijo bienvenido. ¿A dónde, pensaste? Y él, sabiendo, dijo: bienvenido a la vida del señor Jesucristo que vino a este mismo mundo, iluminado por este mismo sol, que nos pide el sacrificio de creer en su cuerpo y sangre para ser mejores tíos. ¿Me entiendes niño? Cortó un poco de pan de una varilla de las que se comen en casa y te dijo. Será tu mejor desayuno. El más preciado. El más humilde, niño. Amen. Luego se sentó en el primer banco, te tomó de la mano, le pidió a tu madre que se sentara con ellos y dijo el padre nuestro. Lo dijo. No lo recitó. Venga a nosotros tu reino era la alegría, hágase tu voluntad era el pedido para que nosotros hagamos con felicidad y generosidad, y no nos dejes caer en la tentación, te juro que dijo, de creer que todo nace del cielo para caer como milagro, hijo. Es nuestra tarea de todos los días. Cuesta y vale la pena. Resucitar su amor en nuestro corazón a veces duele. Pero vale la felicidad. No la pena.

Entonces entendí qué era la resurrección del Señor.

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