CONTRATAPA

Conversaciones VII

 Por Mario Alberto Perone

Estimado yo: acabo de salirme de vos y te estoy mirando desde afuera. Lo de estimado está por verse, creo. En verdad, no me costó demasiado trabajo esto de escapar afuera, vos no sos muy rígido que digamos, y estos desdoblamientos (de algún modo hay que llamarlos) me van resultando cada vez más fáciles de hacer. Antes no podía, ¿te acordás?. No me dejabas, me sujetabas fuertemente, con una furia que yo no entendía. Cada intento frustrado me deprimía hasta la exasperación. Me parecía que nunca podría alejarme de vos lo suficiente como para verte. ¿Quizás tenías un poco de miedo? ¿O era yo quien lo tenía? Creo que ahora somos más fuertes. Tal vez vos hayas reemplazado aquel miedo por una cierta indiferencia acerca de lo que te sucede. Cuidado. No te entregues. A mí me pasa algo así, y hago todo lo posible por no entregarme. Es preferible el miedo a esa indiferencia. Pero, en fin: es cosa tuya. En el fondo, estamos solos, y sabemos que, llegado el momento, sólo contaremos con nosotros mismos. Yo no sé nada acerca de vos. Y vos lo sabés todo acerca de mí. Más que yo mismo. Aunque no entiendo cómo hacés para saber algo, cualquier cosa, sin mi ayuda. Porque yo me voy de vos cada vez más seguido y por más tiempo, y me parece que sin mí, vos no te las arreglás para comprender nada de nada. ¿O me equivoco? Otra cosa: no me explico por qué te estoy escribiendo esta carta. No hay ninguna necesidad, porque sé que la estás leyendo por encima de mi hombro. Es más, sospecho que de algún oscuro modo que no alcanzo a ver (por lo oscuro, se sabe), la estás pensando conmigo. A propósito, no te ofendas por mis dudas sobre si te estimo o no, como digo más arriba. Durante nuestras larguísimas relaciones eso nunca quedó totalmente claro ¿verdad? Es preciso que lo reconozcas. Yo sé que vos tampoco estás completamente seguro acerca de la calidad de tus sentimientos hacia mí. Así lo he advertido muchas veces, cuando te escuchaba renegar de todo, y especialmente, de mí. ¿Te acordás? Yo no me olvido de eso. No es que sea rencoroso, pero tengo buena memoria, sobre todo, para esas situaciones. Además, hemos estado tan juntos que no nos ha sido posible engañarnos, a menos que jugáramos un poco. Cierto, de vez en cuando hemos jugado a engañarnos mutuamente, pero no duraba mucho. Enseguida nos hartábamos de fingir y volvíamos a nuestra absurda seriedad. Por lo tanto, doy por sentado que me estimás un poco, aunque más no sea porque no tenés otra alternativa. Igual que yo, ¿no es cierto? Esto es una fatalidad. Esto es como estar casados para siempre y desde antes de nacer. Tenemos todas las desventajas del matrimonio y ninguno de sus beneficios. Además, somos del mismo sexo. (¿Lo somos?). En cuanto a los beneficios, ¿cuáles serían? Nuestras relaciones tienen algo de incestuosas, de inmorales, pero, felizmente, nadie las conoce: sólo vos y yo. Por otra parte, si bien no hemos vibrado nunca al unísono por los acontecimientos más o menos emocionales ni nos hemos deslumbrado recíprocamente bajo ningún aspecto, tampoco hemos tenido disputas graves ni agresiones demasiado agrias. Hasta hoy. La verdad es que hemos debido soportarnos uno al otro. Pero ahora las cosas están siendo algo diferentes. Ya no somos tan inseparables como antes. Yo, de vez en cuando, me escapo de vos, te abandono por poco tiempo, y si bien no me voy demasiado lejos (siento miedo al hacerlo), me distancio lo suficiente como para poder verte. Ya sé que a vos no te gusta que te mire, y menos, a los ojos. Pero tendrás que aceptarlo. No tengo otra cosa que hacer (como sabés, ya no trabajo) y no es que no haya buscado otra ocupación, pero es inútil. Lo único que puedo hacer cuando me voy de vos, es volverme y mirarte. Y comentarte lo que veo, si estás dispuesto a escucharme, lo que no sucede a menudo ¿verdad?. Nunca tenés deseos de oírme, tal vez porque sabés lo que voy a decirte, y entonces, te negás. Pero a mí no me importa que no te guste oírme, y te cuento lo mismo, al detalle, todo, absolutamente todo lo que veo en vos. Y también en mí. No creas que esto me produce placer. A veces, sufro cuando lo hago. Sufro por vos, y también por mí. Por ambos a la vez. Pero considero que es necesario, como un deber, como una imposición voluntaria (¿voluntaria? ¿no fueron otros los que decidieron esto?). Te observo ahí, sentado, escribiendo y escuchando tu radio, solo en esa inhóspita biblioteca helada, absurda y silenciosa, y me inspirás un poco de lástima. Ya estás un poco agachado, y las espaldas se te han encogido. Puedo ver los esfuerzos que hacés para no dejarme escapar, o para tratar de mirarme vos a mí, pero ese es mi privilegio. Jamás podrás verme, al menos, de la misma forma en que puedo verte yo a vos. Y eso te irrita. Puedo sentir tu resentimiento, tu rabia sorda, tu resignación. Sos de una sola pieza, como un clavo, como una arandela. No tenés misterios, ni secretos, ni ángulos oscuros. Ese costado es todo mío, es mi patrimonio, y es inútil que me lo disputes. Nunca podrás apropiarte de esos tesoros. (¿Son realmente tesoros?) A veces me pregunto qué diablos espero para cedértelos a todos juntos en un solo paquete maloliente. Pero no puedo. No podría, aunque quisiera. Por otra parte, aún fingiendo que este diálogo, esta carta o lo que fuese, incluya cosas concretas, mensurables, pesadas, palpables, objetos, tal vez personas, (¿nosotros? ¿vos? ¿yo?) conviene recordar que sucede en un espacio muy particular, estrecho, asfixiante y único, el espacio que existe entre vos y yo, que ni siquiera existe. De modo que me sería imposible entregarte paquete alguno, aunque fuera imaginario. Ahora que menciono al espacio, a veces me parece que ese espacio nuestro se estira cada vez más, se ahueca, se agujerea. Te confieso que me da bastante miedo eso. Ahora mismo veo cómo el miedo me está invadiendo. Estoy dándome cuenta de que nunca me he ido tan lejos, y se me ocurre que me costará mucho hallar el camino de vuelta hacia vos. Quiero creer que, en ese caso, me ayudarás a encontrarlo ¿verdad?. ¿Me estás mirando?. Quiero volver. ¿Tengo todavía mi lugar allí? Por favor, no te quedes inmóvil en tu asiento, con la mano en la frente, separado de todo. Haceme un guiño, una señal, un ademán cualquiera. Te prometo que no me escaparé más, que no te miraré más, que me integraré a vos definitivamente, que no te irritaré con mis imprudencias, que jugaré contigo a engañarte, a engañarme, a engañarnos mutuamente para siempre. ¿Estás aquí? ¿Estás leyendo esta página?

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