CONTRATAPA

EL SENDERO DE LA ILUMINACIÓN

 Por Luis Novaresio

Uno: ¿Tiene sentido preguntarse por el sentido de todo? Hacelo más claro. Sea. ¿Tiene sentido preguntarse por el sentido de la vida? No sé si acá. No me atrevo a responderte desde una columna de domingo de hechos relacionados con la realidad más inmediata, prosaica si querés, que intenta llevar a la reflexión sobre lo cotidiano de cada semana. ¿Eso es esta columna? Otra pregunta difícil. Estas líneas que desde hace años construimos con dificultad y con variado resultado (de malo a regular, casi todas las cuerdas) no son más que el producto generoso de una invitación del diario para contar lo que nos parece. La realidad. Situación social. Veta de la política. Esas fueron las consignas que desde hace cinco años empujan las palabras de este encuentro. Generosidad y libertad del diario. Como pocas veces.

Por eso fue raro recibir tantos mails de lectores que querían opinar sobre el budismo tibetano del Dalai Lama de la semana pasada que se cruzó, no sé con cuánta pericia, con la realidad de un rosarino que mira la Argentina. Estoy acostumbrado a la crítica de los que rechazan lo que se dice. Por mal escrito, por mal dicho, por mal pensado. A veces, la inmodestia me molesta, saludos y afecto. Imagino que, en secreto, quizá, lo imagino, los verdaderos escritores tendrán la aspiración de la masividad de los ojos posados en sus letras. ¿Para quién, para cuántos, escribe un cronista? ¿Para todos los posibles? ¿Para los que alcance una vida digna? ¿No me importa? Escribo para los que quieran. Puede ser. En cualquier caso, la vuelta de lo publicado es satisfactoria. Pedantería o presunción de importancia. Sea. Te imagino sentado en tu casa, desayunando en este domingo, leyéndome y me enorgullezco. Raro. Hacete ver, me decís. Dejate de embromar y decí lo que tenés que decir.

Esta semana, en la edición de Página/12, Santiago Rodríguez reveló una historia impresionante sobre las vejaciones, torturas y hasta muertes que sufrieron los fieles del culto Testigos de Jehová cuando estaba vigente el servicio militar obligatorio. Su lectura (http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1﷓66754﷓2006﷓05﷓11.html) es altamente recomendable. Se los acusaba de traidores a la patria, autores de "malas costumbres" como negarse a ser soldados, jurar la bandera, negarse a transfusiones de sangre. Se llegó a pensar, en suma, que su concepción del sentido de la vida, no merecía el status del respeto. Se negó hasta su propia condición de persona humana.

Los mails recibidos por mi mención al budismo, la nota sobre los Testigos de Jehová, nuestros compañeros judíos que vienen de celebrar la Pascua Judía casi al mismo tiempo que la católica, vos que, Sartre al fin, decís que no sabés si Dios existe o no, pero que en cualquier caso te tiene sin cuidado, me hizo pensar: ¿tiene sentido hablar desde este columna del sentido de la vida?

Dos: ¿O si no? El Congreso de la Nación sacudido por la eyección de una diputada que osa pensar distinto, la misma que proviene de otro discurso único que antes hacía lo mismo. Los "levanta manos" de ese mismo templo de la discusión legislativa que van desde presidentes de clubes deportivos que festejan a los gritos al tiempo que enmudecen en sus bancas, los obsecuentes por miedo, dinero o impericia neuronal ¿O si no? La pelea palmo a palmo, banca a banca, acto cultural a acto cultural del oficialismo de la municipalidad y del oficialismo de la provincia para hacerse del poder y tener contrato de alquiler en el próximo período del poder. ¿O si no? La inseguridad descripta por los periodistas vestidos de funcionarios o, mejor, por los funcionarios que se travisten de periodistas, la lentitud de salarios que suben por escaleras y realidades que se escapan en ascensores, la vejación innecesaria de los empleados de ICI que sumaron a los pedidos los desaires de los negociadores. ¿O si no? El sentido de la vida visto desde otra perspectiva.

Tres: Como no tengo autorización expresa de los remitentes, no citaré los nombres o nicks de los lectores que enviaron mail deplorando mi cita a las declaraciones del Dalai Lama. Desde inconsistente a charlatán (el que suscribe, no el líder tibetano) hasta sibilino agresor de la cultura occidental y cristiana, hubo de todo. Citar a un budista con párrafos de aceptación intelectual o afectuosa es sospechoso. En realidad hay intento de destruir otra cosa. Es raro. La intolerancia no la padecen solamente los Testigos de Jehová.

Desde entonces me he acercado a la lectura más sistemática del budismo. Agradezco el enojo de los lectores. La agresión sigue funcionando, en algunos casos, como disparador para conocer el origen verdadero de la agresión. Veámoslo. Sin ánimo de tratado científico ni exhaustivo. Apenas como otro gatillar sobre tu curiosidad.

Se llama budismo al conjunto de enseñanzas filosóficas y espirituales impartidas por Siddharta Gautama, conocido como el Buda. Buddha es un nombre en los antiguos idiomas pali y sánscrito, que quiere decir "el que ha despertado". En el budismo no sólo se usa para referirse al personaje histórico, sino también a cualquier otra persona que haya logrado lo mismo que él (www.wikipedia.org). Algunos tratadistas se resisten a definir al budismo como una religión. Prefieren hablar de una práctica filosófica eminentemente pragmática que no excluye la confesión a otras religiones. Se puede ser budista y cristiano o judío. Se puede ser budista y ser agnóstico.

Esta doctrina no se basa en la existencia de divinidades (no hay Dios) en las que el hombre cree mediante un acto de fe. Tampoco de grandes dogmas que se tienen que asumir sin tener prueba de su existencia. El resumen es del Libro del Budismo, la esencia de Oriente de Erica Rueda e Igor Zabaleta, editado por EDimat, que se recomienda mucho para los poco conocedores como este cronista. El propio Dalai Lama, padre del budismo tibetano, una de las tantas ramas de esta práctica, dice que se intenta de huir del maniqueísmo y encontrar un camino personal de libertad que permita descubrir, como experiencia personal e intransferible, el sendero de la máxima iluminación o conocimiento.

En sentido primero del budismo es evitar el sufrimiento. Y aquí, punto y aparte. Evitar sufrir. Sufrir no da pasaporte a una vida mejor. No te hace merecedor de reino ninguno. No hay pecado. Ni dogma. Hay apenas una ley del karma que se aleja de toda concepción errónea de predestinación. El karma no es más que la ley de la causa y la consecuencia. Lo que te sucede, lo que le sucede al otro, tiene un origen en vos mismo, en el otro mismo, y no responde a la casualidad, a la providencia o a la predistinción o malas ondas. Sos lo que generaste. Disfrutás o padecés lo que provocaste. En esta vida o en la que sigue. La reencarnación, claro, existe. Para evitar el sufrimiento hay que evitar las causas. Sólo hay efectos surgidos de las causas, desarrollándose en virtud de las causas. El mundo es un incesante y perpetuo flujo cambiando permanentemente, dice un saibo budista de origen tailandés que ha calado muy hondo en occidente (Achaan Buddadasa, La causa del sufrimiento en la perspectiva budista, Ediciones Kier)

Para ello se deben reconocer, no creer, las Cuatro Nobles verdades: El sufrimiento existe, el sufrimiento nace del apego a las cosas, el sufrimiento se supera y se supera por el Noble óctuple sendero que conduce al Nirvana, estado de mayor iluminación al final de la meditación. Algo difícil de entender aún para quien escribe esto y, claro, para traducirlo en esta columna.

Cuatro: La intolerancia no es más que el reconocimiento en el otro de lo que en realidad detestamos en nosotros. A veces se es intolerante con el valiente que se atreve, con el sabio que conoce, con el feliz que disfruta. A veces, simplemente, con lo que no se entiende. El respeto por lo desconocido es un acto de extrema generosidad. Intolerancia e ignorancia. Peligrosa combinación.

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