CONTRATAPA › MIS DíAS DE FERIA

El ocaso y el intento latinoamericano

 Por Hagar Blau Makaroff

Cada año fueron más las grandes plumas que desfilaron por el Patio de la Madera, más las familias y escuelas que recorrían los puestos cual vidrieras de consumo. Porque al fin y al cabo la Feria del Libro era eso: un gran shopping efímero y lleno de historias mágicas. Un corredor largo para que la gente circulara y comprara libros para llevarse una especie de souvenir. No había lugares para sentarse a leer. En los pocos banquitos acolchonados que había, de alguna empresa auspiciante, no se permitía llevar un libro para hojearlo. La gente no se ponía a leer, simplemente hojeaba, compraba y llevaba, como en un fast food.

Esas ideas eran de una vendedora del puesto de títulos esotéricos que en el lapso de las dos semanas de feria aprendí a conocer. Como ya no era un adolescente logré una profunda amistad con ella. Sabía su nombre de pila, Eugenia, y que era estudiante de Comunicación. Con ella veíamos desfilar las grandes personalidades rosarinas y también de afuera, y reíamos observando la variedad de público que sólo aquí se encontraba. Cuando no había nadie matábamos el tiempo jugando al ahorcado con títulos célebres, o competíamos a superarnos en encontrar la publicación más absurda. El ganador se llevaba un libro a elección y el perdedor pagaba sin chistar.

Por la gran feria de 2007 desfilaron entre los invitados Felipe Pigna, Juan José Sebrelli, Marcos Aguinis, Juan Sasturain, Gabriel Rolón, Alicia Dujovne Ortiz, Osvaldo Bazán, Santiago Kovadloff, Pacho O' Donnell, Ana María Shua. Eugenia refunfuñaba en las conversaciones que teníamos sobre los invitados, porque de los escritores rosarinos sólo iban los del circuito comercial y muchos quedaron afuera. Pero era de prever que el acotado tiempo de dos semanas no alcanzara para abarcar la totalidad de las plumas locales, que desde luego no tuvieron más oportunidades, por ser ésta la novena y última feria del libro de Rosario.

Y como si la vida no fuese eso, desencuentro, ese mismo año la Municipalidad les había cedido el Patio de la Madera de forma gratuita a las ferias, con fechas completamente ad honorem desde ese año en adelante. Como la Cámara de libreros no se sostuvo, se perdió esa enorme oportunidad.

Durante su trabajo en la feria, Eugenia aprovechaba a comprarse varios libros que le llamaban la atención, como uno de Virginia Woolf que leía y leía entre un cliente y el otro. El libro era Una habitación propia (1929), un relato que según mi amiga "trata sobre la imposibilidad de las mujeres de esos tiempos de ser escritoras por el simple hecho de que en la distribución del hogar no tenían un escritorio donde trabajar tranquilas porque eran amas de casa exclusivamente".

El simbolismo de ese cambio de paradigma, el lugar físico que debió hacerse la mujer en el hogar a comienzos del Siglo XX en la sociedad y en el mundo literario, me recordaba a otra gran escritora del siglo anterior, que debió inventar un personaje masculino para poder escribir: Amandine Aurore Lucie Dupin, baronesa Dudevant, mejor conocida como George Sand. Recuerdo las reflexiones de Eugenia de valorización del rol femenino como si me lo susurrara al oído en este momento. Encantadora mujer, como toda apreciadora del buen gusto literario.

Un año después, mostrando su capacidad de gestión y organización, resurgió del largo letargo el imperio librero que había sido el pionero. Doña Ross apostó a su firma sola, junto a otras instituciones y a editoriales latinoamericanas, en los clásicos Almacenes Rosental. La llamaron la Feria Latinoamericana del Libro. La propuesta fue innovadora, pero dicen los entendidos que también fue un fracaso económico.

En lo que a mi experiencia de ferias respecta, se trató de un ensayo excepcional que hubiese podido derivar en una nueva cita habitual de encuentros alrededor de los libros, en una relación híbrida entre todos los jugadores de estos eventos: pequeñas editoriales y grandes, escritores reconocidos y no tanto, libreros grandes y pequeños, y una variedad de público aún no lograda en la ciudad de Rosario.

En febrero de este año me senté a hojear los nuevos títulos editoriales en el bar de una librería cuando escuché que en la mesa de al lado los dueños dialogaban efusivos sobre la novedad: se rearmó la Cámara de Libreros de Rosario para representar mejor al sector. Uno de ellos parecía irritado porque, como es habitual, parecía que algunas librerías no se iban a sumar.

Hace dos meses solamente me pasó lo que esperé con ansias durante años. Me crucé con la joven de ojos verdes que, allá por el año 94, ocupaba el puestito de idiomas, ahora devenida secretaria. Vestía un apretado trajecito negro en frecuencia "business". Me contó que se casó con un librero (morí de pena nuevamente), y en medio de las formales actualizaciones me develó el último misterio de la Feria: "Dicen que ciertos libreros se encuentran elucubrando la posibilidad de concretar una décima edición". Mis ojos volvieron a brillar como si mi amor hubiese sido correspondido, como si el reencuentro cumpliera con mi fantasía estratosférica.

Algunos lo ven difícil, los más utópicos dicen que será de un modo más modesto pero que tiene que suceder. Y los realistas sólo ven posibilidades si el timonel de mando lo llegara a tomar el gobierno provincial o el municipal, subvencionando los puestos y organizando un embarco hacia una próxima aventura. Hacer algo como la Feria de Santa Fe: la Provincia pone su estructura, tiene una agenda cultural modesta, contratan un lugar, los libreros llevan sus libros y pagan un alquiler subsidiado. Sería una linda odisea.

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