CONTRATAPA › FOTOGRAFIANDO LA ZONA

Caras conocidas

 Por Adrián Abonizio

* -Esa cara me resulta conocida, señala el flaco a la recién llegada echado cuan largo en el sillón, a un costado de la pista de baile mientras los mozos pasan ejecutando maniobras de equilibrio con el postre flambeado sobre un fondo de música de cumpleaños. El otro le contesta. -Te debe recordar a la Mary, a la Silvita, la esposa del mecánico, la que atiende la escribanía, mi prima, la de la tienda de antiguedades. Todas esas caras fueron echas por el mismo cirujano plástico.

* Es un tipo el Aníbal extraordinario, tiene un horizonte de la vida distinto a los demás. Con decirte que a veces uno se tiraba un pedo y él deducía que habías comido. !Y encima la acertaba!. -El tipo cuenta la hazaña escatológica sin inmutarse: Cree en las fundamentos de la amistad, los sentidos y la gentileza adivinatoria.

* En el micro las pantallas mal dispuestas hacen que uno la tenga sobre el mentón o lejos, donde se adivinan los contornos. El café huele a orín de gato con hollín. Y encima, en el baño un cartel advierte que está prohibido ir de cuerpo-La vida suele ser cruel para el viajero.

* Son cajas azules, muy feas, dentro hay televisión que uno activa con una moneda de un peso que debe reponer cada quince minutos. Es el consuelo de la espera en las terminales, cárceles chuecas y sucias para olvidarse que la vida es ingrata con los horarios y con los pobres.

* -Contame algo que me entristezca y alegre a la vez, declama el marido. Ella responde, luego de meditar un instante-De todos tus amigos sos el que la tiene más larga. El chiste explota en la superficie de la mesa, donde, en un ángulo está Britos, el que se separara de su mujer por causas de tamaño ínfimo, según un eufemismo piadoso. -Muy ínfimo, asegura el mozo con crueldad gallega. Pero Britos se ríe como si de él no fuese el problema.

* La cara de Edmundo Rivero es su voz. Su rostro es la prolongación de su canto. Cuando era chico, su papá que trabajaba de mozo los fines de semana lo llevó a que lo vea cantar en una orquesta. Tuvo la fortuna de acercársele: un señor muy alto, saco negro y corbatín que fumaba mientras se secaba el sudor sobre la frente. La cara le parecía aquellas gigantescas que viera en los carnavales. La cara se le acercó y lo estudió seriamente. -Este chico tiene algo que le brilla, murmuró. Y se rió después. Le acarició la cabeza con aquellas manos portentosas. Desde ese día se sabe bendecido

* De aquellas caras que él ve retratadas en el periódico hay dos que conocen, distingue y sabe de ellas. Están muy cerca en el banco del juicio a punto de ser condenadas. Una es la de quien le enseñara a boxear, la otra del que lo llevara a debutar con una señorita. Dos caras. Dos leyes. Dos fundaciones. Dos caras que habrán visto los torturados muy cerca de las suyas propias en el ritual más primitivo como es el infringir dolor al otro. Un ritual desposeído de belleza que consiste en escupirle a los dioses.

* La botella de Coca Cola produce en el adicto a ella un estado de felicidad hormonal, un estallido de serotonina. Esa forma humana con curvas, esa gracia, ese color, ese gusto se alimenta de las facciones de la publicidad o bien las reproduce fiera, fatal, fielmente. Ahí es cuando el se dice que realmente, como sociedad estamos perdidos. Y así con todas las cosas y todos los envases de las caras.

* Caras, caras, fotos, fotos. El cementerio reproduce esos rostros, algunos en blanco y negro, otros sepiados, en color los más raros. Una familia de muertos sorprendidos en el gesto que ignoraban iba a servir de carta de presentación ante los que desfilan por los pasillos. Esas caras laquedas, enmarcadas en óvalos no tuvieron tiempo de acomodarse para ponerse al frente de sus tumbas. No les dieron oportunidad de elegirse y allí permanecen, desafiando al tiempo, la lluvia, el sol y haber salido en el flash final sin estar siquiera preparados como hubiesen querido.

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