CONTRATAPA

Laura

 Por Jorge Isaías

A los siete años de edad mi abuela paterna vino en un barco desde Italia con el temor de sus padres porque venía enferma.

Me sabía contar luego que venía aterrada, escondida bajo la cucheta inferior de tercera clase que traía a un grupo grande de inmigrantes italianos, la mayoría marchegíanos, de la ciudad de Macerata, de donde ella era oriunda.

El terror de ser descubierta y ser desembarcada en cualquier puerto anterior a su destino, que era Buenos Aires, la acompañó siempre, pero pudo superarlo porque tenía, pese a su cuerpo más bien enjuto, una valentía y un tesón a toda prueba.

Se radicaron, no sé cómo ni por qué, y ahora es tarde para saberlo y tal vez ni ella misma lo supiera, en un campo vecino al pueblo de Villada en nuestra provincia de Santa Fe.

Nunca supe cuántos hermanos y hermanas tuvo, pero yo conocí a varios: tía Pascualina que vivía en Firmat; Nello, Cholo, Luisa y Juana, en Chabas y tía Pepa que se había radicado joven en Ramos Mejía, con su marido. Hubo otra, Elena, que había muerto antes de que yo naciera, cuya foto anduvo por toda mi infancia y por lo que recuerdo era muy bella, tal vez un tributo de Dios, para que los que mueren jóvenes.

Cómo conoció a mi abuelo es un misterio, porque hasta donde yo sé, éste se había radicado en campos de la provincia de Córdoba, cerca de Capilla del Monte.

Una de las versiones que circulaba en la familia es que él vino a trabajar en la cosecha fina a la chacra donde arrendaba mi bisabuelo, don Francisco Francisconi y de allí al poco tiempo salieron casados para campos de mi pueblo. Ella tenía dieciséis años y el veinticinco. Ella era baja, de pelo largo, negro, tenía grandes ojos oscuros que todo lo miraba con asombro. Cuando se casaron ella estaba embarazada. Al poco tiempo nació mi padre, al que siguieron: María, Juan, Kelo, Pancho, Eduardo, Aurelio y Teresa, a quien sus padres llamaban Nena.

Según mi abuela me supo contar antes de morir, mi abuelo nunca la quiso y se casó con ella por despecho porque estaba enamorado de una de sus hermanas y nunca fue correspondido. Ella justificaba o trataba de entender por que la maltrataba tanto.

El primer recuerdo que tengo de mi abuela, que se llamaba Laura, tiene que ver con la última chacra que arrendaron a dos leguas del pueblo. A la casa la había hecho levantar don Luis Burki; un suizo alemán que vino con el colonizador de esa zona, fundador de hecho de mi pueblo, don Emilio Vollenweider. Como buen germánico, Burki levantó una sólida casa de ladrillos, vecina a un canal que todavía desaguan los campos de la zona y que se hizo en la década del treinta del siglo pasado. Allí todavía recuerdo ese hermoso puentecito de madera donde me ponía con mis tíos a pescar bagres y mojarritas cuando venía la creciente. Puentecito que no volví a ver y que me llega en sueños con su bandada de benteveos y petirrojos o carpechos que se tiraban en bandadas sobre un campo de trigo.

Esos pájaros merodeadores que siguen zambulléndose entre las espigas doradas, permanentemente en mi memoria.

La casa tenía el frente que daba al norte, una gran galería y su piso de baldosas coloradas donde mis tíos menores se ponían a cuatro patas como si fueran un caballito y me subían a su espalda y me paseaban hasta arrojarme al suelo.

Hasta que aparecía mi abuela, el cabello peinado con una gran trenza oscura sobre la espalada, y con una olla en una mano y una cuchara de madera en la otra, diciendo a sus hijos:

-﷓A ver grandotes, dejen a ese chico tranquilo que quiero hacerle probar este dulce de higo que estuve haciendo para él.

Y yo, en mi agrandado orgullo de cuatro años aprobaba esa exquisitez que se derretía en mi boca.

Mientras mi abuelo andaría en el campo con sus animales y en el monte de naranjos seguramente zurearían las torcazas anunciando un tórrido verano donde no se quedaba atrás la estridencia de todas las cigarras.

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