CONTRATAPA

El imperio y la libélula II

 Por Pablo Serr y Marina Maggi

III

Por la mañana, mientras ella duerme, el silencio. En la amplia cocina, entre todas las cosas de este mundo, el hombre prepara un mate y se sienta.

En el rincón, es un hecho, no hay rincones, y esta verdad simple tiene mucho de tonta, de viciada, de oscura. El se da cuenta, de pronto, de que sin ventanas no habría pájaros. Cierta serenidad olvidada de sí se rebusca danzando afuera entre los árboles; en cada giro, en cada pirueta, se alza y extiende: parece como si pudiese retornar, aún, la infancia esbelta.

El hombre se levanta, acomoda apenas lo disperso a su alrededor, prepara el desayuno y suspira. Cierra y abre una mano. Descansa infinitamente antes de dar el próximo paso. Podría ser ésta la última vez, o la siguiente. Podría ser ésta la misma estación a la que parecía que ella nunca llegaba. El tren estaba detenido, bajaron y corrieron surcando el campo, hacia un pueblo.

Si uno fija la mirada, pueden verse hormigas recorriendo la profunda oscuridad de una miga de pan sobre la mesada. Demorado en una fina penumbra, Alberto atraviesa el corredor como perdido en el exacto, breve camino que conduce a la alcoba. Una puerta se puede derribar con un soplido, pero es la sola humildad de la mano, el esfuerzo preciso, decidido y digno de sus dedos, la que puede hacer ceder la resistencia cotidiana. Ahora que la ve dormir, sabe que él aún no ha despertado.

Ella está envuelta en sábanas blancas. Hipnotizado, él vela su descanso, inquietante gramilla de aroma infantil, pureza inextricable. No la ve, pero oye su respiración y espera verla regresar. De repente, entre los dos, algo efímero, sutil, acabado, plasma su voluntad con un movimiento justo y necesario. Ella se da vuelta, abre los ojos y sonríe. Él ﷓paisaje de aguas limpias que corren temblorosas hacia el mar﷓ devuelve el saludo.

El tren los deja en la estación: dos siluetas acercándose a su primer amor; también sus sombras.

IV

Desde la cama, la mujer dice "buen día".

La primera sombra de la mañana, el primer silencio roto.

Él se sienta a los pies de la cama y le toma la mano. La sostiene. Ese presente es el único olvido posible, la última inocencia, un roce casi póstumo. Sus ojos ahora se fijan en un punto luminoso que se apaga. La mano, donándose, se abre, despierta. Sin proponérselo, ella percibe lo que él quiere ver en aquella forma insólita que ha tomado la tibieza. El canto de los pájaros es un llanto de luz: son los eternos huérfanos del día festejando su hora. Entonces ella sonríe a la ventana en un brusco parpadear. Pero él la aprieta más, hace de esa mano (raíz de humana geometría) la esencia del consagrado cielo. La visión regresa poco a poco a la cuna detrás de sus pupilas.

Hay un blanco en la flor que le arrebata, un postergado sueño urgente.

-Tengo hambre y un poco de sed. ¿Qué hora es?

-Poco más de las siete, ahora traigo el desayuno.

-Olvidaste las cortinas abiertas.

El hombre sonríe. Una tenue complicidad se ha asomado por detrás del reproche: algo que habla de la noche, de la densidad del tiempo, no del que ha pasado sino de aquél que, prometido, nunca llega.

-Me voy al campo.

-Esperate un momento. Quiero levantarme.

-¿Ahora o en un rato?

-Ahora.

Un suspiro.

-¿Segura de que no es un capricho?

-No, Alberto. Necesito levantarme.

-¿No querés que arregle las sábanas?

-No, está bien. Ayudame a sentarme.

...

-¿Hay viento afuera?

-Apenas. ¿Te alcanzo un abrigo?

-No, está bien.

-Yo me voy.

Cuando llovía, él llegaba con el sobretodo empapado, dejaba los zapatos tirados en la entrada y se apuraba a saludar al hijo. Ella estaba en la cocina y escuchaba junto al fuego. Una noche, estando Manuel enfermo, se turnaron para cuidarlo. Al quedarse dormida, Elsa soñó que su esposo entraba por la ventana y atravesaba la habitación del hijo. Sus pasos sobre la cama no pesaban, Manuel se asustó.

-No pasa nada, hijo. Es tu padre, que se hace el fantasma.

Nadie reía en el sueño.

Él volvió cerca del mediodía con un ramo de flores silvestres. Ella estaba al lado de la ventana tarareando un vals. No parecía dolorida. Tomó una flor y la hizo rodar por su mejilla. Sintió el fuego y la ilusión de una nueva gracia juvenil. Él sintió que era indecente leerla incluso a través de sus silencios. Demoró el abrazo como agazapado en un placer fantasma.

-¿Cuándo viene Manuel?

-Mañana temprano. Voy a ir a buscarlo a la estación.

-A lo mejor también vaya.

-Como quieras.

Te busco donde ya sé que no estarás en cuerpo y alma, y donde quiera que te busque te veré, porque sabiamente, prudentemente, no podría ya no verte.

V

La hora de la siesta. Las mismas sábanas, el mismo colchón, el mismo techo.

El dolor, revoloteando en el aire como una mariposa, reventó su crisálida dentro de los huesos: la queja se parecía más a una canción que a un lamento. Él escuchaba a mitad de pasillo. Esa mano promete su caída, pensó. Mientras tanto, afuera, el viento destruye las cosas de su creación.

Esperaba, como las ovejas esperan que las regresen al refugio para no quedarse en lo inhóspito del campo; una rebeldía infinita latía en el corazón de su paciencia. Un dolor como de cisne extraviado bajo un enorme cielo abierto. ¡Qué desnudo todo lo que vuela! Por la mañana respirábamos aún, la paz siempre fue nuestra. Los pasos se alejan por el pasillo: Gran amor de mi vida, ¿qué tan fría es la tierra? La canción va cesando. El fantasma de un vals sigue girando en el aire. Por esta misma línea blanca, el temblor frío de la llama aguarda todavía: Dios no olvidaría nuestra inocencia.

Cada día había sido nombrado: era necesario que el pan, siempre el mismo, se partiera solo y quedara intacta su aureola. Pero cada vez más blando, el pan ya no se parte, va pasando y se detiene en cada boca. El pan se nos dona y lentamente va alejándose. Nuestro pan es un río.

Demasiado cerca vienen las sombras quebrando los rayos de sol con su presencia. Hace tiempo está despierta y ya vislumbra la opacidad latente salvaguardando el día. Aquella fiebre ingenua de la pasión primera, nacida ahora nuevamente como una cal sedienta. Un libro sobre la mesa de luz (¿el mismo de siempre?). La memoria es un pájaro escoltando su propio vuelo. Un túnel va extendiéndose hacia lo hondo de las páginas, andándose debajo de la tierra, acariciando las aguas subterráneas. Más allá, en el centro de la ronda que forman los almendros en flor, el aljibe abandonado en su santo silencio.

Alguien no se mueve y se deja tocar. Ella se acerca y es inútil querer escaparse.

Se tocan primero las manos, y en seguida él la quiere besar. Pero ella se resiste a ese beso como si en esa miel fueran a ahogarse todas las flores de amargura.

Ella misma, hace un instante, sufría oyéndose cantar. Ahora un pájaro desconocido u olvidado canta desde la rama que parece triste.

-¿Hablaste con Manuel?

-No, pero quedamos en que llegaba mañana.

-Va a hacer frío.

-Lo mismo que hoy.

-O a lo mejor no.

A veces él despierta a mitad de la noche y se queda en lo oscuro contemplando a su alrededor nostálgicos sueños que se ramifican -piedra rota como en verde cementerio- frente a sus ojos sin un solo parpadeo.

¿Y dónde está ella? Y él, ¿cómo la imagina? La ve recostada en la cama, trazos vagos que se pierden en la luz. Pero ella a él lo ve más: aquellos campos de rumores compactos, la vida toda frente a ella, como si fuera un cristal.

Él, un hombre de hielo: jamás nadie podría arrastrarlo, llevarlo a ningún lugar, borrarle nunca la huella.

Un segundo detenido: en el mucho viento se extingue la llama del aire.

La rosa, que abunda en colores y aroma, no creería en la muerte si no la sorprendiera.

Pasaron dos siluetas que al alejarse cambiaron de color, como los campos.

En el final de este viaje al menos las palabras restan.

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