CONTRATAPA › EL JARDíN ARGENTINO

Claveles en la vereda de Tribunales

 Por Gloria Lenardón

Las flores siempre estuvieron en manos de las mujeres, en los floreros de interiores, en los terrenitos delante de las casas donde todavía se sale a tomar el fresco, en las macetas de los balcones; y aunque el paso del tiempo produjo cambios, esta vez, de nuevo, y de una manera contundente, las flores volvieron a estar en manos de las mujeres.

Más de trescientos claveles, dispuestos sobre el piso por mujeres, brillando rojos e imposibles de esquivar, exactamente trescientos treinta y nueve que un grupo, Mujeres de Negro, fijó a una de las veredas de los Tribunales de Rosario. Esto no va a mejorar, así que me voy, para no olvidar me llevo un clavel para mi casa, dijo alguien joven, posiblemente abogado por los expedientes que llevaba debajo del brazo, dando la espalda a los que entraban con aire impresionado porque algo habían relojeado, pero más veloces que el viento, al hall de mármol monumental de los Tribunales.

E staban en su vereda oeste, sobre la calle Balcarce; la mañana de fines de noviembre de una luz dorada iluminaba los papeles blancos con nombres de mujeres cruzados por claveles, los papeles blancos tenían ribetes negros, en esas lápidas se anotaron los nombres de las muertas, puestos uno al lado del otro, por cada hilera muchísimos nombres, a lo largo y a lo ancho de la vereda, sombreados por los árboles de la Plaza del Foro crecidos y de un verde muy vivo.

Si esto sigue, dos años más y las cruces darán vuelta primero la cuadra y después la manzana entera, dijo una mujer, y otra le contestó que en los tribunales se seguiría el debate sin olvidar ninguna de sus oficinas ni sus pasillos, ni sus cafeterías atestadas, con algún disertante de buena voz que alzaría de golpe el tono. Desearíamos impartir justicia mucho más rápido, hacemos lo imposible para agilizar, y los nombres escritos en la vereda entrarán y saldrán por las puertas más de una vez y serán acomodados lo mejor posible en cualquier rincón.

Una mujer no tiene ninguna posibilidad si se le ata al cuello una piedra que la hundirá, cuando hay diferencia de fuerzas el resultado se anticipa, en un segundo la conciencia de la medida de esa diferencia lleva a la mujer a la derrota, es el pánico el que tiene la victoria, que el gato se coma al pájaro al que paralizó de un zarpazo solo prueba que no hubo sentimientos cultivados ni amor cuando hizo los primeros movimientos para acariciarlo. Estas mujeres asesinadas, víctimas de su desventaja física, solamente más débiles cuando se trata de fuerza bruta, no tuvieron escapatoria; frente a un atacante que no distinguió más que su bestialidad y perdió todo lo que tenía de humano, no la tuvieron.

"Mujeres de Negro" en la Argentina no es reciente, tampoco local, nació muy lejos, en 1988 durante la guerra de Israel a Palestina, mujeres judías y palestinas se unieron hartas de la muerte que les imponían, que las sorprendía en medio de la tranquilidad de sus casas y de sus vidas que deseaban con un desenvolvimiento normal. Hartas de la guerra y de la muerte se vistieron de negro y salieron a pedir por la paz, por la no violencia, y en un eco rápido, fulminante, otras mujeres de otros lugares del mundo, salieron por lo mismo.

Aquí en Rosario, Mujeres de Negro, por la misma razón: la muerte, la violencia de los maridos o los novios o de cualquiera que intervenga en la vida de una mujer para apropiarse de ella, los abortos clandestinos, hartas de una Justicia que no las protege, y de leyes insuficientes que postergan sus derechos, salen a la calle y dejan la denuncia al pie de los Tribunales, dejan claveles rojos atados a los nombres que no se pueden olvidar, la denuncia conmociona: trescientos treinta y nueve muertes de argentinas durante los últimos dos años.

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