CONTRATAPA

Ropa Vieja

 Por Marcelo Britos

Los árboles abrazaban un túnel de sombra, un cielo de hojas sobre el empedrado que cruzaba entre las cortadas. Uno podía hacerse el distraído y mirar sólo el reflejo de los faros en el follaje, sin reparar en los nombres de las calles, entonces se atardecía en otra ciudad, en rincones que ignoraban el tiempo y el sol. Hubiera sido sólo una sensación para los demás, no para mí. Yo pude comprobar que ingresaba a otro espacio que no era ni siquiera cercano al registro que habían aprehendido mis ojos en toda su experiencia. Sí podía descifrar su apariencia, pero no su entidad; como si fueran los exteriores de una película ya vista un montón de veces. Podía reconocer las fachadas, las columnas marcando las esquinas, los balcones bajos. Había sitios que seguían siendo reconocibles: la plaza Buratovich, el hospital Carrasco, el club Federal; pero algo empujaba sus colores a otro tono, a los matices de una cinta de kinetoscopio.

Fue sólo un instante en el que todo cambió, no podría indicar qué calle marcó el comienzo. Sólo ocurrió y continuó, quizá de otra manera, cuando el chofer se detuvo y con un gesto señaló mi parada, la plaza que se estiraba sobre el frente de la estación de trenes; la arena, los árboles de otoño y las paredes derruidas que daban en conjunto la sensación de una fotografía vieja.

Caminé por esas veredas después de muchos años, como tantas veces lo había hecho. El estaba sentado en una hamaca, con las piernas apenas balanceándose junto a la bicicleta, la bicicleta naranja que habíamos heredado de mi hermana -qué difícil es encontrar los pronombres, tan aparentemente simple y tan complejo-; sus pequeñas manos, recostadas sobre la falda. A veces no podemos reconocer nuestra cara en un espejo, en el intervalo que precede al sueño. Otras veces, en la vigilia plena, nos miramos y no estamos allí; es otro, invasor de nuestra vida, una vida que tampoco creemos propia. Yo pude reconocer mi vieja y joven cara, la remera Hering desgastada, las zapatillas de cuero que aceptaba con resignación, el pulóver de llama que habíamos comprado en San Pedro. Me senté en la hamaca contigua y esperé su mirada. Volví a distinguir esa seguridad que no recordaba, un aire sereno y apacible que lo paraba en el lugar correcto de la situación. Antes de que yo comenzara con la lista interminable de preguntas, habló: Se descentró de vuelta la rueda de atrás. Papá me lo dijo mil veces, que esta bici no es para saltar.

Tiene razón, no es para eso. Le contesté. Las rampas de la estación son altas y esta es una bicicleta de paseo. Los amortiguadores no aguantan.

Pero las bicis de los otros son iguales y no se rompen; me dijo contrariado.

Bueno, hay cosas que pasan si razón.

Suspiró con cierta reprobación. La reflexión liviana de la adultez no le servía, no en esa plaza y en ese instante. Entonces respondió.

A lo mejor los padres de los otros no les dicen que se les van a romper, a lo mejor saben saltar mejor que yo, a lo mejor esta bicicleta es vieja y muy usada. Nada pasa sin razón.

El sol comenzó a caer detrás de la estación. Recordé que se encenderían las luces de la plaza y sería más fascinante girar alrededor de todo, con los cordones besando la oscuridad, con la soledad de la noche en las veredas, el frío intenso que es apenas un gesto del juego. Fuimos a la estación. Los andenes estaban llenos de gente sin equipaje, sin la ansiedad que suele tener el que parte. Acaso esperaban arribos, paquetes, la ilusión que se diluye con el peso del tiempo, cuando todo deja de ser como se soñó o se pensó. Los trenes no se habían dormido todavía. Subir a ellos era soñar con llanuras impensadas, viajes intrépidos. Pensé que los ojos de un niño, -sus ojos- no deberían ver otra cosa, y entonces, desde un lugar distinto, llegó aquella imagen siniestra que había estado agazapada hasta ese momento, para tejer y dar un poco de sentido a todo. Volví a ver a Tito, cruzando a tropezones el andén, como lo había visto aquella vez, las sirenas y la gente en silencio, mirando. Cerré los ojos para confirmar que en esa locura tangible, esa imagen no fuera tal vez un engaño del pensamiento. Cuando los abrí aún estaba él, pude reconocer en su mirada algo de compasión, como si supiera lo que cruzaba mi mente. Dejó que yo hablara, conociendo acaso lo que iba a escuchar, conociendo también la respuesta a eso y a todo.

¿Por qué elegiste este lugar para encontrarnos?

Porque acá venimos siempre a saltar con la bici en las rampas. Todas las tardes.

Pero en este lugar pasó algo y no puedo saber si ya lo viviste o lo vas a vivir. Puede pasar mañana, y voy a quedarme con la bronca de no haberte advertido. Puede pasar ahora.

Se sentó en el andén, mirando la hilera de casas que se perdían en el oeste, tras las vías limpias de yuyos y de escombros. La voz que apuntaba hacia ese lugar llegó hasta mí, como si fuera dirigida tan sólo para mis oídos, como si hubiera dado una vuelta con un viento propio.

No me importa saber qué va a pasar. No venimos acá a que vos me lo digas. No se puede vivir sabiéndolo todo. Se vive para recordar. El pasado nos prepara para vivir y para morir.

¿Entonces para qué venimos acá?

Eso sí es lo único que sucede sin razón.

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