CONTRATAPA

Servicio de cable

 Por Julia Mariana Sánchez

Prendo la tele. Nada, nada, nada. Siempre me dan risa los títulos de las películas porno. Ciento noventa y ocho canales para mirar siempre Los Simpson. Otra vez, me pregunto para qué tengo cable. Otra vez, me acuerdo que viene en promo junto con internet. Odio terminantemente el concepto de promo. Mira qué vivo que soy, agarré una promo. Llega la factura. Resulta que el importe es tres veces mayor que el estipulado en la presunta promo. Tres veces más. Una factura que es una ficción en si misma. Qué bárbaro. Llamo a la compañía, después de un rato me atiende Laura, me agradece por llamar, me pregunta en qué me puede ayudar, señora. Siento que el propósito de su plástica amabilidad es irritarme, pero no se lo demuestro. Y me dice señora. Perra. Le explico la situación de la boleta fantástica. Hace ruidito con los dedos en el teclado de la computadora. Me dice que hubo un error en la facturación, precisamente en el cómputo de la promo. Que ahora no se puede modificar. Me quejo en términos más que razonables. Que ella entiende, señora, pero no está en sus manos. Le pido hablar con un superior. No es posible, me dice. Le digo que la factura tampoco es posible, y sin embargo es, sin mayores implicancias ontológicas. Me pide que la aguarde. Comienza a sonar un jingle exasperante. Parece que las versiones electrónicas de Beethoven pasaron de moda. Me imagino pateando la cabeza de Laura. Me imagino con dolor convirtiéndome en Kafka como Gregorio se convirtió en bicho. Laura nunca más contesta. Pasan tres días. Corto y llamo de nuevo.

Ahora me atiende Mauro, me agradece por llamar, me pregunta en qué me puede ayudar, señora. Le digo que por favor me comunique con Laura. No es posible, de ninguna manera, que le diga a él. Le explico en cámara lenta la situación otra vez. Se queda en silencio. Me pide que me dirija a la sucursal más cercana a mi domicilio. Acabo de transpirar mi última gota de amabilidad. Siento que si no hago algo en los próximos cinco minutos me gano el premio Aneurisma a la Tolerancia. Corto. Me subo a la bici en busca de la sucursal. La llave en una mano, la factura entre los dientes. En una bocacalle la bici relincha y se convierte en Rocinante. Dale, caballo del orto, movete. Yo tengo paciencia, pero no me la quiero gastar toda en la compañía de cable, no quiero morir tan lento, qué tiene de raro eso.

Entro a la sucursal, saco número. Adelante mío hay muchas personas con expresión de terapia intensiva. Observo detenidamente, pero no, no está Kafka. Hay unos vidrios polarizados atrás de los mostradores, pienso en que alguien ahí atrás se ríe de los que esperamos. No, no soy paranoica, es lo que yo haría si estuviera atrás del vidrio. Obvio. Tres años después todavía no me atendieron. Mis cejas y mi mentón ya están unidos para siempre. Mis uñas esculpidas se clavaron en mis palmas hasta hacerme sangrar, y la sangre ya secó. Evalúo lo insalubre que me resulta portarme bien en esta situación.

Entre los que esperan hay un hombre de mi edad que antes de tomar color verde oficina debe haber sido interesante. Nos conocemos en la tercera fila de butacas de mala calidad. Nos casamos y seguimos esperando. Un día me ofrecen trabajo. Buena prepaga. Me dan una lista con teléfonos de señoras y señores a los que debo convencer que contraten la promo. Mierda. Debería haberme rehusado, pero ya tenemos un hijo y mi marido sigue del otro lado esperando que lo atiendan. Cada vez está más verde. Un día atiendo una loca rabiosa que me dice que le cobramos demás, que somos una caterva de oligofrénicos, que nadie le soluciona sus reclamos. Le digo amablemente que mi nombre es Carolina, que me trate con respeto, y que lo mejor sería que se acercara a la sucursal más próxima a su domicilio, señora.

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