CONTRATAPA

Música para tres

 Por Dahiana Belfiori

Para Andrés Ricchetti, intérprete del viento, que me regaló esta historia.

Molino que gira sobre un campo amarillo, agua que brota en el estanque, moscas alrededor de unos ojos mansos agolpándose tras el alambrado. Los eucaliptos se reclinan ofreciendo sus hojas almizcladas al aire del norte. Un cartel de chapa, oxidado, rasga el silencio con su vaivén de domingo; un biguá talla una estela de sombra sobre el río sumiso con su canto profundo y grave; entre las alas de una lechuza se escabulle susurrando, imperceptible, la brisa del verano. Una mujer canta en la ducha, un niño llora en la puerta de la escuela, un hombre hermosa improvisa con su violín una balada para las amantes: desde la cocina teje -con los sonidos de su memoria vital- la melodía del deleite de esos cuerpos nuevos, alertas. El viento habla, canta, ejecuta con precisión cada carne, cada objeto.

La música las envuelve. No se conocen. Se descubren con cada estremecimiento en las concavidades de sus manos apuradas. Una tiembla, la Otra también. Una pasea sus dedos largos entre el cabello ondulado de la Otra y con un movimiento suave pero certero desnuda su nuca, presiona, la atrae, le besa el aliento, le desviste los labios con la lengua. La Otra apoya sus manos sobre la cintura de la Una, las desliza hacia abajo, presiona las nalgas, abre; se extiende la humedad en cada curva, en cada hondonada. En la penumbra del dormitorio un torbellino desacomoda las sábanas, las notas musicales llegan desde la cocina con olor a menta, a albahaca, a cilantro, a pimiento rojo. En el abdomen de la Una es posible encontrar un manjar de peras en almíbar. Las papilas gustativas se desordenan, se exaltan, llueven sus jugos sobre un bosque lleno de vida.

El hombre hermosa sabe que el viento es música. De niño lo supo, cuando lo encontró deambulando entre las cosas, haciendo el amor con la ventana de su cuarto y con el naranjo plantado en el patio de la casa materna. Ahora el viento -que a veces elige ser su amigo- empuja los sonidos hacia sus manos, le da impulso al arco de su violín, es él quien hace que cada sustancia vibre en una nota particular. Él compone las más absurdas melodías, sus acordes desafinan, hábiles. En ese oxímoron de armonías disonantes construye la vida. Es su suspiro el que invade, el que revuelve el mundo. El hombre hermosa sabe que el día se acuesta sobre dos cuerpos desnudos. Una sobre la Otra, duermen el día. Ahora la música les exhala por las fosas nasales, en esa respiración tenue que las libera de las urgencias. Se acuesta el día también sobre el violín. El hombre hermosa deja de pulsar, descansa la madera añosa. Algo ruge en su interior. Sale a la calle, camina por las avenidas amanecidas de la ciudad deshabitada. Durante la madrugada fue un intérprete del viento, su médium. Ahora es uno más, deja que su fuerza lo arrastre hacia la costa del río donde un biguá, una lechuza, unos ojos mansos, un molino, un cartel oxidado, unos eucaliptus, una mujer y un niño se hacen eco en el espejo de sus aguas siempre distintas, siempre iguales. Parado en la orilla, el hombre hermosa se turba frente a su reflejo. Su pelo, alborotado, fue testigo de un hecho inusual: durante la madrugada, el viento habitó el interior de uno de los tantos departamentos apilados en uno de los tantos edificios que exhibe el paisaje urbano y compuso un tema de amor para tres.

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Imagen: Luis Acosta
 
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