CONTRATAPA

Un techo incómodo

 Por Eugenio Previgliano

Un día venía subiendo por el borde de un camino pavimentado, y vi cómo, en el lugar más alto del camino, había una parte del techo de un chiringuito blanco y radiante que parecía incómoda con el lugar, pero el lugar era lindo, enorme y seco como pocos lugares en el mundo y el techo parecía estar esforzándose para irse, tensando su extremo hacia arriba y volviendo a caer exhausto con la punta apoyada en la pared. Al rato se recuperaba y hacía otro esfuerzo, pero todas las mañas que el constructor le había puesto desde el principio no lo dejaban irse :¿monumento al tesón?

Yo de mientras seguía subiendo impulsado de cuando en cuando por el viento fuerte y frío y no dejaba de mirar con cierta piedad al techo que ya no quería estar allí pero seguía forcejeando bajo el vuelo de los cóndores.

Desde que empecé a venir subiendo tenía intenciones de encontrarme con un lugar singular para un almuerzo singular y visto que no había en la carretera pavimentada prácticamente ningún tránsito de vehículos, ni livianos ni pesados, también esperaba una atención esmerada, personalizada y rápida, aún cuando el almuerzo se presentara, desde antes de llegar, como una cosa complicada laboriosa y llena de esfuerzo.

El techo, sin embargo, a medida que me iba aproximando a paso descansado y regular, parecía tomar nueva fuerza y no sólo forcejeaba para irse de allí sino que además iba agregando ciertos ruidos a su actividad que parecían señalar algo de enojo a causa probablemente de su confinamiento forzado y sus fatuos esfuerzos por irse de allí. De todos modos había, en el ascenso, varias curvas, como si se hubiera querido, con el camino, dibujar un tirabuzón que, a causa de distintas solicitaciones, se desviara de su recto eje para seguir una curva alabeada y cada uno de los movimientos aplastados del camino me dejaban ver una faceta antes desconocida para mí del chiringo allá en lo alto. Unas paredes de espesor irregular delimitaban la región cubierta y el techo, sin embargo, seguía insistiendo con sus chillidos metálicos y sus movimientos espasmódicos. A pesar de eso, en alguna parte del vasto techo, afloraba una chimenea cuadrada y de la chimenea, un humo entre celeste blanco y gris, iba saliendo como arras y rescoldo del fuego, mezclado de vez en cuando con unas chispas que bailoteaban bajo el sol trivial.

En el camino me he cruzado con un pequeño zorro, pero ahora me pregunto si podré comer guiso de cabrito cuando llegue y entonces huelo como a grasa, a leña, a humo apetitoso y bueno, seguramente a causa de una ráfaga de viento que me acerca los productos de la combustión que lo genera. Ya me acerco a pocos pasos y veo que la puerta está cerrada, que hay varias mesas bajo un techo﷓galería y un cartel promociona las empanadas. El salto, dice el cartel, está a unos quinientos metros y lo que realmente me hace notar que ni el lugar ni yo hemos compartido nunca el tiempo es la falta de los íconos habituales en un parador de la ruta.

Buenas tardes serán para usted, le contesto al único que hay tras el mostrador, porque lo que es yo ﷓le digo﷓ todavía no he almorzado.

El hombre me mira de una mirada displicente, parca y callada, y como si fuera el espíritu de la sierra que habla, me pregunta por el resultado de un partido que yo no he visto, calla todo sobre el paisaje, y me dice que en el verano no es mejor porque viene demasiada gente para ir hasta la cascada: yo espero que sobrevenga un silencio que me permita escuchar las quejas del borde del techo que quiere irse, pero el hombre sigue hablando de las vicisitudes del mundo, de la injusticia, del desenfrenado avance de las corporaciones sobre la vida privada, sobre la tremenda configuración de la conducta de las personas a partir de las formas de vida cada vez más acotadas que las corporaciones proponen y sobre las distintas formas de alienación que sobrevienen de la vida moderna a causa, explica, de la capacidad prácticamente ilimitada de manejar enormes volúmenes de información. No importa donde uno se encuentre, dice el hombre, jamás se puede estar fuera de la influencia de las grandes corporaciones. Yo de a ratos asiento, por momentos callo y otras veces lo escucho, pero él sigue, generoso, explicándome lo malo que es todo esto para el medio ambiente. En un momento, un hiato, un suspiro, una distracción, un silencio que el hombre hace, le pregunto si es que tiene empanadas.

No, me contesta, no me quedan, dice, y sino, me pregunta, ¿qué querría?

-Olvidarla-, le digo.

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