CONTRATAPA

El huevo de la serpiente

 Por Marcelo Britos

Cuando Hannah Arendt irrumpió en el pensamiento contemporáneo con su teoría de la denominada "banalidad del mal", habían pasado ya casi veinte años desde el momento en el que los aliados habían descubierto los primeros campos de concentración. Es decir, fue menester atravesar por un proceso extenso y critico que hiciera posible la dimensión y el entendimiento del horror, un proceso por el cual se fueran abriendo caminos, no siempre cómodos ni correctos, para entender cómo una minoría se decidió a exterminar a millones de personas, identificadas y segregadas por sus etnias o religiones. En medio de eso, nublando la búsqueda de la justicia, o al menos una reparación al daño irreparable -valga aquí el oxímoron , el mundo se dirigía a una división geopolítica que duraría más de cuarenta años, y que dejaría como saldo otros genocidios y otras guerras. Si pudiéramos encerrar en un segmento ese desarrollo, podríamos valernos de dos manifestaciones, una proveniente de la filosofía y la otra del terreno de la ficción, que explican un punto y otro de los extremos, a nuestro juicio de una forma brillante. El extremo final, que es entender cómo puede un hombre deshumanizar y deshumanizarse ejecutando un plan de exterminio de esas características "como ya lo hemos dicho, Arendt y sus notas cubriendo el juicio a Eichmann , y en el punto inicial, cómo una sociedad civil, heredera del pensamiento moderno, la tierra de grandes escritores, filósofos, y artistas, permitieron y de alguna manera acompañaron el inicio del nazismo. El huevo de la serpiente, de Ingmar Bergman, lo muestra de una forma arrasadora.

Sin embargo no nos interesa volver sobre eso, aunque no deje de ser la segunda gran guerra un hito en la historia del hombre, sino incitar a un debate sobre ese proceso de dimensión y entendimiento, aplicado a nuestro propio genocidio, el perpetrado por la última dictadura militar. Algo así como el intento por aprehender, si es que es posible, los motivos y los caminos que permitieron tal atrocidad. Para empezar hay que cancelar, al menos en este debate, lo que ya hemos dimensionado. No se pueden poner en dudas las responsabilidades demostradas, para eso ya hubo juicios, se juzgaron y aun se juzga a responsables del terrorismo de Estado por delitos de lesa humanidad. Más claro, imposible. Hubo un plan sistemático de desaparición, tortura y asesinato de personas. También está claro que fue parte de un proyecto trasnacional, enmarcado en la guerra fría y a su vez en la Doctrina de la Seguridad Nacional, con apoyo teórico y logístico de Estados Unidos y de Francia, quien envió de forma clandestina a integrantes de escuadrones de la muerte que habían participado en la represión en Argelia. Hemos dimensionado también el horror de la tortura. Desde el ochenta y tres en adelante, hasta pasados los noventa, la ficción "por tomar el ejemplo que nos interesa , nos mostro la bestialidad del flagelo, la deshumanización del torturador y del torturado. La teoría del "mal absoluto" de Carlos Nino, y los trabajos sobre la psicología del torturador de Juan Ritvo, son dos exponentes válidos desde otras disciplinas.

Ahora bien. ¿Qué falta en este proceso? Creo que es preciso para el progreso del tema, un cambio de enfoque. La cuestión de la dictadura no ha podido abandonar el lugar correcto; es decir, ya no pone a quien la percibe en un sitio incómodo. Otra vez los caminos de la comodidad. Este gobierno ha hecho grandes avances en materia de derechos humanos, llevó al plano concreto el deseo postergado de juzgar y condenar a los genocidas. Pero la retórica que baja desde el poder indica una mirada correcta que, tomada en una zona de confort y seguridad por quiénes deben azuzar el debate, termina por impedir la reflexión. Volviendo al ejemplo de la película de Bergman, filmada en la década del '70, tomemos nuestro propio corpus de ficción. Pareciera que, milagrosamente, todos los escritores, cineastas, actores, son ex militantes setentistas o hijos de militantes. Proyectan en sus trabajos -algunos ya aburridos y trillados la responsabilidad y las culpas bien lejos. No se aporta nada nuevo. Ni siquiera las recientes y sobrevaluadas La casa de los conejos de Laura Alcoba, e Infancia clandestina de Benjamín Avila, aportaron algo nuevo. Sólo la angustia que arrastran desde la infancia quienes vivieron aquellos años en familias militantes. Más de lo mismo. Lo correcto en esta vereda y la perversidad donde debe estar, bien lejos. Sólo recuerdo una excepción: la opera prima de Daniel Bustamante, Andrés no quiere dormir la siesta, en donde un niño ve sin comprender los movimientos de un centro clandestino que está frente a su casa. Demasiado poco para 32 años.

Quizá sea el momento de interpelarnos, a través de la historia, a través de lo que fuimos y lo que somos, sobre cuál fue nuestro huevo de la serpiente. Concretamente, qué sucedió con los 25 millones de argentinos que vivieron esa dictadura desde otro lugar, lejos de la minoría militante y siguiendo por acción u omisión la ratio del poder. Los silenciosos, los asustados, los que fueron a vitorear a Galtieri cuando desembarcaron en Malvinas, los que denunciaban a vecinos, los que pedían en el 76 que derrocaran a Isabel. Son muchos. Son la gran mayoría de los argentinos. La complicidad civil no se agota con los empresarios que apoyaron a la Junta Militar -algunos reciclados ahora en la novísima política cool . Es un lugar incómodo, sí. Pero hubo un país que permitió, que consintió el acceso al poder de los genocidas. Quizá habrá que retroceder aún más en el tiempo, quizá sea el mismo aliento de aquellos que iniciaron la huelga que debilitó a Illia, los que pedían que se fuera Irigoyen, los que lamentaron que no torpedearan la cañonera "Paraguay". Es necesario hacerlo para entender también el origen de un componente autoritario que persiste en el imaginario social, y que es el que hoy hará posible otra forma de autoritarismo. Es quizá también, uno de los senderos para llegar al centro del laberinto de violencia que vivimos los argentinos, una violencia transversal y sin razón, que aún no hemos podido explicar.

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