CONTRATAPA

Los tiempos, la muerte del amor

 Por Marcia Bredice

Probablemente un día le dijo, en mitad de la casa ya deshabitada. Colgaban los harapos de cortinas en los barrales del comedor y todavía, en los portarretratos, hablaban los ecos de las mujeres que habían gestado hijos suyos; mientras que, sobre el descascarado marco de los cuadros erraban las moscas infectas y sonaba de vez en cuando el tic tac de un reloj cuyo minutero no podía avanzar. Ella le decía probablemente un día, que es como decir quizás. A él se le habían llenado los ojos de lágrimas, porque la amaba. Con un gesto soberbio de derrota, le presagió que alguna vez iría a ser su mujer. Después la besó en la frente y la dejó ir.

Basta, a veces, la fuerza de la sentencia para que uno busque su destino y la profecía se convierta en una profecía ya cumplida. No son los hados quienes nos llevan de las orejas a la penitencia de la rebeldía, si no nosotros los que volvemos, como atraídos por el imán de su inexorabilidad, a arrinconarnos en sus sentencias, como perros asustados por los truenos.

El amor precisa de tiempo, para lavar los harapos de la autoestima; de terapias, para raspar la callosidad de los fracasos; de prórrogas, para tomar distancia de las miserias. Precisa de llantos disimulados detrás de las puertas, de desvelos, de gripes, de agonías. Decanta el desencanto su dolor inicial y reaparece, al borde de la cama, la mano del Otro, curándonos el frío y el espanto; el abrazo del Otro, arrullándonos; el beso del Otro, salvándonos del vacío. Hacen faltan los pretextos, los textos, el lento silabeo de los límites, los acuerdos. Hacen falta los nombres, los miedos, el temor a perderlo todo en el mejor momento, las conjeturas sobre qué es lo verdadero y qué es lo cierto. Después de eso, nada importa. Ni las formas, ni el desprolijo pasado de nuestras vidas, ni las inconveniencias de horarios, de planes y destinos.

No volvemos al amor. Volvemos a lo que el amor es en nosotros. Inventamos nuevos miedos, dudas más transitables y esquemas más flexibles. Vamos metiéndonos uno dentro del otro hasta convertirnos en una sola cosa.

Caminamos las calles con dos piernas y con dos piernas subimos al colectivo. Comemos por una misma boca y hasta desechamos por el mismo trasero. Se nos aglutinan los intestinos y los nervios. Si uno habla, es la voz del otro la que se oye. Si uno escupe, es la saliva del otro la que segrega. Sostenidos por la médula espinal, nos vamos haciendo la sombra del otro. Somos el otro. Quedamos pegados por la espalda, pudiendo apenas girar y tocarnos con los dedos.

De a poco, asistimos a la vigilia de la muerte. Y en el fino silencio de una noche, morimos, si saber si somos uno, si somos dos, si estamos muertos.

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