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Sábado, 28 de febrero de 2015

CONTRATAPA

Morder el pez

 Por Miriam Cairo

A mi amiga dragona no le importa tanto el qué dirán como lo que piensa para sí misma, por eso se deja fotografiar con un cigarrillo en la boca o alimentando lobos recién nacidos en algún cuarto de hotel, sin que se altere su estado natural de ensimismamiento.

Quizás no tenga una escarapela muy brillante, pero la oscuridad está dentro de sus cálculos porque, lo diré con toda confianza: mi amiga dragona no es alguien que brilla o deja de brillar como cualquier estrella mortal. A ella, luz y calor la vuelven un ser de duraciones diversas que van desde una fracción de segundo hasta la eternidad simultánea.

Una se siente tentada de morder el pez del insomnio y decir que mi amiga dragona es una alucinación poco concreta, o bien que los lobos recién nacidos la alimentan a ella. Sin embargo, esas ideas le arrojan piedras a otras ideas mejores. Hay mucha competencia ideológica. Y no es casual que surja aquí el tema de las piedras y el tema del insomnio, cuando en realidad quiero hablar de mi amiga dragona que alimenta lobos recién nacidos con un cigarrillo en la boca.

Yo la admiro por eso, y por muchas otras cosas. Pero esta noche hablo de esto, porque para eso están viniendo las palabras. También podría ser que ellas vinieran por lo otro, por lo que no he dicho todavía e iré diciendo a medida que las patas de lo que siento vayan abriendo un camino desde el insomnio hasta la cintura, de la cintura a la vía láctea, de la vía láctea al corazón, del corazón a la poesía.

Hablo aquí y ahora de mi amiga dragona, como si éste fuera el

espacio tiempo de su revelación porque no hay otra noticia mejor para la noche, pero en realidad, no sólo de la noche vive su luna.

Cuando me surge la duda de para qué escribo, digo que escribo para traer noticias de los lobos recién nacidos en un cuarto de hotel, aunque no hay nada definitivo en esta afirmación.

A veces escribo para que las noticias desaparezcan.

A veces, para inventar a mi amiga dragona que no existe.

A veces, para que mi amiga dragona deje de existir y se vaya definitivamente con los ángeles.

A veces para volcar en el cuenco llamado amiga dragona un sinfín de cosas imposibles.

A veces, para que el cuenco se derrame sobre mí.

Esa noche, ese miedo, esa hermosura.

A veces escribo para que nazcan, de una vez por todas, la palabra noche, la palabra lobo, la palabra hermosura.

Pero ahora, que puedo darle la espalda a lo que escribo, digo que escribir sobre mi amiga dragona es una manera de agrandar más el misterio de escribir.

Intentemos decirlo de otro modo.

Es como si vinieran truenos del norte y yo advirtiera que si no estalla la tormenta moriré de asfixia. Entonces, cuando el ronquido de las palabras me llena de placer, me llena de terror, el aire de la habitación se impregna de aromas a lluvia. La escritura aparece.

Pero sigue siendo más complejo aún.

En el cuenco de mi amiga dragona hay una semilla que alguien podría llamar musa. Y es cierto también que esa musa murió de la manera más triste. Pero por esta cosa de la ideología y las piedras, por este amor a los lobos recién nacidos en los cuartos de hotel, la resurrección de mi amiga dragona fue inmediata. Y ha transmutado en una musa que nadie más que yo puede reconocer en sus infinitas transmutaciones dragónicas.

Y también es cierto que lloré, lloré, lloré, con el verbo llorar conjugado en pasado, presente y futuro, pero ahora mi amiga dragona vuelve a alimentar a los lobos recién nacidos en un cuarto de hotel.

Y mientras ella muere a pata ancha, yo la resucito en el instante de la palabra eternidad.

Y ella me dirá una y otra vez: no te entiendo, Miriam, no te entiendo.

Y yo contestaré: no puedo escribir bien porque te fuiste.

Pero eso nunca fue ni será verdad.

Simplemente escribo mal porque no puedo escribir bien.

Porque escribir así es mi manera de salir del punto muerto.

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