CONTRATAPA

Ciegos de mar

 Por Víctor Maini

Nosotros teníamos vedado permanecer en la mesa grande. Ellos sufrían la prohibición de hablar de política en público. Durante las sobremesas de las reuniones familiares, ambos grupos violábamos las proscripciones. Para el último cumpleaños de mi padre jugamos a los espías toda la noche. Escondidos, cumplíamos con la misión de robar frases jugosas de las infaltables discusiones ideológicas entre los adultos. Mi primo Juancito grabó en su memoria una frase de la tía Dora: "Los milicos están haciendo todo lo posible para cumplir la promesa de Evita, volveremos y seremos millones". Mi hermana, fiel a su despiste, comentó: "Ahora están hablando sobre animales, nombraron a un gorila y a un león de un tal Suárez que fue fusilado". Cuando llegó mi turno me arrastré cuerpo a tierra por debajo de la mesa hasta quedarme inmóvil entra las piernas de los comensales. Desde aquel refugio escuché por primera vez hablar encendidamente de política a mi viejo en una discusión con su cuñado Tato. "Reformista.... reformista será para vos que te disfrazás de anarquista y prometés panaceas con el único objetivo de levantarte minas, pero en la práctica no dejás de ser un tilingo vendepatria, un nene de mamá, un lleno de todo. Pero para un pibe que vive en el medio del monte, llevarlo a conocer el mar, ese sólo hecho fue y será revolucionario". Mi papá se ahogó en un tsunami de desilusiones, silencios y traiciones. Salí a la calle buscando su reemplazo. El empedrado cuenta con leyes rígidas, pero late en su interior el cálido corazón de la madre tierra que nos da cobijo. El viejo Pablo, un hombre solitario que vivía acompañado únicamente por su orgullo, me invitó a conocer Mar del Plata en una excursión con jubilados de la UOM. Los chistes, juegos y canciones de los ancianos tornaron insoportable el largo viaje hacia la costa. Don Aquiles, recitador y cantor de tangos, de gruesos lentes negros e inseparable bastón blanco, era la excepción. Sus poemas se me grabaron a fuego. El no vidente supo tallar en mi alma con el punzón de su emoción algunas estrofas para toda la vida.

"Necesito del mar porque me enseña/ no sé si aprendo música o conciencia/ no sé si es ola sola o ser profundo..." Al llegar al hotel tiré mi bolso sobre una montaña de maletas y corrí las siete cuadras que me separaban de la playa. Grité al enfrentarme con la inmensidad. No volví a ser el mismo. Algo dentro de mí se modificó para siempre. Una tarde de excursión por La Perla, a la entrada del balneario Alfonsina, el invidente me pidió que lo acompañara hasta la orilla. Con su mano izquierda sobre mi hombro derecho me convertí en su lazarillo abriéndome camino por la arena caliente. Con el agua a la altura de nuestros tobillos, Aquiles se quitó las gafas como esperando un milagro, mis ojos se fijaron en su mirada vacía. Después de un largo silencio, mi compañero de viaje se confesó en voz alta: "Te he buscado en el cuerpo de mi amada, en la sal del pan, en el canto del viento, pero fue siempre inútil, me declaro completamente ciego sólo frente a ti". Disfruté mientras pude sus olas en otras latitudes, en ocasiones lo nadé y hasta me atreví a bucearlo. Después de muchos veranos, en los umbrales de mi jubilación, volví a la ciudad feliz integrando un contingente de la tercera edad. Rodeado de gente envejecida por el afán de vivir más tiempo, muy cerca de la sabiduría, regalando energía armoniosa mediante serenas conversaciones, el viaje me pareció corto y placentero. La suerte quiso que el alojamiento estuviera a escasos metros de la playa que conmemora a la poetisa argentina. Apoyé mi valija en recepción y caminé despacio hacia la playa. Me paré frente a la inconciencia del mundo con la misma emoción de siempre. Recité contra el viento el poema El mar, de Pablo Neruda. Me dejé llevar por la marea alta de mis recuerdos. Mantuve los ojos cerrados el mayor tiempo posible. Al abrirlos, di gracias a la vida por permitirme mirar la maravilla. Lloré de pena no sólo por los no videntes, también por los ciegos de mar. Por todos aquellos, mujeres y hombres de tierra adentro, que sin saberlo aguardan el momento de encontrarse frente a frente con la vida misma. Mientras tanto, el mar los espera en movimiento, impaciente y altivo con su eterna vocación de revolucionarlos.

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