CONTRATAPA

De la vida académica

 Por Alberto Giordano

A las 9, reunión del Comité Académico de la Maestría en Psicoanálisis. Llego temprano. Me recibe Carlos, exultante, como recién salido de la cancha. Para no demorar la satisfacción, le pregunto si festejó mucho. "Muchísimo. Al final derrapé. Cuando llegamos a casa, bajé la persiana y puse la marcha bien fuerte. Tuvo que venir el portero a avisarme que en la vereda de enfrente se habían juntado unos pechos y estaban por apedrear el balcón." Dijo "unos pechos", él, que tiene una de las lenguas teóricas más sofisticadas de la ciudad. Le pregunto si no lo intranquiliza la posibilidad de que los pacientes se enteren de su desequilibrio. Me mira con cara de no entender cuál sería el problema. No se me había ocurrido: el relato de sus excesos debe responder a una intensión publicitaria, está dirigido a los compañeros de parcialidad, que son mayoría, según se dice. Lo imagino en la cancha, repartiendo tarjetas: "Carlos Kuri. Clínica (del) canalla" (cuando uno está entre psicoanalistas, el uso de los paréntesis, para indicar la posibilidad de una doble lectura, es de rigor). La plata que habrá hecho unos años atrás.

Enseguida llegan los otros miembros del Comité. De la conversación previa retengo una inquietud y una perplejidad compartidas. Silvia comenta que la llamó una ex﷓paciente, desde Houston, para que le recomiende un colega. Conmovida, tendió una red amplia de contactos, entre Rosario y Nueva York, pasando por México y Miami, pero no consiguió ningún nombre. ¿Habrá psicoanalista en Texas? "Un psicoanalista en Texas -dice Martina-, parece el título de una película argentina". Bromas sobre quién podría protagonizarla. Aldo avisa que se tiene que ir rápido. Murió la madre del esposo de una amiga y lo esperan en el velorio. La mujer, de noventa y siete años, vino a morir justo el día en que cumple años la amiga de Aldo, la que fue su nuera. Bromas sobre los poderes de la anciana. Se interrumpen cuando Aldo comenta la aflicción del huérfano: confiaba en que la madre llegaría a los cien años, no pudo ser, le cuesta resignarse. Intercambio generalizado de miradas suspicaces, del que participo para no sentirme extranjero (cuando uno está entre psicoanalistas, los intercambios de miradas suspicaces con alusiones a conflictos infantiles no resueltos son de rigor).

Revisión de programas. Firma de expedientes. Después, la reunión se centra y se tensiona: la monografía que un estudiante presentó para aprobar un seminario reproduce, desde el título al punto final, el texto de una publicación que circula por internet, firmada por otro autor. El profesor que advirtió el plagio lo comunica a través de una carta. La situación es grave, debemos responder. Intervengo con impasible benevolencia: que el inculpado pierda la regularidad y curse de nuevo el seminario. ¿En qué estoy pensando? Alguien, con mayor sentido de la justicia académica, advierte que no se trata de dar otra oportunidad, sino de establecer un castigo. Hay reglamentos y antecedentes que empujan a la sanción. Soy de la idea de que, habiendo perdido la dignidad (¿pero a quién no le ocurrió alguna vez?) el inculpado no tiene, querría que no tenga, nada más que perder. Guardo silencio, aunque la deliberación se prolonga. No necesito ir a análisis para revivir un recuerdo de la temprana adolescencia que acaso explique mi tolerancia. A los doce años quería ser periodista de automovilismo, igual que un primo bastante mayor, Aníbal, que había elegido como maestro de vida. Para impresionarlo, escribí una crónica del accidente en el que murió nuestro admirado Jochen Rindt, en setiembre de 1970, cuando estrelló el Lotus 72 ﷓éramos fanáticos de Lotus﷓ en una curva del autódromo de Monza (Rindt se iba a convertir en campeón mundial "post mortem": lo recuerdo, todavía emocionado). Anibal me llamó para felicitarme: había recibido la carta, leyó la nota y le gustó, sobre todo el título. Para alagarme, fingió la posibilidad de publicarla en el diario de Rufino. Lo tomé en serio: sentí que se abría el piso. Si la publicaban, alguien (mamá, sin ir más lejos), se iba a enterar. El título de la crónica, "La muerte está contenta: se llevó al mejor", reproducía, sin señalar la fuente, el que habían usado en "Radiolandia" para despedir a Robert Taylor, "La muerte está contenta: se llevó al más lindo". Es la primera vez que lo cuento, después de haber escrito varios ensayos sobre lo confesional en las escrituras de sí mismo. Hace tiempo dejó de avergonzarme el plagio. Lo que todavía me inquieta es el gusto por la retórica sentimental.

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