CONTRATAPA

Toda una vida

 Por Dahiana Belfiori

Mirta se cambió el nombre cuando se fue de su casa a los 18 años. Justa era el que figuraba en el documento. Había terminado el magisterio y se había enamorado locamente de Antonio, un pescador, alto, morocho y con unos ojazos azules que la mareaban. Se conocieron en un baile en el pueblo de Entre Ríos donde Mirta vivía. Entre chamamé y chamamé y manos curtidas ﷓-que no dejaban de lado la delicadeza-﷓ y firmes en la cintura, no hizo falta mucho para convencerla de irse con él a vivir a la isla. Antonio tenía la conversación en la mirada. A Mirta se le ocurrían mil palabras por cada silencio que le adivinaba. El tenía la vista larga. Ella, la lengua suelta. Y con la largura y la soltura fue que se hicieron camino en medio del agua.

En aquellos tiempos sólo en el documento se diferenciaba a una niña de una adulta, si de cualquier modo las mujeres para algunas cosas eran niñas eternas, incapaces de pensar por sí mismas. Mirta lo sabía y dejó a Justa como un modo de abandonar la dependencia de la niñez. No era que el nombre no le gustara pero le recordaba su origen.

Una tarde de verano fue a visitar a su padre, ya viejo y al que nunca quiso. El se desahogó musitando el recuerdo de aquella india: tu madre era negra y sus ojos eran de miel. Fue todo lo que supo de su madre guaraní. La mujer de su padre, Clara, la crió como hija propia, la bautizó y la amó. Después de todo era su primera hija. Para Mirta, sin embargo, Justa era el nombre que tenía la marca del oprobio. Justo era entonces que eligiera el de la mujer que más había admirado en su vida, maestra, fuerte, aguerrida, que le había enseñado a plantarse y a sostenerse incluso en tierras pantanosas. Así, además, se la imaginaba a su madre.

Con Antonio levantaron la escuela. El siguió pescando, ella se dedicó por entero a la docencia. En menos de un año comenzaron a llegar niñas y niños de la zona. Eran de todas las edades y había que alfabetizar. Hubo que hacer doble turno para albergar a los treinta de la tarde y a los treinta de la mañana. Entre turno y turno Mirta preparaba un almuerzo suculento para todos. En los mismos tablones donde se aprendía a escribir, se comía. Los días eran largos en la isla y ella los estiraba preparando las clases durante la madrugada. Nunca dejó de trabajar, ni cuando tuvo una sola alumna, ni cuando el río se llevó la escuela. Entre todos armaron una flotante, un poco más espaciosa. Alrededor, Mirta limpió el terreno y armó una huerta. No puede decir cuándo, pero los hijos le fueron llegando. Tuvo tres y se les mezclaban con los niños y las niñas de la escuela.

En el medio de la isla el agua hacía su lugar. Lagunas de una quietud de no más de un metro de profundidad en las que proliferaban toda clase de plantas: jacintos, acordeones o repollitos y lechuguitas de agua; juncos; lirios amarillos. Pero los más bellos eran los irupés, con sus platos verdes enormes y brillantes y su flor con perfume de ananá. Mirta se acercaba con miedo a esa flor. Era peligroso andar a pie porque las víboras perseguían su manjar de ranas y anidaban allí. Pero era más fuerte la fascinación por la flor y la harina que de su fruto extraía. Cuando su primer nieto tenía la edad en la que se arman los recuerdos, iban juntos a despedir a Antonio que salía a pescar en el momento en que el sol mostraba su línea roja en el horizonte. Tomados de la mano, veían cómo la canoa se abría paso en el silencio del cemento verde. Para Mirta esa era una postal de la belleza. Y mientras la canoa se hacía un punto negro sobre la mancha naranja, le contaba a su nieto la leyenda del irupé. Mirando la flor, miraba a la madre que no conoció. La madre india, que su padre le había negado, renacía en su boca.

Con el tiempo aquellos niños y niñas que fueron sus alumnos volvieron a la escuela para agradecerle lo que había hecho por ellos. A sus casi 80 años, Mirta ya no vive en la isla. El cuerpo le dijo basta un buen día. Ahora la van a visitar en tierra firme. Algunos son docentes y dan clases en la misma escuela que Mirta levantó con sus manos. Raúl, uno de esos niños y actual maestro de la escuela, le pasa el mate caliente y le recuerda algo que él había presenciado y que ella había olvidado.

-﷓¿Se acuerda del día que vino Juana con una bataraza abajo del brazo? Era un regalo para usted Mirta, por no dejar que sus hijos se le murieran, eso dijo. Todos los que pasamos por la escuelita sentimos eso Mirta. Todos.

A Mirta se le escapan una lágrima y una sonrisa. Toda una vida justa para que no se muera la esperanza.

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Imagen: Andrés Ricchetti
 
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