CONTRATAPA

Don Juan Galli, el panadero

 Por Jorge Isaías

Algunas cosas que en aquel tiempo aprendimos nos sirvieron para siempre. Afilar con un cuchillo muy filoso una ramita de fresno hasta volverlo un palito en segundos, en pocos movimientos. Alguno de nosotros hacía una breve pilita en una esquina de la mesa, que luego abandonaba al primer pretexto. O el llamado de la madre para la merienda que se resolvía con un tazón de mate cocido y un pedazo grande de galleta criolla, obra de aquel gran panadero llamado Juan Crisóstomo Galli, o don Juan Galli a secas, como todo el mundo lo conocía y requería a ese hombre mayor que siempre vestía de blanco como correspondía a su oficio y que cubría su calva brillosa como una bola de billar con su boina negra y pelusienta. Con sus hermanos amasaba el pan a la madrugada y luego de dejarlo leudar algunas horas, ya armado, se sabía listo para meter en el horno calentado a leña. Sacada la primera hornada salía a repartir ese pan crocante con esa jardinera de grandes ruedas enllantadas con hierro que tiraba un viejo caballo moro, manso, tranquilo, que conocía tan bien el recorrido que hacían a diario y entonces se iba deteniendo en la puerta de cada cliente mientras el polvillo de esas calles de tierra era pisoteado por esos vasos herrados con primor por don Domingo Scarinci, herrero de primera, compadre de mi abuela y hombre de pocas pulgas.

Ese caballo que por fuerza de la costumbre se iba deteniendo mientras don Juan se iba por esa vereda alta, de ladrillos desparejos, con su canasta de mimbre bajo el brazo, rebosante de panes bien dorados y exquisitas factura que eran el manjar más preciado del pueblo, como esas largas jesuitas que iban como "yapa", para los niños interesados que se prestaban a recibir la orden del mandado que vendría con premio. El monto de ese alimento era anotado con minucia en esa libreta de tapas de hule negro, para ser abonado al fin de la cosecha. Don Juan escribía con letra parejita, clara, el contenido de las piezas y en números redonditos y perfectos. En cincuenta años nunca hubo una queja.

Charlaba atentamente con su vasta clientela y siempre tratando de pronunciar ese idioma que no conocía y que había aprendido leyendo libros y en el trato con sus vecinos.

Pero don Juan Galli no se conformaba con ser un correcto panadero y hacer de su oficio algo que perfeccionaba con los años y que era su orgullo. No. Además era un grande y atento lector que leía en el idioma del Dante y en el castellano que desconocía cuando llegó al país con veinte años de su Italia milenaria. También amaba la música y emprendió su aprendizaje cuando ya era un hombre muy mayor, como para acompañar su soltería y soledad, que había empezado en su juventud cuando falleció la muchacha criolla que ganó su corazón sin haber llegado a desposarla.

Era un hombre buenísimo, muy querido por todos en especial los niños. Era posiblemente un ser extraño, aislado en ese pueblo de gentes laboriosas y simples, que tal vez se acercaba a él ganada por su simpatía.

En mi memoria lo tengo clavado cuando subido al estribo de la jardinera de reparto me alcanzaba dulcemente esa "jesuita" cuya exquisitez me acompaña en los tiempos reales y duros que vivimos.

Mientras dos perros vagabundos se pelean en la cortada de gramilla que solamente pisaban las patas de su moro obediente y las llantas brillosa de su carro de reparto.

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