CONTRATAPA

Arquitectura del pubis

 Por Sonia Catela

La visita del amante de mi madre, del que una no sospecha su existencia, (por más que mami dé pistas, esos ridículos portaligas negros que usa y otras antiguallas inspiradas en sus modelos, las actrices de las películas de Retro, comehombres que tendrían cien años de romper las leyes biológicas y vivir aún, como Rita Hayworth), se descerraja a las siete de la mañana, eyaculada directamente desde el dormitorio de ella, "éste es Camilo", informa mamá, pero no levanto la vista hacia la masa corpulenta, sigo untando mi pan con manteca y siento que se corre una silla a mi izquierda, Lalito tampoco se da por aludido, "pasame la mermelada" solicita para no dirigirle la palabra al amante, y dado que mami ya agotó su función vital, la que merece un día de homenaje al año, el tercer domingo de octubre, e implica cumplir con la procreación de dos hijos, habiendo ella en consecuencia nacido, crecido y reproducido, kaput, finish, nada de veleidades o relaciones ¿pre? matrimoniales que le caducaron, no corresponden; "¿Café solo o con leche?" consulta desde la cocina a su hombre y su hombre estará desperezándose ya que no acaba de sentarse aunque rehúso observarle la cara porque no es una cara sino un pene y puesto que madre peina canas, (por más tinturas que las cubran) lo que significa, según mi abuela, ser llamada a sosiego, a un retiro decoroso y espiritual de hormonas, mami con sus amigas jubiladas y apelando cada cinco minutos a "te acordás de" en referencia a personas del siglo pasado, a hechos del siglo pasado, caudillos, acontecimientos, artistas de otra centuria, "negro, sin azúcar", pide la voz, una mujer así debería darse cuenta que no puede sentar a la mesa de las medialunas compradas en el mercadito de don Rodrigo, a un señor al que una reduce a un órgano ambulante y rampante, enhiesto y florecido, porque si "éste es Camilo" no pretenderá encajarlo en el casillero de padre sustituto o noviecito, Camilo no pasa de esa tripa que se expande en el espacio para ocupar un lugar en un orificio del cuerpo de mamá que peina canas, ahora la tripa corre la silla y se sienta, "qué sueño" acota, para que una piense: ¿tres veces? ¿cuatro? orgasmos que los mantuvieron en vilo; me asqueo, me acometen náuseas, qué decir de Lalito, mi hermano petrificado que huye "pierdo el ómnibus"; las mamis normales no tienen tipos cama adentro, ni enteran a sus hijos de sus affaires contra natura y va que el tipo sale con un "hola, Cecilia", saludándome, conociéndome, entonces lo miro, es el malentendido que una tenga una madre que peina canas y sirva a su hombre en la mesa recién salido del horno de los coitos para que el hombre me salude: "hola, Cecilia" y ponga en estado de atención a mi madre: "¿se conocen? ¿de dónde?", justo este hombre con el que hemos sido uno en la ciudad, en distintos puntos, parques, moteles, casas de amigos, y a quien hasta le he comentado facetas íntimas de mi madre, sin que ninguno de los dos imaginara que el malentendido nos cruzaría en circunstancias en que él, a medias sentado, siga "sí, conozco a Cecilia de por ahí", "ah, de por ahí" se desencaja mamá ya sufriendo por escuchar entre bambalinas: de moteles, parques, autos de por ahí, salidas que comienzan y cesan y no dejan nada, pero este hombre insiste, "pero dejé de verte en los sitios que frecuentabas, Cecilia ¿qué pasó Cecilia?", y desenvuelve el malentendido porque él no debió sentarse ante esta mesa, mucho menos para atormentar a mi madre que ya peina canas y conserva pocas

ilusiones y viene a tener la mala suerte de atravesarse justo con Camilo para meterlo en su lecho, malentendido de por medio, y él abrirá la boca y seguirá bombeando malestar, un intruso meterete, que se divierte con la situación de gallo en el gallinero. "No me acuerdo de usted, señor", a ver si se calma y así mamá suspende la tortura que ya le clava arrugas en la boca, en los ojos, en el entrecejo, "¿No te acordás de Rondinella?", insiste Camilo, jugueteando con el cuchillo, "¿Rondinella? ¿qué es eso?" replico; mi madre se halla al tanto de que yo frecuenté Rondinella, he hablado de los juegos de luces de la disco, de la selección musical, de las fiestas de chop, "los sábados, Cecilia, los sábados" y palmea mi brazo. Esto activa algún encolumnamiento de mamá que se lanza: "Pero ¿qué insinuás, qué te proponés?" lo increpa con todo puesto, acoplándose a la partida como mi compañera de juego y consciente de que el tipo se ajusta a la realidad de los hechos, aunque éstos la desbarranquen a una situación de sufrimiento, parques, asientos traseros de autos, moteles. El no se priva: "Cecilia y yo nos frecuentamos. No sé cuál será la interna entre ustedes, pero lo que pasó, pasó", "si mi hija dijo que no te conoce, no te

conoce, y si no sabés ocupar tu lugar, mejor mandate a mudar de aquí" se sulfura mi madre como si se apoyara en una verdad, pero cuarteándose entera, arrugándose completa, otra vez vieja, contando en meses el tiempo que le falta para la jubilación, fichando con la ginecóloga la cita para el refuerzo de estrógenos, a ver si por un rato le cierra la puerta a la menopausia que avanza, reviviendo en Retro, con las amigas, aquellos pic nis de primavera de los 70, o batallas que nadie entiende, doctrinas de la seguridad nacional y otras tristezas, "así que debo ocupar mi lugar" larga su risita el tipo y tira la servilleta contra el mantel, "con que ésta era la Federica de la que me hablabas, Cecilia, Federica, tu mami". Ahora dirime su propio papel, ¿con qué palabras lo describiría este Camilo? porque si se "volteó" (diría él) a madre e hija no tiene por qué marcharse con el rabo entre las patas ¿estamos? Arroja la servilleta y hace su mutis triunfal. Derrumbada en la mesa, mi madre alza la mano "de todos modos, Cecilia, no era el hombre de mi vida, no te aflijas" aunque en este momento sienta que sí, que era el hombre de su vida, y probablemente lo fuera, tan en el límite se halla ella, tan arrinconada por el tiempo que la aplasta de atrás y la apremia adelante, "Hay que ir a trabajar" recaba, "se hace tarde", pero no nos movemos, cabezas gachas, presas del desgano que deja cualquier paliza. Mi madre me pasa un cigarrillo. Fumamos y sus años se cuentan a sí mismos, algo más de cincuenta, aquí dentro, flashes de velitas apagándose, gobiernos cayendo, rupturas familiares, catástrofes, nacimientos y muertes mientras la ceniza de nuestros cigarros se desgrana sobre todo ello, la vida venteándose, incinerada, al viento.

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