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En las jugueterías, las compras por el Día del Niño crecieron un 10,5 por ciento respecto del 2011. En Buenos Aires la mortalidad infantil creció un 25 por ciento.

Qué triste que para algunos festejar signifique comprar, que triste que para decir feliz día, muchos tengan que hacer colas en los super, y amontonarse en una juguetería, qué triste para todos los que no pueden enseñarle a sus hijos a amar sin algo material de por medio, qué triste que se quiera demostrar más amor, a través de más juguetes.

Qué triste que algunos tengan diez juguetes y otros no tengan nada, eso es lo más triste, eso es lo que más tristeza da. Sí, repetí la palabra triste como 20 veces en una oración. Pero es muy triste que algunos se hayan olvidado que hoy, hay millones de chicos en las calles. Que mientras algunos gastan todo el dinero que llevan el bolsillo en juguetes para sus allegados, olvidan a sus otros hermanos, los que están ahí en la calle, y ni siquiera, al menos, compran un juguete para esos, ni siquiera dedican un pensamiento, absolutamente nada.

Veo a mi hermanito correr por casa, jugar con sus juguetes, divertirse, y no puedo olvidarme la cara de mis otros hermanitos, los que duermen en las villas, o aún peor en las calles, no puedo dejar de recordar sus caras sucias, sus ropas desgreñadas, su pelo al azar, no puedo olvidarlo, no puedo ignorarlo, no puedo dejar de sentir opresión en mi pecho cuando pienso en ellos.

Es muy triste, que algunos se hayan olvidado de su existencia, es muy triste que algunos no hayan hecho nada por ellos, o dedicado un pensamiento al menos, un buen deseo, es triste que algunos limiten su amor, es muy triste que muchos todavía no hayan entendido que amar es la solución a tanto desprecio, miseria, pobreza. Es muy triste que muchos no hayan entendido que somos una sola cosa, que todos somos hermanos, y debemos asumir el compromiso de serlo. Es muy triste que muchos no hayan aprendido que la miseria de los alrededores representa la nuestra también.

Algún día, cuando todos entendamos esto, cuando aprendamos realmente de nuestras equivocaciones, cuando dejemos de actuar por miedo y nos entreguemos al amor, vamos a vivir en un mundo donde no se celebre bajo ninguna justificación la guerra, donde no haya que esconderse para hacer el amor, donde no sea tan común odiar a la luz del día y hacer el amor en la oscuridad. Cuando vivamos en ese mundo, no va a haber un sólo niño en la calle, ni uno solo.

Julieta Fernández

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