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Paradojas de un galardón

El Premio Nobel en otros tiempos era un reconocimiento a méritos académicos, a trayectorias de labores intelectuales, científicas, artísticas, etc. En el devenir de las últimas décadas este galardón que supo destacar a figuras como las de los escritores humanistas Anatole France, Thomas Mann, Gabriela Mistral, Albert Camus, Elías Canetti, José Saramago y de científicos abnegados como Luis Federico Leloir o César Milstein, ha ido cobrando una patética paradoja.

La Academia valoraba, siguiendo la original inspiración de Alfred Nobel (el inventor de la dinamita, quien instituyó el premio a instancias de su secretaria Bertha Kinsky von Suttner), los méritos de aquellas personas que desde sus saberes y tareas enaltecían a la especie humana, contribuyendo a mejorar la vida en sociedad.

La entrega del Nobel de la Paz al presidente de EEUU, quien entre otras cosas propició bombardeos en diversas latitudes, además de mantener intacto el centro de exterminio de Guantánamo y se ufanó de la ejecución de un líder islámico, evidencia toda una marca de época que deja al desnudo la hipocresía reinante en el sistema internacional.

Ahora, el otorgamiento a las autoridades de la Unión Europea, ámbito en el cual se están llevando a cabo políticas de pauperización masiva en países como Grecia, España, Italia y Portugal entre otros, viene a completar lo antedicho. En un país como España es de tal magnitud el proceso regresivo que los brutales recortes alcanzan a la salud y la educación públicas al punto tal que el rostro de la infancia se va asociando al rostro de la pobreza.

Esta maniobra de alto contenido mediático desgarra el velo que encubre a esta distinción que ya es comparable a un sarcasmo igualmente brutal al de los destinatarios del galardón nobélico.

Veamos sino que a la par se distinguió en el rubro literatura a un escritor chino que no emite juicio alguno en público acerca de la férrea censura imperante en su país, donde es claro que la persecución a los disidentes políticos está a la orden del día.

Resulta imposible en este presente no recordar las señeras palabras de Walter Benjamin en una de sus tesis sobre la filosofía de la historia acerca de que todo documento de civilización es a la vez un documento de la barbarie.

Carlos A. Solero

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