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Alegría

Auguran devolver la alegría a los santafecinos. ¿Acaso la perdimos? ¿La verdad? Creo que sí. Y hace mucho, mucho tiempo. Quizás todo empezó cuando la inundación barrió la ciudad de Santa Fe, o cuando los hombres elegidos, en el nombre de la Constitución, tomaron la costumbre de cambiarse de bando en una suerte de traición a los sentimientos más puros conque se los había votado. Pero simultáneamente empezaron a ocurrir cosas muy positivas en nuestra ciudad de Rosario. Nació el HECA. Sus profesionales lograron maravillas y la gente se murió menos. Después creció transformándose en unos de los hospitales públicos más importantes de la Argentina. Lo recalco por esta cosa de que cuando algo es cotidiano lo perdemos un poco de vista. Y Rosario se volvió turística por bella, en muchos espacios. Se abrió el Scalabrini Ortiz y se transformó a lo largo de su recorrido en uno de los tantos pintorescos paseos rosarinos. Se creó la Calle Recreativa con 28 kilómetros de extensión, la Maternidad Martin, el CEMAR. Los galpones viejos del ferrocarril se transformaron en creaciones nuevas para la inclusión de niños y jóvenes, fundamentalmente. Aparecieron los feriantes. El deporte y la recreación llegó a todos los barrios. Se construyeron viviendas, se remodelaron algunos Fonavi. El ingreso fue irrestricto en Universidades importantes. Pese a lo que menciono y a tantas otras cosas que no recuerdo, continuamos perdiendo la alegría. Porque poco a poco Rosario se llenó de bunkers de venta de droga, instalando una delincuencia multitudinaria que perdió hasta los códigos que conservaban en otros tiempos. Y vimos y seguimos viendo morir jóvenes, niños, robos, entraderas, violaciones, mujeres golpeadas, secuestros virtuales, asaltos. Armas, muchas armas. Aquel policía que otrora daba seguridad, ahora asusta. No sabemos quién es quién. Y fue así, creo, que la sociedad en su conjunto se encrespó, atacada por tanta violencia. Y ella misma se volvió violenta, intolerante. Sí. Se perdió la alegría, porque nadie ríe cuando las miserias aumentan, tampoco cuando se vive entre rejas o se habita un barrio como Las Delicias (por citar el que más conozco) donde el agua es escasa, las zanjas y los mosquitos son compañeros inseparables y el mejorado que se hizo en las calles allá por los 80 está tan pero tan destruido que se vuelve intransitable. ¿Devolver la alegría? Devolver la alegría no es un chiste. Me gustaría saber cómo piensan hacerlo, porque considero que es una ardua tarea de años, solo para entendidos, aguerridos y competentes.

Edith Michelotti

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