SOCIEDAD › PELO DURO SABE QUE SU REPUTACIóN ES PéSIMA EN REPúBLICA DE LA SEXTA, PERO ES CONSCIENTE DE QUE ES CASI UN íCONO PARA CHICOS DEL BARRIO.

"A mí la fama me hizo mal"

 Por Alicia Simeoni

El reclamo por la inseguridad es una fuerte demanda de la sociedad, casi siempre referida a los hechos callejeros. Cuando se piden más cárceles y represión no hay referencia a otros delitos, planificados, sofisticados, para los que se necesitan organizaciones y estructuras acordes. Y cuando los vecinos de un barrio piden medidas que tienen que ver con la seguridad cotidiana, es frecuente que sostengan expresiones que no guardan anclaje con las raíces del problema. Así se señala con ensañamiento a adolescentes y jóvenes cuyo origen social se corresponde con la mayor exclusión. No se reclama por inclusión, por la más justa distribución de la riqueza, ni por educación, salud y vivienda como para que no existan -o cada vez sean menos-, quienes actúan en compulsión a partir de proyectos de muerte, sin ninguna expectativa que los conecte a la vida. En ese camino dañan y se dañan. Rosario/12 ofrece desde hoy una serie de notas con historias de vida de algunos actores y protagonistas de esa 'inseguridad'. Ellos muestran su rostro de victimarios, pero mucho antes y desde siempre han sido víctimas. La opinión de quienes trabajan por los derechos de la niñez y la adolescencia y por el cumplimiento de las leyes que los protegen, porque al cumplirse las normas se aportaría a la cobertura de todo el entramado social cuya participación activa, con una visión clara y solidaria del problema es el nudo central para una sociedad en la que valgan todas las vidas. El Estado, si se hace historia, violó de manera permanente esa premisa.

"A mi la fama me hizo mal... Y las drogas, que son las que me traen acá. Por eso quiero una oportunidad para dejar de consumir, pido que me ayuden y si yo salgo puedo ayudar a muchos otros. Me gustaría que si hablan de mí digan 'Pelo se recuperó, está bien, trabaja y cuida a su hijo'". Carlos Fernández, 22 años, a quien se conoce como Pelo Duro -un apodo que remite a una anécdota del entorno familiar, cuando otro chico le pegó un chicle en su cabello-, está sentado a uno de los lados del viejo escritorio de chapa ubicado en el centro de una gran habitación, la cocina de la seccional 4ª de policía ubicada en La Paz entre 1º de Mayo y Alem, en Rosario. Ese es el lugar que después de muchos trámites se asignó en respuesta a esta cronista que pidió verlo. A poca distancia, una mujer uniformada lava algunas tazas y mira de reojo. Vigila aunque no tiene asignada esa tarea. Un poco más lejos, en la entrada a esa cocina, en el que es el cuarto contiguo a la guardia, tres hombres, de a rato dos, son los encargados de 'Pelo'. Hay una mirada común entre ellos, algo así como ¡'mirá a este chorro'! Pelo Duro está esposado, y con sus brazos sobre el viejo mueble. No es muy alto, pero creció desde los 17 cuando Rosario/12 lo vio por primera vez en el Instituto de Rehabilitación del Adolescente Rosario (IRAR), aunque parece más golpeado y por momentos, reflexivo.

C.F. sabe que su fama es pésima en República de la Sexta donde vive, pero también es consciente de que es casi un ícono para chicos del barrio que desean emularlo como una forma de lograr algunas de las cosas que hacen a una búsqueda de identidad, entre ellas el par de zapatillas o la gorra de marca deportiva. ¿Y por qué no deberían desear esos bienes que otorgan un espacio y una sensación de pertenencia? Sin las generalizaciones de consignas que colocan a pobres y excluidos en el lugar del delito, es útil recordar algunos datos recogidos en un muestreo realizado por el equipo compuesto por la abogada María Juliana Girolimo, la médica Ivana Lamboglia, la psicóloga María Dolores Martínez, la trabajadora social María Jimena Staurini y quien es acompañante juvenil en el IRAR, Mauro Testa.

El trabajo citado llevó por título "Uso y abuso de drogas-Abordajes en salud en lugares de encierro", entre el lapso de enero y junio de 2010 en el IRAR y en la Colonia Psiquiátrica "Dr. Abelardo Irigoyen Freyre de la cercana localidad de Oliveros. El promedio de edad de los varones alojados en el IRAR, una institución total, era de 16,6 años. Allí ingresa la franja etárea que va de los 16 a los 18. En cuanto al lugar de residencia de quienes fueron derivados por la orden de un juzgado de Menores, el resultado es más que contundente: el 94 por ciento vive en los barrios periféricos -villas, asentamientos-, en Rosario o en ciudades o localidades más o menos cercanas. Por otra parte el 83 por ciento de los chicos no concluyó la educación primaria, mientras que el 17 por ciento no terminó la secundaria.

"Puedo ayudar a muchos"

Carlos Fernández sabe que tiene alguna condición de líder. Pero en el momento en que lo reconoce también se muestra impotente, inerme hacia el barrio en el que conoce los puestos de venta de distintas sustancias y donde se reúne con amigos en parecida situación. Es esa dualidad la que lo lleva a pedir ayuda para superar su adicción, por una parte, y decir al mismo tiempo: "Corte que... (un modismo por el 'ya está' o 'ya fue') yo podría ayudar a otros, a muchos otros a salir de esto".

La habitación de la comisaría es lúgubre como el resto de la vieja construcción. Por uno de los costados se accede a un baño de donde sale un fuerte olor a orín. Afuera hay muchas mujeres, es día de visita femenina y ellas nunca abandonan a sus familiares presos. A veces los detenidos se preparan para la visita y no va nadie. Quien más va a ver a Pelo es su madre, M. una mujer trabajadora que sigue viviendo con sus otros hijos y su marido en la vivienda de la Sexta. Allí, cada día amanece entre chapas, maderas y cartones, entre mucho barro en este tiempo en que llueve mucho. Perros y gallinas chapalean y hacen un 'pisadero' alrededor de la casa.

Carlos Fernández recuerda que comenzó a fumar marihuana en el baño de la escuela primaria a la que asistía, la Juana Elena Blanco. Los problemas de conducta estuvieron casi siempre. Repitió, según el dice, cinco veces el 4º grado hasta que lo echaron y llegó hasta 6º en otro establecimiento. Vivía con su madre y sus varios hermanos a quienes cuidaba cuando ella iba a trabajar. Ahora desliza que "si dejo la droga hasta podría estudiar. Quiero esa oportunidad, a veces pienso en poder irme lejos porque allí, en el barrio, conozco todo". Esta cronista piensa que lo que no conoce es La Siberia, el nombre que hace mucho tiempo se le dio al Centro Universitario Rosario, casi pegado al pasillo con basura en el que vive Pelo cuando no está preso. Muchos estudiantes y docentes lo reconocieron cuando han sido víctimas de robo en la zona. El saber de las facultades de Arquitectura, Ciencia Política, Ingeniería, Psicología y Música no lo roza siquiera. Ese es un territorio extraño para él, nunca pudo sentarse a una de las sillas con pupitres. Algunos estudios que se le hicieron cuando fue el momento del grupo de acompañamiento-estaba a disposición del entonces juez de Menores Juan José Carmona-, determinaron que tiene dificultades para realizar operaciones que requieran de la abstracción, no escribe en manuscrita sino con algunas dificultades en letra de imprenta.

Hasta hace un mes atrás Carlos Fernández tenía un trabajo. El no vive con la madre de su chico de 3 años, una joven que conoció a través de los alambrados mientras estaba en el IRAR y tenían salidas al patio. Con un salario en sus manos, cuenta, buscaba al niño: "Le compraba cosas, lo llevaba a pasear...Pero no quiero que me vea más aquí. Al final me pasé la mitad de mi vida encerrado". Del último delito que le fue imputado él dice que no recuerda nada. Había tomado varias -¿una tableta?-, de clonazepam de la marca comercial Rivotril. Hace un mes atrás murió su padre biológico "a quien nunca le importó si estaba vivo o muerto", dice. Está enojado, muy enojado y a la vez tuvo otra noticia que lo desequilibró: su padrastro, una persona a la que quiere mucho, está enfermo de gravedad. Así fue que un día salió de la casa en busca del Rivotril. El resto pertenece a la causa que investiga el juzgado de Instrucción 15ª y en el que lo patrocina el defensor público Oscar Loverse.

-¿Qué pasa cuando la gente pide que se baje la edad de imputabilidad a los 14 años y cuándo reclama más castigo para los jóvenes?

-Nada, lo de la edad no lo sé y en lo otro yo los entiendo. Tengo un hijo y no quiero que nadie le haga mal. (En ningún momento puede hacer un historial, una reflexión acerca de las razones que lo llevaron al lugar donde está. La condena que suponen pobreza y exclusión no entran en su vocabulario, pequeño y acotado).

-Ya hay un tiro en su pierna izquierda por lo que no puede jugar al fútbol. En cualquier momento otra bala puede ser mortal...

-Ya sé, pero no quiero morirme. Tengo un hijo y no quiero que le pase lo mismo que a mí, que no tuve a mi padre. Yo también tengo un chico y no quiero que le pase nada malo, por eso entiendo a los que tienen miedo.

Uno de los policías señala el reloj. Quedan 15 minutos. Pide que le lleve un libro. -¿Cuál? "De poesía, es para escribirle a A.", una chica menor de edad a quien sus padres no le firman la autorización para ir a verlo. Es su novia y Pelo dice que lo cuida mucho y que se enoja cuando él consume. Ya vienen sus custodios y lo llevan, apenas da la vuelta a la reja el penal estalla en aplausos. En ese círculo, Carlos Fernández, Pelo Duro, sigue siendo un personaje.

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Pelo Duro es uno de los delincuentes juveniles más conocidos de Rosario. Entra y salde la cárcel desde que tiene pocos años.
Imagen: Alberto Gentilcore
 
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