PSICOLOGíA › PERSONALIDAD Y TRASCENDENCIA, UN ANáLISIS SOBRE EL DESEO

Personas que no van más allá

De acuerdo a cómo se configura en el psiquismo la carencia estructural, en los primeros años de vida, hay personas que se sienten satisfechas, y no tienen grandes ambiciones. Hay otras que sienten la carencia y buscan trascender.

 Por Jorge Ballario*

El ser humano es alguien que a diferencia de los animales, posee una pulsión, o una especie de vocación -si se prefiere-, que lo impulsa a ir más allá de un hipotético umbral vinculado a la necesidades instintivas, propias del mundo animal, debido a que en los primeros años de su vida se va configurando en su psiquismo una carencia estructural, que con posterioridad, y sublimación mediante, lo empujará a desear y obtener objetos culturales gratificantes, espirituales o materiales, como un modo ilusorio de llenar esa carencia, insaciable por estructura.

Esa carencia original, que configura la estructura psíquica básica, es lo que causa el Deseo en el sujeto humano y lo mueve a la acción. Es a partir de esta dinámica psicológica, como se despliega la vida humana, tal como la conocemos, originándose en el hombre, la prosecución de fines culturales, que lo hacen trascender su naturaleza animal previa.

Todos somos carenciados estructurales, condición sin la cual no hay ser humano, entendido éste como sujeto bio﷓psico﷓socio﷓cultural. Aunque, hay que admitir que dicha frustración básica puede variar, entre ciertos límites, de un sujeto a otro, conforme a las vivencias, significaciones e historia singular de cada uno de ellos.

Haciendo un reduccionismo, podemos visualizar las conquistas humanas, como un interjuego psicológico entre la consistente sensación de carencia precoz profunda, y el habitual, y más o menos proporcional, impulso a compensarla; como así también, entre una carencia superficial o más actual, sufrida en etapas posteriores a la infancia, y el frecuente surgimiento de un afán reparador

A ciertos individuos, afectados mínimamente por esa universal carencia infantil, propongo llamarlos, paradójicamente, satisfechos estructurales.

Sintéticamente, la personalidad es el conjunto de características y cualidades constitutivas de cada persona, que las distinguen entre sí. Uno de los signos principales de satisfacción estructural es poseer una personalidad ideal, es decir una de esas personalidades carismáticas, abiertas y espontáneas, muy susceptibles al liderazgo, y que a casi todos le cae bien, y a su vez anhelan para sí. Sus portadores pueden ver enormemente facilitados sus proyectos. Empero, estas personalidades deseables, salvo honrosas excepciones, no se deben al mérito personal; por lo general, sus usufructuarios no hicieron mucho, por lo menos concientemente, para obtenerlas, y todavía no conocí a nadie que se anime a jactarse de su inconsciente. Además, poseen una contra fundamental: un impulso reducido para las grandes conquistas, dado que sus portadores son personas sin grandes ambiciones -aunque no lo aparenten- y proclives a regodearse con sus destrezas sociales y con su rico anecdotario personal, casi siempre fruto de lo que no les costó prácticamente nada obtener: su personalidad. Estos individuos, de cara al deseo humano de trascendencia, ni remotamente poseen el ímpetu de los que sufrieron la carencia estructural más elevada. Entre estos, también hallamos sujetos con personalidad ideal, con o sin sobreadaptación. En el caso del sobreadaptado, generalmente logra doblegar sus obstáculos psicológicos, pero con alto nivel de estrés, o con cargo al cuerpo; la hiperresponsabilidad que opera solapadamente en él, le genera alteraciones, disfunciones y/o enfermedades psicosomáticas. En cambio, el poseedor de una personalidad deseable, pero sin sobreadaptación, ni satisfacción estructural, es el mejor dotado de los tres, debido a que puede usufructuar de la misma, sin las contras de las otras dos opciones, si bien casi siempre, debe convivir, de alguna manera, con la conflictividad inherente a su elevada carencia estructural, y puede eventualmente aliviarla o compensarla, mediante sus conquistas y logros personales.

Hay que tener en cuenta que estas categorías nunca se dan de manera absoluta, siempre se hallan algo mezcladas, pero sabemos que es lo que predomina en un sujeto dado, lo que define la categoría en la cual lo incluiremos. Eso significa, por ejemplo, que un satisfecho estructural no es concretamente alguien con una imposibilidad total de trascender en su vida, sino alguien con cierto déficit en el impulso trascendente, aunque nunca definitivo, ya que puede potenciarse en él, por determinadas circunstancias -especialmente frente al sentimiento de pérdida de sus privilegios-, un genuino deseo de cambio, o de trascendencia, que lo impulse en esa inédita dirección. Es decir, un Satisfecho estructural puede, en su devenir afectivo, suplir su "satisfacción profunda" por una "carencia actual construida", que le active su deseo, ya que este sujeto no cuenta con el empuje necesario para metas trascendentes, y por ende, suele pasarse gran parte de su vida regodeándose con sus privilegios, o con sus facilitaciones estructurales, sin ir un poco más allá, en la búsqueda de conquistas que le signifiquen un esfuerzo real. Este tipo de individuos tienen mucha facilidad para generar expectativas, debido a su gran optimismo y entusiasmo vital. Son líderes naturales, pero difícilmente vayan a liderar algo trascendente, dado que carecen del impulso básico para ese menester. Desde este punto de vista son seres mediocres, aunque dicha mediocridad se halle velada por una investidura de personalidad altamente valorada por los que lo rodean. Es en la interacción con la gente en donde logran la elevada ponderación social de la que suelen gozar. De tal modo, perpetúan el clima idílico en el que crecieron. Esencialmente, esa es su máxima aspiración.

*Psicólogo, psicoanalista, escritor. Fragmento de su último artículo titulado "Personalidad, trascendencia y mérito". El texto completo se encuentra en www.jorgeballario.com.ar

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Los satisfechos estructurales son, por lo general, mediocres.
 
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