OPINIóN › A 30 AÑOS DEL GOLPE

Naranjo en flor

 Por Fernanda González Cortiñas

Del 24 de marzo de 1976 no recuerdo nada.

Tenía seis años, casi la misma edad que tiene mi hijo, que ahora hace la tarea en la mesa de la cocina.

Haciendo un esfuerzo aparecen algunas imágenes que, seguramente, mi madre ha reconstruido para mí en alguna ocasión especial.

Mi viejo que me lleva caminando al colegio y una mujer que lo cruza y lo interpela: "¿Usted lleva a la nena a la escuela? No, hoy no hay clase. Anoche hubo Golpe". Lo demás, aún para ella, se hunde en la neblina del tiempo, en las amables aguas de una premeditada laguna.

Del Golpe recuerdo sí lo que vino después; para muchos argentinos, pero para mí en especial. Recuerdo la urgencia, la vida urgente y una soterrada e inexplicable sensación de clandestinidad: ese hablar rápido, quedo, encriptando figuras cotidianas por teléfono o por la calle, al cruzarse con amigos. Recuerdo el gesto helado de mis viejos al escuchar los comunicados, la tensión que generaba el informativo, algunos con las mismas voces que hasta hace no mucho todavía anunciaban el pronóstico para el fin de semana; la desesperada búsqueda de un nombre conocido en las páginas rojas del diario. Recuerdo --o me recuerdan-- las bizarras escenas que se empiezan a ver y a escuchar como cosa de todos los días, la ignominia del "algo habrán hecho" de los vecinos, y con eso recuerdo la decisión última de irse. Recuerdo las despedidas furtivas, los cambios de look inesperados, la improvisada feria americana que incluyó departamento, muebles, ropa, libros, juguetes.

Recuerdo el exilio. El viento helado del invierno mexicano tajeándome los cachetes porque había que andar con las ventanillas bajas para escuchar la voz de alto. Recuerdo las primeras casas, desiertas de muebles, de cuadros, de vajilla, de fotos. Las recomendaciones antes de salir a jugar. Recuerdo las cartas hechas trizas dentro de sobres prolijamente sellados con un orondo escudo militar por todo sello. Recuerdo las horas armándolas a fuerza de imaginación y cinta scotch, esperando una noticia fatal.

Recuerdo las visitas a la Villa Olímpica, búnker de argentinidad en donde, para no perder la costumbre, había que dejar el documento en la garita de ingreso. Recuerdo los relatos --sin anestesia ni versión para chicos--, de otros exiliados, argentinos, pero también uruguayos y chilenos, que me perseguirían en sueños durante muchos años --aún hoy suelen hacerlo--. Recuerdo los asados de refugiados, desbordantes de empanadas, tangos y muchas lágrimas. Recuerdo la muerte de mi abuelo, que llegó por carta.

Recuerdo a mi padre buscar yerba como quien busca hierba. Y recuerdo también una inmensa solidaridad; una rara pero cálida sensación de pertenencia que, ya de regreso, no volví a sentir. Después de todo, como dijo el poeta, partir es morir un poco. Siempre me pregunté cuánto muere el que parte dos veces. Seguramente más que el que muere una, pero menos, mucho menos, que el que se muere de veras, y en su tierra.

Recuerdo la parentela vieja de visita, contrabandeando obscenas cantidades de dulce de leche, Taragüí y bolsas de merchandising nacionalista: banderines y pins de "Las Malvinas son Argentinas". Pese a que los noticieros del mundo entero decían lo contrario, estábamos ganando. También recuerdo la sensación de vacío al regreso. Eso lo recuerdo mejor porque ya había cumplido quince, y duele más porque está más fresco. Pero probablemente sea materia para otro recuerdo.

Recuerdo gratamente algunos olores: mate cocido, chimichurri, Heno de Pravia. Y entre esos aromas, del patio se cuela el perfume del naranjo en flor que me trae de vuelta a la mesa de la cocina, donde mi chiquito intenta arrancarle una hache cursiva al cuaderno. Y de repente se me cruza una idea loca, absurda, una idea increíblemente estúpida: después de todo, yo también sería capaz de jugarme la vida por prometerle que mañana todo va a ser un poco mejor. E inmediatamente pienso: ¿y de qué diablos podría servirle un mundo mejor, si no estoy para mostrárselo?

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