OPINIóN › A 30 AÑOS DEL GOLPE

El último encuentro

 Por Juan Carlos Tizziani

Era un invierno crudo. Vivíamos frente a las Cuatro Vías, en el departamento de adelante, en un pasillo sin luces. Una típica casa chorizo de Santa Fe reciclada para estudiantes del interior. Esa madrugada, el Gordo llegaba desde Vera, nuestro pueblo. Eran más de las tres. Una sombra en la mitad del pasillo lo sobresaltó y lo empujó hacia atrás. El otro se quedó quieto. El Gordo respiró hondo, avanzó hacia la puerta y encendió la luz. Lo reconoció de inmediato. "¿Qué hacés acá?", le preguntó, medio asustado y sorprendido por el encuentro.

-Estoy de paso, acá al lado -le contestó.

El Gordo lo invitó a entrar. "Venite a tomar unos mates", le dijo. Quería saber qué hacía en Santa Fe. Pero él rechazó el convite, con evasivas. El Gordo supuso entonces que trabajaba de noche.

Al día siguiente, nos pasó la novedad. "En el departamento de al lado, vive Guillermo Perot", nos contó. Compartimos la sorpresa. Todos nos conocíamos desde chicos. El Gordo era amigo del barrio y yo su compañero de colegio: hicimos juntos toda la primaria en el Colegio Parroquial "San Juan Bautista", de Vera. Guillermo era uno de los mejores del grado, tenía buenas notas, aunque no tan altas como Pepelo o el Chino. Un poco patadura en el picado -en la canchita de los curas-, pero se las arreglaba bien a las piñas. El era el monaguillo más antiguo, el que tocaba la campanilla en la misa de las 6, antes de entrar a clases.

-Lo invité a tomar unos mates, pero me dijo que no podía -nos contó el Gordo.

-¿En qué anda? -preguntó Miguel.

-No sé, no me dijo.

Esperábamos verlo al día siguiente. O al otro día. Pero no lo vimos más. Nos quedamos con bronca porque ni siquiera nos saludó. El tiempo nos permitió repensar ese encuentro con el Gordo en ese pasillo sin luces: las pocas palabras, su apuro, su negativa a la ronda del mate. Quizás nos estaba protegiendo.

Hubiera sido lindo hablar de los días de la secundaria, cuando era uno de los líderes del movimiento juvenil. El siguió en el Colegio Parroquial, algunos nos pasamos al Nacional. Éramos más de cien, juntos ayudamos a construir una escuela en el barrio Itatí. Guillermo era incansable para cargar ladrillos en un acoplado, al lado del horno; el primero en bajarlos, en abrir cimientos. Después, vinieron los campamentos en la laguna El Cristal y en Espín, donde jugábamos a las cartas por cigarrillos Colmena, negros, sin filtro.

Ya en la Universidad estuvo un tiempo en Santa Fe, pero después se fue a Rosario. Alguien nos contó que se había casado, que tenía una hija, Guillermina. Guillermo era un militante, un hombre con convicciones, que estaba dispuesto a entregar su vida por una causa. Convertirlo hoy en víctima sería quitarle su identidad política. El era un militante montonero.

El 24 de marzo de 1976 nos estremeció el recuerdo de ese encuentro con el Gordo en el pasillo sin luces y su paso por el departamento de al lado. Con el tiempo nos enteramos que cayó la misma noche del golpe, en Rosario. Por ahí leí que lo llamaban "Perro", quizás un nombre de guerra, no lo sé. Y tampoco sé si es cierto. Para nosotros, era Guillermo. Es Guillermo.

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