OPINIóN › A 30 AÑOS DEL GOLPE

La casa tomada

 Por Sonia Catela

El 24 de marzo del 76 empieza en mi casa de Ceres, tres meses antes, de madrugada. Con el muchacho joven, moreno, de camisa blanca, revólver en alto, a la puerta de mi dormitorio. "La triple A" (flash mental), mientras, como en una comedia de locos, le exigía al tipo que se retirara, que debía vestirme en tanto suponía que podía huir por el patio. Habían tocado el timbre, plena noche, y ahí estaban, de cuerpo presente, los de la triple A. Aunque terminara siendo la policía, o la parapolicía, o los militares, o todos juntos, la casa tomada por ellos, la casa allanada, los placares desalojados, parvas de libros aquí y allá, y cuchillos levantando maderas en búsqueda de subversión, armas, "usted sabrá por qué estamos aquí". De ahí, al interrogatorio, una descubriendo que la ciudad entera ocupada, central telefónica, comisaría, ferrocarril, cuarenta viviendas violadas a patadas, nombres que al no tenerlos: "Te vamos a mandar a descular pingüinos a Trelew", cómo olvidar esas palabras y el destino que me auguraban, levantados todos los Catela, más otros, cargados como ganado en camiones militares hacia Santa Fe, en un trayecto que recolectó cautivos capturados en Tostado, en Rafaela, en la línea. Ahí abajo, sol rajante de mañana de verano, mi hija de seis años que levanta la mano y nos saluda, sola, en la Avenida de Mayo del pueblo de Ceres, sola, mano al aire, como en la peor película del peor gusto y sin embargo hace llorar, una y otra vez, ella y una calle desierta, negadora. En tanto, nosotros presos, apresados, revisados, fichados, de recién profesora arrogante a "usted sabrá por qué está aquí", las mujeres arrojadas en montón al Buen Pastor; mi marido, cuñados, resto de los hombres a una seccional santafesina. No todos volvimos de ese viaje. Lo supimos tiempo después. Y el 24 de marzo del 76, nosotros, los medio muertos sociales, los que ya masticábamos el gusto del terror, nos dijimos sin embargo, "y buéh, otra de militares". Habíamos resistido con Onganía, con Lonardi, con Aramburu, Lanusse, habíamos estado con los rosariazos y los cordobazos, de presencia física o apoyando. Nos hallábamos preparados, creímos; tan equivocados. Porque nos habían soltado de la cárcel pero a nuestro alrededor se alzaba el gigantesco campo de concentración. Donde tu vecino te denunciaba, y tu compañero de escuela participaba de la cacería, y tu alumno grababa tus clases y mandaba una carta anónima, y tu mejor amigo explicaba por qué debíamos dejar de frecuentarnos: el peligro, las malas épocas, y te citaban otra vez a la comisaría y vos alzabas dos tabletas de medicamentos y salías para allá ya se sabe cómo y a qué. El 24 de marzo del 76 pensamos "otra de militares", pero no arañamos siquiera la idea de que esta vez iban a dar vuelta el país como una tortilla, militares y asociados, y los de abajo quedarían aplastados para seguir estando aplastados, abajo, tres décadas después; de la mano de una revolución de pesadilla donde los muertos no acaban de contarse.

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