OPINIóN

Santa Cruz, diario de viaje

 Por Horacio Vargas

Desde Río Gallegos

Maestro. Parafraseando a William Shakespeare, algo huele mal en Río Gallegos. La cita tiene su lógica apenas el forastero pisa suelo santacruceño. Estoy en esta ciudad por motivos personales. He llegado hasta aquí como promotor del concierto de los pianistas Gerardo Gandini y Ernesto Jodos. Desde que llegamos, no se habla de otra cosa que de la crisis política que sacude a Santa Cruz.

-Maestro, ¿qué hace acá?- pregunta un muchacho joven en el bar del hotel donde nos hospedamos.

-Damos un concierto mañana a la noche-, afirma Gandini.

-¿Un concierto? ¡Con lo bravo que está la ciudad!- se preocupa el desconocido.

-No creo que vaya alguien a escucharnos - exagera el pianista.

-¡Qué lástima que no pueda ir a escucharlo! Yo vuelvo hoy a Buenos Aires -, dice el muchacho y se despide de nosotros.

Escrache. La ciudad está partida en dos. La confrontación social entre los propios vecinos es palpable en cada rincón de la ciudad.

-¡Afuera!, ¡afuera! ¡afuera!. El grito es monótono pero desesperante. Alrededor del bar donde estamos con los pianistas de Buenos Aires, a la espera de ir a cenar, comienzan a amontonarse decenas de manifestantes que vienen de participar de la marcha de protesta frente a la Casa de Gobierno, a 100 metros del hotel Santa Cruz. Han sido 20 mil almas en las calles cansadas de la hipocresías del poder político. Una cifra extraordinaria en esta ciudad. Un desprendimiento de gente apoya las ñatas contra el gran ventanal del bar. Miran con bronca a los parroquianos que toman cerveza en su interior y fuman en el mayor de los silencios y desinteresados de lo que pasa en las calles. Son, obvios, dirigentes y militantes peronistas que cargan con el cartel de oficialistas. Dialogan entre ellos. Sonríen nerviosos, cuando ven llegar a los bombos. El ruido se hace más fuerte. Llega más gente. El piquete gastronómico está en marcha.

-Acá todos se conocen-, simplifica uno.

-Esto se pudre en cualquier momento- digo, con decepción.

-No, me da la impresión que son respetuosos entre ellos- acota Jodos, el otro pianista. -Se va a pudrir si aparece la policía- acota, con razón.

Una chica joven se anima y entra al bar. Lleva puesta una pechera de color blanco. "Tengan dignidad, salgan", les exige a los hombres y mujeres que parecen parte de una patrulla perdida del peronismo en el sur. Los gritos que viene de afuera son más violentos. Los pibes golpean con dureza los vidrios del bar. Una mujer me mira a la distancia, me hace una seña, me ordena que deje la comodidad de la silla del bar y salga afuera. Cómo le explicó que soy un forastero. Un turista accidental.

El dueño del bar se impacienta. Presagia lo peor. La muchachada sigue allí, no importa el frío ni la indiferencia de los parroquianos del PJ. Una funcionaria de Educación está entre los parroquianos. El escrache entonces se hace más ostensible. Y tiene su efecto: todas las personas que ocupaban las mesas del fondo del bar se levantan de sus asientos, se paran y en fila india salen por una puerta lateral del bar, abucheados por los manifestantes, quienes les sacan fotos con sus celulares.

Paro. Una profesora de música, que nos asiste como cicerone en Río Gallegos, cuenta su experiencia: "Yo hice paro desde el primer día, después vi que la adhesión en mi lugar de trabajo no era tanta y, para no perjudicar a los alumnos de música, volví a dar clases. pero el límite fue la represión policial. Desde ese momento volví al paro".

Fuego. Sábado a la mañana. El sol cae a pleno sobre Río Gallegos. Los habitantes del lugar dicen que no es habitual un día bello así en el fin del mundo. En la esquina que rodea a la Casa de Gobierno, en pleno centro, se levantan llamas de fuego que salen de la profundidad de los tanques negros de petróleo. La madera alimenta el fuego y la protesta que emerge de cada voz que se escucha en las carpas allí levantadas. En esos fogones conviven maestros, obreros, municipales, estudiantes, con frazadas en sus rodillas, pancartas antikirchneristas hechas en la brevedad de la confrontación y una radio abierta que va narrando lo que la mayoría de los medios locales deciden ignorar.

Bocinazos. El forastero se sobresalta una, dos, tres veces, mientras recorre la ciudad en silencio. Al principio no le llamó la atención la insistencia de tanto bocinazo. Hasta que le encontró sentido a la protesta de tránsito. Grupos pequeños de efectivos de Gendarmería se instalan en esquinas estratégicas (la casa del presidente Kirchner, por ejemplo), vestidos de verde, con cascos, guantes. Son las "tortugas ninjas", según la definición popular.

Resulta que cada vez que pasa un auto, su conductor hace sonar su bocina frente a ellos. Es otra manera ingeniosa de protestar contra lo que llaman "ocupación militar" de Río Gallegos.

Pueblo. Sábado a la noche. Se aproxima el concierto de Gandini y Jodos en el Centro Cultural Santa Cruz. Cruzamos ironías sobre nuestro destino final, cuando nos descubran que estamos circulando en una camioneta oficial de la provincia. Un rato después, Gandini decidirá tocar "El pueblo unido (jamás será vencido)", una bella composición propia hecha para el documental de Pino Solanas, "La dignidad de los nadies", a modo de cierre del concierto y de nuestro paso por Santa Cruz.

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