LECTURAS

Esta boca es mía

Este relato pertenece al último libro de Reynaldo Sietecase, escritor y periodista que formó parte de la redacción de Rosario/12 durante muchos años. "Me preguntaron sobre el por qué estos cuentos tan crueles. En ese momento supe que no tenía una respuesta", dijo sobre Pendejos.

 Por Reynaldo Sietecase*

La operación no tiene ningún misterio. Hay que pasar el hilo de afuera hacia adentro atravesando el labio inferior y de adentro hacia afuera por el labio superior. Es como coser cualquier tela. Luego a las dos puntas se les da una vueltita o se las ata. Conviene suturar por la mucosa. Coser el interior de la boca es menos doloroso que perforar la piel. Tres puntos son suficientes. Uno sobre cada costado y el otro en el medio. Hay que dejar un espacio para que entre la bombilla del mate. Por esa vía se puede hidratar el cuerpo cuando pasen los días. Ahora bien, si la medida de protesta es extrema, lo mejor es dar cinco puntadas. Cinco puntadas o seis, y a otra cosa.

-Por fin tapaste la cloaca, pendejo.

-Con los labios así fruncidos, parecés un dibujito animado.

Eso le dicen los guardias a Ricardo Daniel Villegas, alias el Perro, diecisiete años recién cumplidos, cincuenta kilos distribuidos en un cuerpo largo y delgado.

-La próxima vez, si querés ver al juez, te vas a tener que zurcir el culo, maricón.

Eso le dicen los guardias. Y más. Cada dos o tres frases le sueltan un "negro de mierda", también. Como para que no olvide su origen ni su destino. Es curioso. Por el color de la piel, levemente aceitunada, los ojos marrones, el pelo negro y lacio, los tipos podrían ser sus primos. Parientes o no, lo insultan sin ninguna contemplación. Se burlan y golpean con sus bastones la puerta de la celda. No parecen impresionados por la decisión tomada por el Perro. Han visto el resultado de esa operación artesanal muchas veces. En la Casa de Piedra, la cárcel más violenta de la Argentina, se la conoce como la señal de los desesperados.

El chico permanece sentado en el piso. Mira a los guardiacárceles sin hacer el menor gesto. Sus labios sellados son una obviedad sanguinolenta.

Los fusila con los ojos. Desde niño, la mirada del Perro fue el mejor vehículo para su rencor. De esa manera, odiosa y desafiante, miró al presidente del Tribunal Penal de Menores que lo condenó a prisión perpetua por nueve delitos graves, entre ellos los asesinatos de un policía y de un repartidor de cerveza.

Reclusión perpetua. La frase le quedó sonando en la cabeza. A los miembros del juzgado no les importó su edad, su físico de alfeñique al que cualquiera se le animaría, el llanto de su madre en la sala de audiencias, los planteos de la defensa.

-Es inmaduro, con rasgos psicopáticos, impulsivo y agresivo. Es un poliadicto con baja tolerancia a la frustración. No se muestra arrepentido de sus actos. En pocos meses se ha convertido en el exponente más violento de una generación de delincuentes juveniles. Para garantizar la tranquilidad social y por su propio bien, es necesario mantenerlo alejado de la sociedad -había dicho el fiscal. Y otra vez la frase del juez rebotó en su cabeza como la piedra de un sonajero. Reclusión perpetua.

Al Perro no le gusta hablar de las dos muertes que carga. Las menciona como si le fueran ajenas. Lo del policía siempre lo rechazó de plano. "No fui yo quien disparó", repetía, con la mirada perdida. Sólo en confidencia y para sus íntimos, llegó a señalar al matador: Juan Simón. La Negra Simón era un rufián del barrio San Martín con el que alguna vez formaron equipo. A Simón le decían la Negra por el color de su piel y los rasgos finos de su cara. El cabello largo hasta la cintura, que solía acomodar en una trenza, proponía una ambigüedad sexual que se disipaba sólo al escucharlo hablar. La Negra tenía una voz áspera

que le otorgaba la masculinidad que le negaba su aspecto delicado. Además tenía un modo desalmado de actuar, era osado y violento.

La Negra y el Perro entraron al delito juntos y casi jugando. Desde los trece años rapiñaban comercios e inhalaban pegamento hasta caer desmayados. Entre los dos levantaban autos que terminaban desguazados y organizaban arrebatos en la peatonal mendocina. Nunca se separaban. Es difícil precisar por qué razón, apenas unos años después de aquellas aventuras, se convirtieron en enemigos acérrimos. Tal vez un vuelto mal repartido o la disputa por una mujer que no debieron compartir.

Con todo, el Perro nunca acusó a la Negra. "Que te encanen por uno o por dos muertes es la misma mierda", decía, para desesperación de su abogado.

Recordar el otro asesinato sí lo amargaba: "Lo del repartidor fue una boludez, el comienzo de mi desgracia", decía. La frase "el comienzo de mi desgracia", parecía salida de un culebrón mexicano. Pero en el caso de Villegas era una afirmación irrefutable. Cuando se arruinó con esa muerte, tenía quince años y todavía no le decían el Perro. El apodo vino después, cuando lo detuvieron por primera vez y casi le arranca un dedo a un policía con una dentellada furiosa.

El repartidor tenía veinticuatro años y dos hijos pequeños. Eso el Perro lo supo después, al otro día del robo. El diario decía que había empezado como ayudante en la distribuidora de bebidas, pero en apenas unos meses le habían dado un aumento y la conducción del camión de reparto. Lo que el Perro sí tenía bien estudiado era que dos veces por semana el tipo pasaba por el barrio justo a las tres de la tarde y paraba en el supermercado chino para entregar las botellas. Trabajaba solo. Estacionaba frente al local, bajaba de la cabina de un salto, descolgaba una pequeña carretilla y cargaba cuatro o cinco cajones con cerveza.

Casi siempre usaba una camisa azul y un pantalón vaquero muy gastado.

El Perro había controlado el tiempo. El tipo demoraba unos cuatro minutos entre que llevaba los cajones hasta el costado de las cajas registradoras, cobraba y volvía a salir con los envases vacíos. Además le habían dado un dato de oro. El flaco, aunque bajaba con una billetera que sobresalía del bolsillo delantero de su camisa, iba dejando la plata grande, los billetes de cien y de cincuenta, escondidos en la guantera del camión. Parece que tenía miedo de que lo afanaran adentro de algún boliche.

El Perro no dudó. Era pan comido. Sólo había que subirse al vehículo cuando el chofer bajara, abrir la guantera, levantar la plata y salir disparado en dirección a la villa. Para no compartir un botín tan dulce, no le dijo a la Negra que saldría a la pesca esa tarde. Además ya habían comenzado los cortocircuitos entre ellos, provocados por la muerte del policía, y la ruptura de la sociedad era inminente.

En general, el Perro se movía con una navaja. Un arma pequeña y fácil de ocultar debajo del cinturón o en las medias. La había heredado de su tío. El viejo la usaba para afeitarse y el Perro decía que la tenía siempre encima para afeitar a los giles. El que andaba siempre calzado era su compañero: la Negra prefería la ferretería.

Cosas del destino. Dos días antes del golpe al repartidor, al Perro le entregaron una Browning nueve milímetros que él mismo había mandado a

robar. Era su primera pistola de verdad. Una máquina tremenda a la que sólo podía dominar con las dos manos. Se pasó toda una tarde disparándole a cualquier cosa en una chacra abandonada, en las afueras de la ciudad. Era como tener un cañón justo al final del brazo. Aunque su puntería no era la mejor y todavía no se había acostumbrado a su peso, el día del robo decidió llevarla encima.

Todo pasó demasiado rápido. El tipo llegó al local y se bajó del camión como siempre. Viernes, hora de la siesta. En la calle no había nadie.

El Perro salió disparado en dirección al vehículo. Trepó a la cabina por la puerta del conductor como si fuera un gesto que hiciera todos los días. Abrió la guantera y no encontró más que una radio portátil, los documentos del auto, una libreta con el detalle del reparto y una estampita de San Cayetano que se guardó en el bolsillo de la camisa.

Siguió buscando durante unos segundos y nada. Comenzó a desesperarse. Revisó el cubresol y no encontró más que unos recibos de la patente. Estaba por bajarse con las manos vacías, cuando se le ocurrió fijarse debajo del asiento. Allí encontró el premio buscado: un sobre de papel madera con cuatro billetes de cien y uno de cincuenta. Esperaba un poco más, pero tampoco estaba mal. Se guardó los billetes y dejó el sobre en el lugar en que lo había encontrado. Cuando estaba por bajarse escuchó el grito:

-¡Dejá eso, hijo de puta!

Levantó la cabeza en el mismo momento en que el repartidor alcanzaba a abrir la puerta del acompañante con la cara desencajada por la bronca.

Mientras termina de sellarse los labios con cuidado de abuela, el Perro todavía se pregunta por qué no escapó. Con el buen tranco que tenía por entonces, nunca lo hubieran alcanzado. Es más, ahora recuerda que ni siquiera lo pensó. En ningún momento dudó sobre lo que tenía que hacer.

Sacó la nueve milímetros del bolsillo de la campera y apuntó. El flaco hizo una mueca extraña con la boca, también frunció un poco la nariz, tal vez intentó decir algo, pero no pudo. El disparo le impactó en el pecho. El cuerpo del repartidor voló hacia atrás y quedó tendido boca arriba en la vereda. El Perro ni lo miró, bajó del camión y se fue a la carrera. Lo último que escuchó fueron los gritos del chino. Pero al chino del mercado nunca se le entendía nada de lo que decía.

Con una aguja es más fácil. Se puede utilizar cualquier tipo de aguja. No hace falta asaltar la enfermería, con la ayuda de un familiar o de un amigo alcanza. ¿Quién no tiene una aguja en la casa? Sólo tienen que hacerla entrar al penal. Y si nadie te consigue una, la podés inventar. Se puede fabricar con cualquier pedacito de alambre. Hay que aplanarle la punta con algunos golpes y después, al extremo que quedó chato, le hacés un agujero con un clavo. Luego hay que limar otra vez el extremo aplanado para que recupere su forma original. Claro que ahora tendrá un ojo en el medio por donde pasar el hilo o el alambre.

El Perro se fugó una vez pero ahora es imposible. De la Casa de Piedra se sale por la puerta principal, ésa que tiene un cartel que dice Penitenciaría, o "con las patas para adelante". Eso cuentan los presos más antiguos y saben de qué hablan. En dos años, entre suicidios y asesinatos, murieron dieciséis reclusos. El penal fue construido en 1905 y está rodeado por un muro de piedra de 6 metros de alto por 70 centímetros de espesor.

El Perro se fugó una vez, pero de una comisaría, la 5ª. Todavía hoy algunos botones se lo quieren cobrar. Y se escapó sólo porque los policías mendocinos son como de película cómica. Lo habían detenido de una forma estúpida, en una razzia de rutina en un cabaret. Lo levantó una patrulla de Moralidad porque era menor. Cuando llegaron a la seccional y lo identificaron, los agentes se pusieron como locos. Al otro día, el jefe de la policía provincial llamó a una conferencia de prensa. "El delincuente juvenil más peligroso del país está preso. Fue detenido en un espectacular operativo de fuerzas combinadas", anunciaron por la tele.

Dos horas antes de la reunión de prensa que iba a garantizar por lo menos media docena de ascensos, el Perro se fugó de la comisaría de una manera insólita. Como no lo podían meter en el calabozo porque era menor de edad, lo dejaron esposado a un radiador de la calefacción. El Perro jugó con la cadena hasta que logró desengancharla de la estufa. Lo cierto es que cuando lo fueron a buscar para trasladarlo al Penal de Menores ya no estaba. Al comisario de la 5ª lo relevaron ese mismo día y hubo sumarios para todo el mundo. Nunca le perdonaron esa fuga.

El problema de las agujas caseras es que las heridas casi siempre se infectan. Por más que las laves siempre arrastran alguna porquería. Lo mejor es hervirlas o meterlas en lavandina. Pero a veces no se puede.

Por eso el Perro siempre la pasó muy mal adentro. Lo tenían confinado a una celda de 1,30 por 2 metros, con una ventanita desde donde sólo se podía ver un pedacito de cielo. Se quedaba allí adentro casi todo el día. Las dos veces que intentó salir al patio para fumar y caminar, otros presos lo agredieron. Primero fue una paliza y luego un puntazo en el estómago. Durante un tiempo estuvo cargando una bolsita con sus excrementos.

Su abogado defensor sospechaba de la policía, pero las autoridades del penal argumentaron que las peleas eran producto de algún ajuste de cuentas entre delincuentes. Decían que el Perro había robado a familiares de otros detenidos cuando estuvo libre. Que no tenía códigos.

Después lo pasaron a un pabellón de adultos. Fue una locura, allí no podía ni moverse. Desconfiaba de todo el mundo. Además los guardias no le respetaban la dieta ordenada por los médicos del hospital y se le agravaron los problemas intestinales. Salvo cuando había inspecciones y se esmeraban un poco, la comida era un asco. El Perro contó que una vez encontró la cabeza de una rata en el guiso. En tres meses bajó diez kilos.

Cuando se tienen agujas de verdad, se puede utilizar cualquier tipo de hilo. Puede ser de nailon o de envolver. Lo ideal es contar con hilo de sutura médica. En estos casos ni siquiera quedan cicatrices. Pero lo ideal no existe en la cárcel. Cuando no hay hilo, lo que funciona bien es el alambre finito de las escobas.

Sus familiares pidieron el traslado inmediato, pero nadie los escuchó. A sugerencia del abogado, el Perro mandó cartas a la prensa y exigió ver al juez. Ricardo Daniel Villegas nunca en su vida había pedido nada, pero esa vez rogó por su suerte. "Señor juez, si me deja acá adentro me

van a matar", explicó. Ante el silencio de la justicia y por consejo de Juan Fortuna, el único preso de los viejos con el que hablaba, decidió comenzar con la huelga de hambre que lo llevó a la enfermería.

-Esta boca es mía y hago lo que quiero -le dijo al médico-. Si total no me dejan hablar. No puedo defenderme. Cuando grito nadie me da bola...

-Pensalo bien, no hagás una tontería, pibe. Esas cosas terminan mal, te vas a infectar...

-Yo ya estoy infectado, tordo. De chiquito estoy infectado.

El doctor Raúl Bortoloni trabaja con presos desde hace veinte años. "Soy conserje sanitario en el infierno", suele afirmar. Dice que está

más curtido que muchos de los condenados a los que atiende. Sin embargo, ese día sintió una pena profunda por ese chico que lloraba sentado en la

camilla de la enfermería. Asegura que trató de disuadirlo, pero fue en vano.

Cuando lo ves, es impresionante pero te aseguro que no duele. Te juro que no duele. Más duele el alma por el encierro, más duelen las humillaciones de cada día, los recuerdos de la infancia, las vejaciones

a las que te someten los guardias. La aguja no duele. Y si lo hacés con cuidado, los labios ni siquiera sangran.

Diez días estuvo el Perro con la boca cosida y sin comer. Parecía que tenía los huesos dibujados en la piel. Para peor, la huelga fue un fracaso. El juez se negó a darle una audiencia y la prensa no publicó una sola línea sobre la protesta. No consiguió nada. Nada de nada, salvo otra temporada en el hospital.

-No aceptamos presiones. Yo acá vi de todo. A veces se ponen como locos y hacen barbaridades: se tragan hojitas de afeitar, se inyectan mierda en los pulmones, se cortan los brazos y se cosen la boca. Si les damos bola es peor, porque después hacen algo más grave para llamar la atención y pueden terminar mal. Y antes que nada, señora Villegas, nosotros tenemos que preservar la vida de los detenidos.

Marcelo Pando, el director del penal, fue el encargado de explicarle la situación a Cristina, la mamá del Perro. Cuando se enteró de la huelga,

la mujer lo esperó dieciocho horas en la puerta del penal hasta que aceptó recibirla.

Cerrarse la boca es como cerrar el corazón. Hay que saber en qué momento hacerlo. Cuando no te queda ninguna esperanza, cuando no te queda ni

la más remota posibilidad de una salida. Entonces sí. Cuando volvió a su celda, después de un mes en el hospital, el Perro era un espectro. Caminaba muy lentamente. En el cuello llevaba un rosario blanco, de plástico, en lugar del colgante tumbero que se había hecho con el cráneo de la rata. Ni la noticia de que su caso iba a ser revisado por la Corte Interamericana de Derechos Humanos logró insuflarle algo de alegría.

Por la noche le pidió al oficial de turno que le devolvieran sus cosas. Se las habían sacado mientras estaba internado. No era casi nada: una

cadenita de plata con una cruz de Caravaca, que según decía tenía el poder de librarlo de las balas y de todo mal; un llaverito con la cara de Maradona y una fotografía donde estaba junto a su mamá. La foto era lo que más le interesaba: su madre estaba hermosa, tenía un vestido floreado y el pelo recogido; ella lo miraba con una sonrisa, mientras él, muy serio, miraba hacia la cámara. Le costaba reconocerse en ese niño con delantal blanco, temeroso, parado junto a la puerta de la escuela municipal a la que concurrió apenas cuatro años. De todos modos adoraba esa imagen, era como la pista de una vida que podía haber sido y se esfumó.

Pateó la puerta con las fuerzas que le quedaban. Como no le dieron bola, se puso como un loco.

-No jodas más, las cosas te las hizo alguno de tus compañeros -le gritó el guardia.

Desde las celdas cercanas lo escucharon insultar hasta muy entrada la madrugada.

Por la mañana, con la primera requisa de rutina, el cuerpo flaquito de Ricardo Daniel Villegas apareció colgado de los barrotes de la pequeña

ventana de la celda. Tenía un cinturón anudado al cuello.

Juan Fortuna estaba convencido de que lo habían matado. "De dónde iba a sacar el pibe un cinturón", protestó. Y lo callaron de un bastonazo.

El oficial que bajó el cuerpo dijo que había que alegrarse: que muerto el perro se acabó la rabia.

* Cuento publicado en el libro "Pendejos" (Alfaguara, 2007)

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