LECTURAS

Ayer

 Por Francisco Pavanetto

Voy entrando. Mi hermanastra mira el televisor a treinta centímetros de la pantalla. Esquivo una estúpida máquina multimuscular sprayette que aceptó mi viejo como forma de pago por lograr que un ex amigo no termine en la cárcel por pederasta. Esquivo una mesa cargada de cajas con remeras para estampar, finalmente la esquivo a ella. Esquivo su mano olor y color nicotina que sostiene una colilla de cigarrillo siempre mal apagado.

Tuve que matar al gato, dice.

Me freno en mitad de escalera. No levanta la vista del televisor y no consigo distinguir en su insoportable timbre si es que lee estúpidamente un título del noticiero o si se trata de una producción de pensamiento original.

¿Cómo que mataste al gato?

Lleva la mano nicotina a la boca y succiona la colilla extinta. Consigue inhalar parte del filtro o de su uña, no distingo donde comienza su humanidad mucho menos donde termina. Satisfecha exhala entrecerrando los ojos. Las volutas son tan densas como un puré. Repite estúpidamente: al gato.

¿Cual de los dos? Pregunto y caigo en cuenta de que estoy sosteniendo una conversación.

El blanco -dice, y la noto perturbada.

¿Vos lo mataste?, le torciste el cuello?

Hacía días que no comía y se quedaba echado sin poder levantarse. Estaba sufriendo. El veterinario me dijo que padecía algo así como incontinencia interna, se cagaba adentro. Y autoricé que le pongan una inyección para matarlo.

No lo mataste vos, lo dispuso un veterinario.

En realidad no se si ya le pusieron la inyección. Tenemos que ir por el gato después de las cinco.

Técnicamente el asesino es el veterinario.

Técnicamente lo mato un nivel elevadísimo de azufre en los riñones.

No pregunté cómo carajo llega el azufre a los riñones de un gato. Existen, al menos hasta que alguien limpie este lugar, cientos de posibilidades. Tampoco tenía muy claro qué era el azufre, pero los riñones de los gatos no lo toleran.

Todavía no lo mataron? dije por decir , ¿hay posibilidad de que se recupere?

Había tres animales esperando por la misma inyección antes que el nuestro. En los perros el veneno tarda más tiempo en actuar. Conocí a uno que esperaba por los efectos de la inyección desde hacía dos horas. Se lo veía contento, no parecía que necesitase ser sacrificado. Un coli.

Miro el reloj, pienso que el coli ya debe estar muerto. Los colis fueron creados para entristecer a sus dueños. ¿Qué vamos a hacer con el gato?.

Enterrarlo.

No tenemos lugar.

También hay que buscar el certificado de defunción.

No necesitamos un certificado. Ellos sabrán qué hacer con un gato muerto. Trabajan de eso, uno cuando compra un gato no piensa donde lo va a enterrar, no es una exigencia carecer de un lugar para practicar el ritual de la muerte. No necesito al gato muerto y mucho menos un papel que lo confirme.

Irene busca un cigarrillo y lo enciende sin soltar el filtro del anterior que sigue trabado entre dos dedos.

Le avise a papá que no vuelvo a comer digo observando su pelo . Pero si cocinan algo dejenme en la heladera.

Advierto que se ha hecho algún tipo de salpicado amarillo simpson, quizás extensiones. Pienso algo que decir en relación a mi descubrimiento, pero mi hermanastra ya se encuentra lejos de aquí, perdida entre la suba del merval y una familia que se prendió fuego en mendoza.

Termino de subir las escaleras. Mientras busco unos cds recuerdo aquello de que la mayoría de gatos blancos con ojos celestes son sordos. Intensifico mi búsqueda.

Blog.

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Imagen: Germán Aponosovich
 
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