LECTURAS

El cadaver de la mesa cinco

 Por Francisco Pavanetto

Hay un hombre sentado con su fondo. En apariencias sólo es un hombre vulgar sentado en una silla en un lugar, todo indica que en un bar o un restaurant.

El hombre sentado no hace nada, o, en su apariencia, no parece hacer nada. Quien lo viera sentado allí no podría más que resumirlo en "hombre sentado ahí sin hacer absolutamente nada"; un hombre sin ton ni son. (El cocinero tiene su teoría acerca de aquel pedestre sujeto, teoría catalogada de irrelevante y absurda por el grupo de mozos de la tarde ya que históricamente nadie ha considerado las aportes intelectuales de los cocineros de medio turno).

El hombre en cuestión permanecía en aquella amistosa y sospechosa posición desde no se sabe cuándo. Pero aquella figura carente de peligrosidad se encontraba en una poderosa diatriba interna apunto de sentenciar su propio destino: El hombre sentado ahí, cargaba con una imagen que no creía poder sostener un minuto más en vida, y justo en aquel momento organizaba sus argumentos de esperanza que al segundo se veían devastados por los temores y las argucias de su conciencia, reduciendo a escombros las nobles, pero viejas y cansadas, ilusiones de permanecer con vida.

El hombre sentado ahí, no sólo cargaba con aquella falsa identidad modelada perfectamente en cada gesto por cada segundo de su insignificante existencia, sino que había conseguido reconocer cada una de las materias que habían forjado y legitimado tenazmente esa farsa de vida, y que aquél día en ese impreciso bar restaurante, estaban empecinadas en enjuiciarlo y arremeter con su cuerpo de una sola y buena vez por todas.

¡Las trampas de la conciencia! Pensaba y se lamentaba. ¡Una atrofiada herencia genética! Un estúpido circulo social, una moral fina como la cámara de una bicicleta, las degradaciones a un dios inexistente, el nudo de la corbata, infinitos etcéteras que fundaban aquel espíritu servil, aquel carácter indefenso en un cuerpo estéril que engañosamente permanecía en ese estado de falsa pasividad, o no, ¿quién podrá certificar estas palabras?

Al peso de aquella imagen apócrifa y serena, en ese preciso instante se sumaban los motivos: aquellas temidas razones de su inevitable deceso.

¡Qué extrañas sensaciones generaba su conciencia al retrotraerse al inicio de esta excelsa representación de un otro que cada noche cernía con más fuerzas sus vestimentas sobre él hasta casi asfixiarlo!

Los motivos y razones, nobles en sus comienzos, se fueron diluyendo en huecos ausentes de memoria hasta evolucionar en trenzas de púa que aquella tarde, en aquel bar restauran prensaban su cuerpo como un capullo indefenso.

A la hora exacta, el hombre sentado ahí, sufría un nuevo atentado: El fondo se sumó a la cruzada de defunción como arrojado de un acantilado y se estrelló en peso muerto sobre su nuca y parecía nunca acabar de caer y golpear.

El fondo en su vida era desalentador..., el mismo cuadro, la misma calle, el mismo grupo de compañeros de trabajo apiñados alrededor de su pupitre, nuevamente la misma calle, el mismo cuadro...

¡Su pasado, infame, impresentable, se materializaba como cardos en sus entrañas y lentamente emergía como un Leviatán hambriento con los rostros de las mujeres que siguen en las esquinas esperándolo...!

¡Más atrás!, en una segunda fila, sus Relaciones rapiñaban los pedazos de su carne muerta desmembrada como viquingos viciados por los dioses de las guerras; como bárbaros y obedientes termitas que iban eliminando las huellas del cuerpo de ese aparente hombre sentado ahí sin ton ni son.

¡Sus Rencores avanzaban con determinación suicida! Los Egos que inútilmente presentaban sus últimas armas sucumbían frente a un ejército infinito de Resentimientos y Aversiones armados con los venenos de su vientre y las astillas de sus propios huesos.

Desde ambos lados comenzaban a bajar hordas de Culpas encubiertas de antiguas Buenas Intenciones.

¡Las Culpas descendían entonando las rimas de la batalla: antiquísimos cantos de guerreros míticos entre Culpas y Pecados!

Pabellones de ellas abastecían las retaguardias de Lujurias feroces con objetos punzantes y tormentores usurpados a las víctimas de su paso.

¡Más atrás Los Escarmientos, más arriba Las Penas filosas en espera de su momento! Y por ultimo un sinfín de Odios y Desconsuelos aguardaban la estocada final siguiendo entusiasmados los acontecimientos desde sus palcos de Penas mayores!

La cosa se conducía inevitablemente al desenlace anticipado. No habrá sobremesa para este banquete pensaba, (o no pensaba), el hambre es una sensación contradictoria cuando el que está siendo consumido es uno mismo.

El hombre sentado con su fondo llama a un mozo, pide la carta de los postres, su mano sobre la mesa, la respiración firme. Habrá postre murmura, no murmura, lo piensa, es como un chiste, o no, casi inaudible, cada vez más invisible, piensa, ya no piensa, tampoco ha llamado al mozo, o si.

A la hora exacta donde se produce el cambio de turno de los mozos, el hombre en aparente paz mete su mano dentro del saco.

Las pistolas, piensa el hombre sentado ahí, fueron creadas con un solo fin:

Quitar la vida.

No se puede usar una pistola para revolver eficientemente un té, ni para calefaccionar una casa o cambiar de canal...

El hombre, que es un ser económico y racional no está dispuesto a pervertir el oficio de las cosas y aquella noche no sería la excepción. Y exactamente a la hora del cambio de turno de los mozos, en aquel bar restauran, el hombre sin ton ni son posiciona la pistola y gatilla su sien.

El cambio de turno favorece a los mozos que hacen la vista gorda y se apresuran a partir.

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Imagen: Paulina Sheitlin
 
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