LECTURAS

Cuando todo se rompe

 Por Javier Núñez

El auto lleva unos diez minutos estacionado a la sombra de uno de los plátanos que se alzan en la vereda. Está cubierto por cagadas de pájaros como si siempre estuviera a la intemperie y tiene una rajadura en el parabrisas que cada día se extiende más: en la parte inferior ya comenzaron a ramificarse otras grietas que forman una especie de telaraña. Adentro, un hombre permanece inmóvil tras el volante, fumando en silencio y echando el humo por la ventanilla semiabierta que no logra evitar que el interior del auto se llene de un olor acre y espeso.

El conductor baja por fin. No arroja la colilla: la deja caer y la pisa con violencia, haciendo presión con la punta del zapato sobre el asfalto. Lleva una caja de zapatos bajo el brazo. Espera que pase un taxi que circula por Callao y cruza. Se detiene frente a una casa blanca de dos plantas, con una puerta cancel de hierro negro, y toca el timbre. No espera mucho. Un hombre pálido y sin afeitar lo mira con cierta sorpresa.

—¿Sabe quién soy? —pregunta el visitante.

El otro asiente.

—¿Quiere pasar? Tengo café recién hecho.

Entran por un pasillo amplio y fresco, de paredes limpias. Un perchero vacío junto a la puerta y una mesita alta y angosta de madera son el único mobiliario. Sobre la mesita hay algunos sobres sin abrir y la revista del cable, todavía con la lámina de nailon sellada y la factura en su interior. El dueño de casa guía al recién llegado hasta una puerta entreabierta, por donde se filtra la luz del sol.

—Tome asiento.

La cocina es grande y luminosa; los muebles blancos, con algunas puertas vidriadas. En la pileta hay un plato y una sartén para lavar. De la manija de la puerta del horno cuelga un repasador a cuadros al que se le ven manchas de grasa por todas partes. El visitante se sienta, deja la caja sobre la mesa; el dueño de casa abre una puertita y saca dos tazas.

—¿Grande está bien?

—La mitad, nomás.

Sirve dos tazas: una apenas por encima de la mitad, la otra casi llena. Pone la azucarera sobre la mesa y dos cucharitas; le entrega la taza al visitante y se sienta frente a él. El otro no lo mira: sus ojos recorren la cocina con morosidad, como si la estudiara o tratase de detectar algún indicio. Le llama la atención algo que no alcanza a definir pero que se le ocurre como sobriedad o, mejor aún, abulia: es una cocina aburrida, sin caminos de mesa ni floreros ni cuadros pop ni notas pegadas en la heladera ni una mierda. Una cocina sin toque femenino ni toque de ningún tipo. Se vuelve hacia la ventana biselada por donde entra la luz del sol.

—¿Eso es un patio?

—Sí.

—Entra buena luz.

El dueño de casa no contesta. Saca un paquete de cigarrillos del bolsillo de la camisa, se lleva uno a los labios y le extiende el atado. El otro toma uno. Fuman en silencio.

—A qué vino —pregunta al fin.

—Ya sabe.

—No. Entiendo por qué vino: la necesidad de verme, de saber dónde vivo, cómo soy. Lo que no entiendo es por qué se decidió a tocar. Qué se supone que hagamos ahora.

El visitante mira la taza humeante, el líquido negro veteado que le devuelve un reflejo turbio donde casi puede adivinarse.

—Supongo que tenía que rearmar mi mundo —dice—. Cuando miraba mi vida, en perspectiva, veía como una especie de cuadro. Todo esto me lo hizo trizas: el cuadro se cayó al suelo y los pedazos se esparcieron por todos lados. El tema es que ahora no alcanza con las piezas que tengo. Sé que está incompleto, que hay cosas que faltan, que son necesarias para rearmar una imagen fidedigna.

—Y cree que las va a encontrar acá.

—Uno nunca sabe cómo actuar cuando todo se rompe.

El dueño de casa asiente, acaso dando a entender que comprende. Otra vez se quedan en silencio, pero ahora dura menos. Toma un sorbo de café, apaga el cigarrillo y mira al tipo que está sentado en su cocina, envolviendo la taza con dos manos grandes y curtidas. Piensa que en persona parece más viejo, o más cansado. Aunque tal vez sea consecuencia de este último mes. El también debe parecer más viejo.

—Como está —pregunta.

El visitante le devuelve una mirada indescifrable.

—Igual. Puede durar una semana, tres meses, veinte años. O puede dejar de respirar mañana. Los médicos no son optimistas. Lo contrario, diría yo.

—Y usted qué cree.

—Yo tengo esperanzas. Otra no me queda.

El llanto lo asalta de golpe, como si llevara días atorado en su garganta. Unas lágrimas gruesas y escasas. Se limpia con la palma de la mano mientras se disculpa. El dueño de casa parece a punto de estirar la mano, apretarle el hombro. Se contiene a tiempo. Quiere decirle que está bien, que llorar está bien. No dice nada. No sabe cómo hacerlo.

El visitante termina de llorar y saca un cigarrillo. Larga una bocanada de humo y después habla:

—Ella quería tener hijos. ¿Se lo dijo alguna vez?

—No.

—Sí. Era yo el que no quería. Qué sé yo. Por un montón de motivos, tal vez ninguno válido. ¿Usted tiene chicos?

—Dos. Viven con mi ex mujer.

—Claro. A ella le hubiese encantado tener dos. O cuatro —hizo una pausa breve, mientras se arreglaba el pelo de la nuca— Así que no lo sabía. ¿Y que la operaron del tendón cuando era chica? ¿Que es alérgica a la penicilina? ¿Sabía eso?

—No.

—¿De qué hablaban entonces? ¿O cogían nomás?

—No empiece. No tiene sentido.

El tipo se lleva el pulgar y el índice de la mano izquierda a los ojos, presiona los lagrimales. Después apoya el codo en la mesa y se sostiene la cabeza, la frente sobre la palma y los dedos abiertos sobre la calva incipiente.

—Por qué no se va a la puta que lo parió —la mirada ahora está serena: triste, resignada, pero serena—. A lo mejor para mí sí lo tiene. En una de esas traje un arma. En una de esas se me da por vengar mi hombría a tiros.

El otro se encoge de hombros, tratando de aparentar una calma que no tiene.

—Esto no tiene nada que ver con la hombría, no sea necio.

El motor de la heladera arranca de golpe; el visitante mira de reojo hacia el lugar de donde proviene el ruido. Esa distracción mínima parece aflojarlo, poner de nuevo las cosas en su lugar. Relaja los hombros y se pone a jugar con la cucharita, la vista clavada en la mesa.

—Ella me lo advirtió —dice al fin—. De mil maneras. Con los reclamos cotidianos, los pequeños berrinches de todos los días. Que no le prestaba atención, que nunca era atento con ella, que me sobraban reclamos y me faltaba siempre una palabra gentil en el momento preciso. Una vez me dijo que ya no se acordaba de la última vez que le dije que estaba linda. Se pasaba dos horas cambiándose y pintándose frente al espejo, y lo único que podía esperar de mí eran reproches porque se nos hacía tarde. Pero a lo mejor todo esto no tenga nada que ver. A lo mejor sea algo más profundo que ni siquiera soy capaz de ver.

Se calla, acaso incómodo. Después pregunta:

—¿Usted la quiere?

El dueño de casa lo piensa un momento, como si sopesara muy bien su respuesta.

—Eso no importa. Lo que importa es si usted la quiere.

—Se equivoca. Eso siempre importa. O ahora, acá, a mí me importa.

El otro demora la respuesta. La voz, al fin, le sale algo quebrada. O, por lo menos, no del todo entera.

—Sí.

El visitante mira la caja de zapatos que está sobre la mesa. El dueño de casa también. Por un momento se quedan así, inmóviles: uno, acaso, dudando; el otro preguntándose por el contenido. Por fin el visitante se mueve, estira la mano con lentitud y remueve la tapa.

Está llena de fotografías viejas. Algunas en blanco y negro; otras de colores cálidos, cuadradas, con un reborde blanco y la fecha impresa en el vértice inferior. También hay algunas más nuevas, en el formato estándar de 10x15, pero son las menos. En general se trata de fotos viejas, almacenadas durante años en esa caja. Quizás fotos que no fueron a parar a ningún álbum o fotos escogidas que el visitante trajo vaya a saberse con qué intención. En la primera que le pasa —una foto en blanco y negro— se ve a una nena de uno o dos años, con la cabeza inclinada sobre un hombro y la sonrisa luminosa. Tiene un babero con la palabra «Tuesday».

—Eso es un martes: tenía un babero para cada día. Se los había traído una tía, creo que de Miami —dice el visitante. Después sonríe por primera vez—: ¿Alguna vez le sacó una foto? Siempre posa del mismo modo: la cabeza para el costado, la sonrisa infaltable. Como si nunca hubiera dejado de ser una nena.

Empiezan a pasar las fotos: los días de escuela, el maquillaje exagerado de la adolescencia, el esplendor de la juventud, la sobriedad de la madurez. Cada foto va acompañada por algún comentario, una observación, una anécdota. El dueño de casa asiente en silencio. A veces también hace una pregunta o sonríe a modo de respuesta. En un momento el visitante muestra una foto en la que se la puede ver a la orilla del Sena, en un viaje, dice, que hicieron a Europa unos diez años atrás. Cuenta la historia que no se ve, lo que sólo puede saberse habiendo estado ahí: es una historia hilarante, que en otras circunstancias hubiera despertado las carcajadas de los dos. Apenas logran esbozar unas sonrisas tristes. La mayoría de las fotos más nuevas son de ese estilo, fotos de viajes, en lugares diferentes, algunos que el dueño de casa alguna vez ha visitado y otros que reconoce por fotos o películas: Nueva York, Montevideo, el Machu Picchu, Roma, París, San Pablo. Nos gustaba viajar, dice el visitante sin dejar de pasarle fotos. Como no tuvimos hijos pudimos dedicarnos a viajar.

Tienen que hacer otra ronda de café mientras las fotos siguen pasando. Por la ventana del patio entra esa luz tenue, indecisa, del filo del atardecer.

Por fin el visitante se levanta. Guarda las fotos en la caja. El dueño de casa duda un momento.

—¿Puedo quedarme con una?

El visitante le devuelve una mirada larga, indescifrable. Después pone la caja sobre la mesa y la abre. El dueño de casa toma una de las fotos más recientes, acaso porque es la que mejor refleja a la mujer que conoció. Está sonriente, en una plaza, con los lentes de sol alzados sobre la cabeza, la frente despejada. De fondo se ve una estatua ecuestre y, más allá, un edificio antiguo.

La deja sobre la mesa.

—Gracias.

El otro no responde. Cierra la caja. Después caminan hasta la puerta. El dueño de casa abre y se hace a un lado para que el visitante salga. Cruzan una última mirada, y parece que estuvieran a punto de decir algo que no terminan de aprehender. Al final optan —o eso es lo que les sale, lo único que se les ocurre— por inclinar la cabeza, dedicarle al otro ese gesto incierto a modo de saludo. El visitante se aleja, con la caja de zapatos bajo el brazo, y se para en el cordón aguardando para cruzar la calle.

—Espere.

El visitante se da vuelta.

—¿Puedo ir a verla?

—No. Lo siento. No.

El dueño de casa, desde la puerta, asiente.

—Entiendo.

No dicen más nada. Uno cierra la puerta y se sienta en la mesa a mirar a una foto ajena mientras la última luz de la tarde se empieza a desvanecer. El otro sube al auto y apoya la cabeza en el volante. Cuando alza la vista mira a través de la rajadura del parabrisas y todo cuanto ve parece agrietado, escindido en pedazos sueltos que a pesar de estar cerca, no llegan a tocarse. Se queda así por dos o tres minutos hasta que se decide a darle arranque.

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